
Carolina Chávez Rodríguez
Todo es muy simple
Todo es muy simple mucho
más simple y sin embargo
aún así hay momentos
en que es demasiado para mí
en que no entiendo
y no sé si reírme a carcajadas
o si llorar de miedo
o estarme aquí sin llanto
sin risas
en silencio
asumiendo mi vida
mi tránsito
mi tiempo.
Hay vidas que parecen escritas desde el temblor. Idea Vilariño (Montevideo, 1920–2009) fue una mujer que no convirtió la fragilidad en derrota, sino en lenguaje. De ese equilibrio incómodo —entre la lucidez y la herida— surgió una obra que hoy se lee con la misma fuerza con la que fue escrita: directa, desnuda, sin concesiones.
Nació en una casa donde la música y la literatura no eran un lujo, sino un modo de estar en el mundo. Su padre, poeta anarquista; su madre, lectora voraz; sus hermanos, nombrados como si cada uno llevara un destino en el pecho: Numen, Poema, Azul, Alma. Idea estudió música, escuchó el rumor político de su casa y, desde muy joven, empezó a escribir. Entre los 17 y los 21 años ya había encontrado su tono: una voz que no imitaba, que no necesitó madurar para volverse precisa.

La enfermedad marcó su cuerpo desde temprano. Asma, eccema, internaciones, una adolescencia suspendida entre la vulnerabilidad y la incomodidad social. Se fue de casa a los 16 años. La muerte de sus padres y de su hermano mayor la volvió a empujar hacia esa intemperie emocional que más tarde sería forma poética. Nada de esto la quebró; más bien la dotó de una sensibilidad feroz.
Cuando publicó La suplicante en 1945, ya era evidente que su obra no iba a parecerse a la de nadie. No escribía sobre lo íntimo como refugio, sino como campo de batalla. Su dolor no se estetizaba: se nombraba. Esa desnudez la integró pronto al núcleo de la Generación del 45, un grupo de escritores que cambiaría para siempre la literatura uruguaya. Ahí estaban Onetti, Benedetti, Ángel Rama, Ida Vitale, Amanda Berenguer. En medio de ellos, Idea escribía con una precisión que hoy resulta casi violenta por su franqueza.
Además de poeta, fue ensayista, crítica, docente y traductora rigurosa. Sus versiones de Shakespeare —Hamlet, Macbeth— fueron representadas en Montevideo, y su trabajo académico se sostuvo incluso durante los años más duros del país. Tras el golpe de Estado de 1973 fue separada de la docencia, y volvió a ejercer solo hasta la restauración democrática. Enseñaba literatura uruguaya como quien enseña a respirar: con devoción y una disciplina absoluta.

Pero si hay un territorio donde Idea Vilariño se volvió inolvidable es el de la emoción amorosa. Poemas de amor(1957) es quizá el libro más visceral del siglo XX latinoamericano. Detrás de esos textos está la relación —intensa, dolorosa, incandescente— con Juan Carlos Onetti. Dos temperamentos feroces que se buscaron y se hirieron con la misma intensidad. Ella lo dijo sin temblar:
“Me enamoré, me enamoré, me enamoré.”
Onetti se casó con otra mujer, pero la historia entre ambos no terminó ahí. Fue un vínculo hecho de pasión y retirada, de encuentros que parecían despedidas anticipadas. La última vez que se vieron fue en un hospital, en 1974. El relato de Idea sobre ese instante es de una intimidad que paraliza: un beso que fue llanto, una despedida que sonó a colapso emocional, un amor que se sostuvo en las ruinas.
Ese estremecimiento se filtró a toda su obra. El “ya no” de sus versos no es renuncia, es aceptación de lo inevitable. Un modo de decir la verdad sin suavizarla. Por eso sus lectores la buscan: porque ahí donde otros escritores levantan metáforas, ella levanta certezas.
Detrás de su figura pública, hubo también otras facetas: componía canciones —musicalizadas por Viglietti, Zitarrosa y Los Olimareños—, colaboró en revistas fundamentales como Marcha, Clínamen, Número, Texto Crítico, y recibió premios que nunca parecieron desviarla de su centro. En 2004 obtuvo el Premio Konex Mercosur a las Letras. A los 88 años murió en Montevideo, tras no recuperarse de una cirugía. La dispersión posterior de sus manuscritos —particularmente la venta de sus cuadernos a la Universidad de Princeton, en contra de su voluntad— abrió un debate ético que todavía la acompaña: incluso muerta, Idea incomoda.
Su poesía fue traducida al italiano, alemán y portugués. Su nombre aparece una y otra vez en estudios, seminarios, reediciones. Pero la verdadera permanencia no está en el reconocimiento académico, sino en esa sensación extraña de que, al leerla, uno se queda sin respiro. No porque falte aire, sino porque su claridad desarma.