
Carolina Chávez
CC:Juan Carlos, te voy a hacer una pregunta que parece sencilla y de pronto no lo es. ¿Quién eres, de dónde vienes, qué te formó?
JC: Vengo de una familia muy tradicional del norte, agricultores, una familia tomatera. Mi abuelo, mi papá, mis tíos, mi hermano mayor, todos han trabajado en el campo. Yo crecí entre el rancho y Culiacán con la idea de que mi destino también iba a ser ese, el ritmo del cultivo.
Y al mismo tiempo pasó algo que ahora entiendo como un accidente fundacional. Mi papá se compró una cámara para un viaje familiar y nunca la usó. Se quedó guardada, empolvándose. Yo la agarré. De niño me aburría el campo, no valoraba el trabajo que hay detrás porque para un niño el tiempo del campo puede sentirse interminable. Entonces me entretenía con la cámara, me iba a ver los invernaderos, las líneas, las estructuras, las geometrías. Empecé a mirar la agricultura como un universo visual. Sin darme cuenta, ahí entrené el ojo.
CC: Esa imagen es potentísima, la cámara como salvavidas de la infancia, y a la vez como primer contacto con el lenguaje del campo.
JC: Sí. Siempre supe que me gustaba la fotografía, pero era un gusto sin plan. Como un hobby, como quien toca música o dibuja. Nunca pensé que fuera a dedicarme a eso.

CC: ¿Y qué estudiaste, cómo se dio el salto?
JC: Estudié Administración de Empresas porque no tenía idea de qué hacer con mi vida y, siendo sincero, era una carrera que me acomodaba con el camino familiar, si me quedo en el campo me sirve, si me voy a otra cosa también. Estudié en Boston. Antes me fui un año a Canadá a estudiar inglés. Yo nací en Culiacán, hice ahí todo, kinder, primaria, prepa, y luego ese brinco.
Cuando me gradué me di cuenta de que la fotografía sí me importaba de verdad. Ya era tarde para otra carrera, entonces tomé un curso intensivo de seis meses y ahí me lo tomé en serio. Empecé a mostrar trabajo, primero con amigos, bazares, luego con más formalidad. En pandemia hice página web, empecé a moverme mejor, me llamaron galerías, conseguí representación. Ya no era un pasatiempo.
CC: ¿Recuerdas el momento en que dijiste: esto ya es oficio, esto ya es vida?
JC: Fue orgánico. También inocente. Yo no estaba buscando ser exitoso, estaba haciendo lo que me gustaba. Y cuando haces lo que te gusta, el trabajo se siente distinto. Te da seguridad. Te hace tomar riesgos.
CC: Te fuiste construyendo mientras caminabas.
JC: Exacto. Expuse en Monterrey, Guadalajara, Ciudad de México, Los Cabos, también en Estados Unidos. Y en ese camino me cayó el proyecto más grande que he hecho, el rediseño de unas etiquetas de vinos de Parras.
CC: Cuéntame eso porque ahí aparece una cosa importante en tu lenguaje, la fidelidad al color, a la materia.
JC: Me mandaron una semana a Parras. Era un tiraje enorme, mucha responsabilidad, y con restricciones muy claras. El director general me dijo, las fotos tienen que ser del color de la etiqueta y no las puedes editar, nada de Photoshop, la foto tiene que ser la foto.
El verde fue “sencillo” dentro de lo complejo, era un ojo de agua, una alberca donde estaba la vivienda de trabajadores agrícolas. Era significativo para la familia. Estaba abandonada y se llenaba de moho. Hice un close up de las ondas y el verdor.
CC: Ese verdor del moho es bellísimo.
JC: Sí. El segundo color era rojo, porque ellos compostan todo. Además del vino producen granada, duraznos, nuez. La tierra de la composta, roja. Otro close up. Y cada imagen tenía un significado, el verde hablaba de comunidad, de cuidado a los trabajadores, de vivienda digna. La composta hablaba de sustentabilidad.
CC: Ahí ya se nota lo que me interesa de tu trabajo, la foto como entrada a un relato, no como pura estética repetida. Y de pronto llega un giro grande en tu obra. Quiero ir a ese momento.

