
Cristina Alonso
Fotografía por Viridiana
En la plaza central de Izamal, a unos pasos del brillante amarillo del exconvento de San Antonio de Padua, se encuentra Taller Maya. Entre joyería tallada en cuerno de toro, enormes hamacas, vasitos mezcaleros y juguetes de todos colores, la boutique pone bajo el reflector la belleza de la artesanía mexicana y su fascinante conjunción con el diseño contemporáneo. Pero su verdadero valor va mucho más allá de lo estético. En cada estante se comparten las historias de artesanos y de comunidades enteras que forman parte de una red tejida a lo largo de 20 años.
Crecer en comunidad
Para conocer el origen de Taller Maya es necesario hablar también de la Fundación Haciendas del Mundo Maya (FHMM), un proyecto de hospitalidad fundado en 2002 con el compromiso de crear un impacto positivo en la región a través de la sostenibilidad y que solo unos años después de su creación transformó el panorama hotelero en la península de Yucatán.
Taller Maya nació hace dos décadas a partir de este sueño con el objetivo de unir a artesanos, diseñadores y artistas de la región. Con el comercio justo como brújula, Taller Maya trabaja hoy con 22 microempresas distribuidas a lo largo de 17 comunidades de la zona, como Temozón, Santa Rosa e Izamal. A través de la preservación de 14 técnicas tradicionales, la organización busca elevar las condiciones económicas y sociales de los artesanos, así como de sus familias y comunidades. Una de ellas es Lucía Ibet Várguez Canul, conocida como doña Lucy y directora del taller de confección Kich Pan Chuy, “costura bonita” en su natal lengua maya. La FHMM llegó a su comunidad hace 18 años, y Várguez Canul decidió acudir a la reunión sin sospechar que se convertiría en una de las líderes del proyecto. “Yo vivo en el centro y vi que había mucha gente. Salí con la idea de integrarme al proyecto de urdido de hamacas”, recuerda. Al enterarse de que ya había muchos artesanos inscritos y motivada por sus constantes ganas de aprendizaje, optó por el taller de costura. “Terminé la primaria, pero no me quería quedar solo con eso. Pensé: ‘Si no puedo tener más estudios, al menos quiero tener un oficio para ayudarme a mí y a mi familia’”, continúa. Con un hijo de año y medio y una bebé en brazos, Várguez Canul se integró a una primera versión del taller en casa de una de sus compañeras, quienes inmediatamente se ofrecieron para ayudarle a cuidar a sus hijos. Guiadas por una maestra, comenzaron una capacitación: trazos, moldes y fichas técnicas. “Muchas de mis compañeras se asustaron, pensaron que no iban a poder hacer todo”, rememora Várguez Canul. Así fue. De las 15 artesanas que comenzaron, solo tres terminaron el curso.

Con paso lento pero seguro, las artesanas se sentían cada vez más motivadas al ver cómo mejoraba la calidad de sus creaciones y recibieron la noticia de que la fundación las quería apoyar con la construcción de un taller. Sin embargo, lo que prometía ser un momento de desarrollo se convirtió en uno de los mayores retos para Várguez Canul y sus compañeras, pues los ejidatarios de la zona se negaban a asistir a las reuniones para discutir sobre el terreno a otorgarles. “Había mucho machismo, ellos no creían en el trabajo de las mujeres”, explica la artesana. Con el apoyo de su asesora, las artesanas se plantaron afuera de la reunión de los ejidatarios, negándose a moverse hasta ser escuchadas. “Nos temblaba todo, pero entramos al palacio ejidal”, cuenta Várguez Canul.
Tras semanas entre el diálogo y la frustración, las artesanas por fin recibieron el terreno para construir el taller en el que hoy siguen trabajando. “Fue muy emocionante, estaba hermoso”, rememora Várguez Canul y agrega que hoy varias hijas de esos mismos ejidatarios trabajan en un taller dedicado tanto al urdido de hamacas como a corte y confección. Con el paso del tiempo, llegó el momento de aprender a operar Kich Pan Chuy como una empresa con todos sus pormenores administrativos. “Esa parte a muchas no les gustó; no entendíamos la importancia de facturar o de pagar impuestos”, dice Várguez Canul. Pero ella decidió enfrentar el reto. Admite que sigue sin gustarle, pero promete que entre sus metas está mejorar sus habilidades digitales. Capacitar a los artesanos ha sido una parte esencial en el proceso de fortalecimiento de las comunidades. “Se desarrollan capacidades productivas, administrativas y de liderazgo en cada empresa”, cuenta Carola Díez, directora general de FHMM. “Muchas de nuestras alianzas también buscan mejorar la infraestructura y el equipamiento siempre desde la participación activa de las comunidades”, agrega.
Amar lo intangible
Hay una artesanía inconfundible en las boutiques de Taller Maya: Chuc, un pequeño oso de tela blanco con un sencillo pero elegante bordado de color en el pecho. Elaborado por Várguez Canul y su equipo, funge como embajador de Yucatán y de México, y puede verse en destinos turísticos como Ciudad de México, Mérida y Los Cabos, entre otros, y en hoteles como Hacienda Uayamón o el Four Seasons Resort Tamarindo. “Para mí significa mucho”, dice Várguez Canul. Llevar las piezas a los estantes no siempre fue fácil. “Uno de los grandes retos ha sido abrir caminos sostenibles para la comercialización. Hay constantes tensiones entre las realidades en comunidades rurales, las exigencias de consumo y la competencia con los precios del mercado”, dice Díez. Y es que no solo se trata de asegurar que el público reconozca el valor cultural y económico de la artesanía; la fundación también se esfuerza en promover ese mismo orgullo dentro de las comunidades, inspirando a nuevas generaciones a mantener vivo el legado. Várguez Canul comparte la misión. Sabe que muchos jóvenes consideran esos oficios “de viejitos”, pero se ha encargado de transmitir el conocimiento y la pasión por la artesanía a su hija, estudiante de Administración. “Mi hija me ayuda con los ositos y con la computadora. También mi esposo. Ya es un trabajo en equipo”, reconoce la artesana. El orgullo se comparte también con sus compañeras del taller. “Me motiva decirles que se aprecia nuestro trabajo, más allá de lo económico”, continúa.

Atemporalidad
El delicado equilibrio entre tradición e innovación ha sido esencial en la historia de Taller Maya. A través del diálogo entre artesanos y diseñadores, el conocimiento generacional se traduce en piezas contemporáneas cargadas de historia. Así, el talento de los artesanos ha quedado plasmado en la historia del restaurante Noma y de su pop-up en Tulum, al igual que en la del diseñador Christian Louboutin, quien en 2017 diseñó una tote bag en colaboración con Taller Maya. Recientemente, la organización se alió con el diseñador mexicano Kris Goyri para la colección Wayak’ (“entre sueños” en maya), una selección de piezas de lino y algodón que cobran vida con patrones y bordados de colores, algunos de ellos elaborados por Várguez Canul y su equipo, así como por otros talleres de la red. “Vemos un creciente interés por el origen de los objetos, por el consumo consciente, y por piezas que cuenten una historia auténtica”, comparte Díez. “También hay una revaloración del trabajo artesanal como un lujo contemporáneo; no por su exclusividad, sino por su profundidad cultural. Estas tendencias refuerzan la relevancia de nuestro modelo y nos inspiran a seguir innovando desde lo local”, finaliza.