
Carolina Chávez Rodríguez
La historia de los tabi comienza lejos de las pasarelas. En Japón, estas medias y calzados de dedo separado surgieron como una extensión natural del cuerpo, diseñadas para caminar, trabajar y habitar el suelo con precisión. Su forma respondía a una lógica funcional y simbólica. El pie dividido ofrecía equilibrio, contacto directo con la tierra y una conciencia corporal afinada. Durante siglos, los tabi acompañaron la vida cotidiana, los rituales y la arquitectura doméstica japonesa, integrados al gesto antes que a la ornamentación.

Con el tiempo, esa silueta migró como idea. A finales del siglo XX, la moda europea encontró en el tabi una forma ya cargada de sentido. Fue entonces cuando Maison Margiela lo incorporó a su vocabulario, entendiendo que esa división frontal del pie contenía una potencia conceptual intacta. El tabi no necesitaba ser transformado. Pedía ser escuchado.
Desde su aparición en las colecciones de la maison a finales de los años ochenta, el tabi adquirió una nueva visibilidad. Zapato, bota, sandalia o tacón, la forma permaneció fiel a su origen. Esa fidelidad resultó clave. Margiela no inventó el gesto pero sí lo amplificó. Lo trasladó a un contexto donde la identidad se construye a partir de lo que incomoda, de lo que descoloca ligeramente la mirada, de lo que exige atención.


En la estética contemporánea, los tabi hablan de cuerpo antes que de tendencia. De memoria antes que de novedad. Su presencia en el vestir cotidiano revela una sensibilidad que reconoce la fuerza de lo ancestral dentro del presente. Proponen una relación distinta con el suelo, con la marcha, con la idea misma de elegancia.
Hoy, los tabi circulan entre disciplinas. Aparecen en la moda, en la danza, en el arte performático y en el archivo visual de una generación que entiende el vestir como extensión del pensamiento. Su influencia se percibe en siluetas fragmentadas, en calzados que priorizan el gesto sobre la simetría clásica, en una estética que abraza la rareza como forma de coherencia.
Los tabi no regresan porque nunca se fueron. Persisten como un recordatorio de que la identidad se construye desde capas profundas, desde decisiones corporales que preceden a la industria. En ese cruce entre Japón y París, entre tradición y contemporaneidad, el tabi encontró un lugar estable.