La entrada a la inteligencia artificial
CC: ¿Cuándo descubriste la inteligencia artificial, no solo como generador de imágenes, también como un lenguaje que podías convertir en parte de tu obra?
JC: Literal, por un video de YouTube. Yo había escuchado el término inteligencia artificial, lo veía lejano. Estaba empezando a sonar fuerte, por ahí de 2022, 2023, cuando ChatGPT se volvió tema. Un domingo estaba con un amigo, aburridos, viendo YouTube, y el algoritmo nos mostró un video tipo Vox, Explain, de cómo crear imágenes con IA. Me voló la cabeza.
Lo que me impactó fue que volteaba el proceso creativo. Con fotografía hay un mundo detrás, sí, pero aquí todo arranca en la cabeza, en la conceptualización. Tienes que pensar la imagen antes de verla. Mucha gente la critica porque no la entiende o no se ha metido el tiempo necesario. Para mí es una herramienta poderosísima.
CC: Además tiene algo profundamente íntimo, porque te obliga a decirte la verdad. A escribirte.
JC: Total. A mí me ayudó a pulir gustos, a buscar referencias, a hacerme preguntas. Se vuelve un generador de autocrítica. Y para mí fue perfecto por una razón práctica también, yo sigo trabajando en la empresa familiar. Estoy muy involucrado. Y la fotografía, en cierta etapa, se volvió complicada, empecé a reciclar imágenes porque ya no salía tanto a tomar fotos.
CC: ¿Dónde estabas viviendo cuando empezó ese cambio?
JC: Viví seis años en Ciudad de México. Ahora vivo en Culiacán. Hoy estoy en Monterrey por una exposición.
CC: Qué emoción, felicidades.
JC: Gracias. En Ciudad de México me destapé. Museos, estímulos, referencias, te obliga a mirar. Ese mismo día me suscribí a un generador de imágenes, empecé con DALL·E. Luego salieron otros, Gemini, mil cosas. Ahorita volteo atrás y me da risa porque lo que existía al principio hoy se siente primitivo. Pero en su momento era impresionante poder construir una imagen con palabras. Me tocó esa transición al hiperrealismo que ya asusta.
Y lo que más me encanta es mezclar referencias sin ataduras. Esa libertad es un nuevo lenguaje.

La emoción dentro del algoritmo
CC: Tu trabajo tiene una cualidad emocional que sorprende tratándose de sistemas algorítmicos. Hay polvo, hay agua, hay texturas, hay sombreros, hay una melancolía luminosa. ¿Cómo decides qué sentimientos quieres activar en cada pieza?
JC: Me empezó a gustar escribir. Nunca fui de diario ni nada, pero esto me empujó. Yo uso la herramienta como introspección. Si la usas para preguntar todo sin pensar, te apaga. Si la usas para rebotar ideas, te vuelve más consciente. Es como tener a alguien con referencias infinitas, pero el filtro sigue siendo humano.
La emoción que aparece mucho en mi trabajo tiene que ver con una dualidad que me costó años articular, el campo y la ciudad. Yo anhelaba irme a la gran ciudad pensando que ahí iba a ser feliz, me fui y empecé a extrañar Culiacán. Entiendo el campo, me gusta el campo. También me gusta la vida de ciudad. Esa tensión se volvió identidad.
CC: Es fuerte porque también hay una carga social, te llaman aspiracionista, te llaman provinciano, y una palabra así puede volverse una herida si la compras sin darte cuenta.
JC: Sí. Y con el tiempo entendí que esa dualidad es un material creativo, no un problema que se tiene que resolver.
CC: Quiero preguntarte algo muy específico. ¿Qué papel juega el error o lo inesperado en tu proceso creativo, cuando la imagen y el texto parecen agarrar su propio camino?
JC: Es lo que más me gusta. Empiezas con una idea y casi nunca terminas ahí. La herramienta no te devuelve exactamente lo que pediste, y en esa fricción aparecen hallazgos. Es prueba y error, pero lo disfruto. Muchas veces digo, yo venía por esto y terminé generando algo mejor que no se me hubiera ocurrido.
Yo arranco de una idea, puede ser un edificio que vi, una conversación, cómo me siento ese día, el campo. Construyo una narrativa. Y algo clave es documentar, meter referencias, tipo de cámara, tipo de rollo, estética, materiales. Si estoy creando una casa, por ejemplo, empiezo por un cuarto, luego la entrada, luego otro, un prompt por espacio, y todo tiene que ser coherente. Eso se vuelve un proceso casi arquitectónico, aunque yo no sea arquitecto.

CC: Escribir una casa con prompts, eso es precioso. Y habla de disciplina, de estructura.
JC: Sí, y de curiosidad. Desde niño he sido muy curioso, siempre preguntando. Esto se siente como una extensión de esa curiosidad.

Autoría y ética
CC: Mucha gente cree que la IA elimina al autor. En tu obra la autoría se siente presente. ¿Cómo defines tu lugar dentro del proceso?
JC: Para mí es sentido común. Una herramienta es una herramienta. Todo el mundo puede agarrar una cámara, eso no los convierte en fotógrafos. Puedes tener pinceles y no te hace pintor. Integrar la IA es sumarla al arsenal para visualizar lo que piensas y comunicarlo. No lo veo como competencia del artista, lo veo como un medio más.
CC: También es un logro colectivo de la humanidad, nos incluye a todos aunque no todos lo tomen igual.
JC: Total. Y ahí entra la ética. Yo siento que cruzas una línea cuando pides una imagen en el estilo de un pintor específico y la imprimes como si fuera pintura sobre papel algodón para venderla como si fuera una obra “tradicional”. Hay una línea delgada. Se puede usar mal. Como sacar la calculadora en un examen. La herramienta en sí no es el problema, el uso sí.

