
Kira Álvarez
Fotografía por Julieta Horak
Cuando empiezo a hablar con Oliver Laxe, la conversación regresa una y otra vez al cuerpo como lugar de memoria, de herida, de percepción. Sirât (2025), su cuarto largometraje, con dos nominaciones a los Oscar (Mejor película internacional y Mejor sonido) comienza con una rave en el desierto y avanza como una experiencia que parece querer expulsarnos de la cabeza para obligarnos a sentir. “En Occidente tenemos mucho sentimiento de culpabilidad, mucho remordimiento, y al mismo tiempo estamos muy conectados con el dolor del mundo”, señala Laxe sobre una tensión que es el punto de partida de la película, y de la conversación.
Mientras habla, insiste en que la cultura rave no es evasión ni frivolidad, sino una forma de vida “muy solidaria con el dolor del mundo”. “Ser felices y bailar es una manera de vencer a la angustia y al miedo, que es lo que está tetanizando nuestras sociedades”, señala. No lo plantea como una contradicción, sino como una forma de responsabilidad. Celebrar la vida, incluso cuando el presentimiento del colapso es constante, se convierte en un gesto profundamente político. “Si uno asume su responsabilidad”, dice, “sería celebrar la vida, aunque sea el fin del mundo”.
La película sigue el viaje de un padre y su hijo a través del desierto marroquí en busca de una hija desaparecida en una rave sin amanecer. Lo que podría leerse como un thriller se transforma pronto en una travesía espiritual y emocional, casi bélica. “Hay algo catártico en bailar en las raves”, explica. “Es conectarse con la herida de cada uno de nosotros, con nuestra fragilidad. Es como si el cuerpo tuviera una memoria de esa herida”, continúa. Laxe estudia psicoterapia y habla de cómo el cuerpo dice cosas que la cabeza ya no es capaz de formular.
Le digo que su película Sirât se percibe como su película más política y más radical, y Laxe no duda en desplazar la idea. “Yo creo que no hay nada más político que lo poético”, afirma. “No hay nada más político que tocar el corazón de un espectador. No hay nada más político que transformar a un espectador”, explica. “Sirât le hace al espectador mirar directamente adentro. Le hace incluso experimentar su muerte. Y eso hoy es muy político”.

8 de octubre.
Durante la entrevista, Laxe vuelve una y otra vez a la idea de la percepción. El cine, para él, es experiencia. “Mi obra es eminentemente sensorial y sinestésica”, explica. “Yo creo en las imágenes como la ontología del cine. El cine son imágenes”. Reconoce que hay cineastas más narrativos, más interesados en el relato o en los conceptos, pero él se sitúa en otro lugar. “Confío radicalmente en las imágenes”, dice. El relato es apenas un trampolín. Lo que sucede en una sala oscura es un misterio: una conexión profunda, casi inexplicable, entre la imagen y el espectador. “Las imágenes nos cambian, nos transforman”, insiste, y ahí se juega todo Sirât.
Hay en la película un intento consciente de suspender el juicio. “Tenemos demasiada presencia de este nivel de percepción que es la cabeza”, me dice, y se refiere a esa “radio pirata” que no deja de hablar dentro de nosotros. Sirât busca bajar el volumen de esa voz para abrir otros registros. “Es una película que se ve con las tripas, con el estómago, con la piel, con los oídos”, advierte el cineasta. No es una metáfora: es una declaración de intenciones. Laxe quiere que el espectador salga afectado, removido. “Hay gente a la que le duele mucho la película”, reconoce. “Es como un masaje duro: agarramos el punto y no lo soltamos”.
Ese dolor no es gratuito. Asiente cuando le comento que muchos salen de la sala con un vacío en el estómago. “Luego las imágenes vuelven a aparecer días después”, dice, “y hacen un trabajo benéfico”. La película no se agota en la proyección y sigue trabajando en el cuerpo y en la memoria. En un mundo que empuja a pasar rápido de una cosa a otra, Sirât exige tiempo y digestión, una cierta valentía emocional, en definitiva.