Realismo y verdad
CC: ¿Qué significa realismo para ti cuando la imagen ya no necesita una cámara para existir?
JC: La verdad es que nunca me lo había planteado así. No intento confundir a nadie. A mí el realismo no me interesa como objetivo. Lo relevante para mí es lo que comunico con un medio nuevo. Es como animación 3D, como stop motion, como Pixar, a veces se ve realista, a veces no, y eso también es juego.
En mi Instagram hay imágenes muy “irreales” y otras más cercanas al realismo. He ido probando,ahorita me estoy dirigiendo más hacia lo rural, el campo, caballos, polvo. Firmé con alguien que me representa y me dijo algo importante, escoger una narrativa, un statement. La arquitectura es bellísima, pero me dejaba en un punto medio porque yo no soy arquitecto ni quiero construir edificios. Quiero comunicar.
CC ¿Cómo te gustaría que el público se acerque a tus piezas, desde la fascinación tecnológica o desde una lectura estética, emocional?
JC: Me gustaría que se acerquen como se acercan al arte. La IA es un medio, no un tema en sí mismo. Yo no estoy cerrado, quiero tomar clases de cerámica, volver a pintar, seguir con fotografía, mezclarlo todo. No me interesa ser visto como pionero de IA. Me interesa ser reconocido como artista, como alguien que comunica lo que trae adentro. Para mí es terapéutico, es hablar lo que pienso, lo que siento. Hay gente que corre para procesar, yo hago imágenes.
CC: Y eso es profundamente humano.

Identidad en un medio que cambia
CC: La herramienta cambia todo el tiempo. ¿Cómo sostienes una identidad artística en medio de ese cambio vertiginoso?
JC: Manteniéndome actualizando, investigando. Ya le agarré la onda, pero no me puedo confiar. No por competir con alguien, por el simple hecho de que si te quedas, te vuelves obsoleto para usar estas herramientas.
Y también dejándome sorprender. Yo nunca había hecho video. La pieza principal que voy a presentar hoy es un video de seis minutos. Cuando lo terminé casi lloro, es lo más padre que he hecho según mi gusto. Y ahora quiero hacer video siempre.
CC: Ese asombro es el mismo de la infancia. La cámara robada al polvo, la curiosidad intacta.
Lo humano dentro de lo artificial
CC: ¿Qué quieres contar de lo humano a través de esta “artificialidad”?
JC: Yo estoy orgulloso de mi ciudad, de donde vengo. No voy a negar mi ciudad. Y siento que mucha gente ve el resultado pero no ve el background. Yo quiero contar ese camino. Que hacer lo que hago viene de una vida que no siempre es fácil, a veces frustrante, a veces insatisfactoria, pero es camino.
Lo estético viene de lo ocurrido, también de la monotonía, de tomar el mismo camino todos los días de lunes a sábado. Hay una frase de David Foster Wallace que me gusta, la de los peces que no saben qué es el agua. Uno vive dentro de algo y no lo ve. La agricultura te pone en ese lugar, es demandante, no te puedes desenfocar porque se te va el cultivo.
CC: Y la agricultura también trae una inteligencia acumulada, casi un algoritmo corporal, ensayo y error transmitido.
JC: Sí. Mi papá me enseñó la paciencia del proceso largo. En el campo siembras y pasan meses para cosechar, los árboles tardan años. Eso se traduce al proceso creativo. Cada vez es más intuitivo y natural. Y cuando uno es honesto consigo mismo, genera lo nuevo, lo que comunica más.

Lo que queda cuando todo cambie
CC: Última pregunta. ¿Qué te gustaría que quedara de tu obra dentro de unos años, cuando la tecnología haya cambiado por completo?
JC: A mí ahorita me atraviesa Sinaloa. Estamos en un contexto complejo. No quiero caer en clichés, respeto a quienes trabajan esos temas desde lugares profundos, pero tampoco puedo negar lo que vivo. Hay una dualidad muy fuerte entre vivir en Culiacán, trabajar en la empresa familiar, la agricultura, y perseguir el proyecto personal de ser artista.
A veces estoy encerrado, como si hubiera una especie de “narcopandemia” emocional, y a la vez eso me da tiempo. Tiempo para decidir si te dispersas o te enfocas. Yo quiero explicar esta etapa desde lo emocional, desde lo que me pasa. Sin adornarlo de más.
CC: Me quedo con esa honestidad. Con el campo como escuela de paciencia, con la IA como espejo para pensarte, con el error como motor, y con esa dignidad que aparece en tus figuras ensombreradas caminando entre surcos, un garbo que quienes crecimos viendo trabajar a nuestros padres reconocemos de inmediato. Gracias Juan Carlos.
JC: Gracias a ti, y a T.