La música es clave en ese proceso. El sonido industrial, envolvente, casi físico, se convierte en una extensión del desierto y del estado mental de los personajes. Durante la entrevista, Laxe habla de la música como de un personaje más, capaz de conducir al espectador hacia un trance emocional.
Ese riesgo formal encontró una respuesta contundente en su estreno internacional. Sirât ganó el Premio del Jurado en el Festival de Cannes 2025, uno de los reconocimientos más importantes del cine contemporáneo. Laxe lo vive con una mezcla de pudor y lucidez. “Toda la campaña de premios tiene una parte muy bonita”, dice. “Estás compartiendo tu película. Yo soy de esos cineastas que mendigamos amor. Yo lo que busco es amor haciendo mis pelis. Mira lo que hago, quiéreme”, dice sonriendo.
Al mismo tiempo, es consciente de lo que está en juego. “Lo que estás buscando es legitimidad para tus siguientes películas”, explica. “Lo que quiero es más libertad”. Sirât ya obtuvo dos nominaciones a los Globos de Oro 2026, a Mejor película de habla no inglesa y a Mejor banda sonora. Para Laxe, ese reconocimiento es una condición para seguir arriesgando. “La gente ha premiado el coraje que hemos tenido haciendo esta peli”, dice. “Y lo que queremos es que la siguiente podamos volver a tirarnos al abismo”.
La película también fue un fenómeno en España: más de doce semanas en cartelera y más de 2.5 millones de euros en taquilla. Fue celebrada como una de las películas más importantes y estimulantes del cine europeo reciente, y su paso por festivales como el de Chicago o los British Independent Film Awards consolidó su impacto internacional. El pasado 22 de enero hizo su arribo a salas mexicanas bajo la distribución de Zima Entertainment, ampliando ese diálogo con nuevas audiencias.

Al repasar su trayectoria y lo que conecta Sirât con sus películas anteriores, Laxe no habla de rupturas radicales. “Hay una continuidad clara en mi obra”, dice. “El desarrollo personal o espiritual y la práctica artística están vinculados”. Sus películas son experiencias límite. “Yo voy a mis límites e invito al espectador a ir a los suyos”. Mirarse adentro, hacerse las preguntas importantes, aceptar la incomodidad, esa es su línea constante. Sus estudios en psicoterapia han reforzado esa dirección. “Mi cine va a ir cada vez más hacia ahí”, afirma. “Un cine que te penetra, que te remueve benéficamente, que nos hace subir un poco nuestro nivel de conciencia”, agrega.
El dolor aparece como una constante. “Mi cine está muy conectado con el dolor del mundo”, dice sin dramatismo. “Los artistas somos una fibra sensible de la sociedad”. Ese dolor no se esquiva, se trabaja. Cita a Rumi: “Los corazones más bellos son los corazones rotos, porque a través de sus fisuras dejan pasar la luz”. Para Laxe, asumir la herida es un paso necesario hacia la madurez. “Hay que celebrar la herida. Nos escapamos demasiado de ella”, insiste.
La conversación se desplaza entonces hacia México casi de manera inevitable, como si todo lo que hemos venido nombrando —el cuerpo, la herida, la muerte, el límite— encontrara ahí un territorio fértil en el que esas ideas son una experiencia viva. Sobre la evolución de su relación con el país, Laxe responde sin distancia ni cautela: “México es una sociedad con una tradición muy fuerte”. No habla desde la fascinación estética, sino desde una identificación profunda con la forma en que el dolor atraviesa la vida cotidiana. “Si no fuera por ese dolor que experimentáis y que rodea tanto a México, no tendríais tampoco tanta madurez y tanta sabiduría. Es como si la vida os empujara siempre a un límite en el que os obliga a mirar hacia dentro”, explica. Laxe insiste en que habitar en ese borde produce una forma particular de conciencia. “Vivir en ese contexto en el límite os hace practicar más la aceptación y el desapego. No se trata de resignación, sino de una libertad distinta. Ese desapego os hace más libres”, reflexiona el director de cine. La herida, lejos de negarse, se integra. En ese punto, introduce una imagen que vuelve a situar el cuerpo en el centro de la conversación. “Pensemos en un parto”, propone. “Muchas mujeres dicen que parir es casi una muerte”. Habla del dolor, de la sangre, del riesgo real, de una experiencia que bordea el abismo. Para él, ahí se concentra una sabiduría esencial, una transmisión profunda que conecta sufrimiento y creación. “Es una experiencia casi metafísica”, dice, “indescriptible”. Desde ahí, la reflexión se amplía. “Es como si el secreto de la existencia estuviera también en la herida, en el sufrimiento, en la muerte”, afirma. No como condena, sino como umbral. “Es como si la muerte fuera una puerta para trascendernos”. En su mirada, México encarna de manera sutil esa comprensión: una relación con el dolor que no lo cancela, pero tampoco lo absolutiza; una forma de estar en el mundo donde el cuerpo, la pérdida y la celebración conviven. Esa lógica atraviesa Sirát de principio a fin. Es una película que no huye del miedo ni del vacío.
La entrevista termina, pero la sensación es que la conversación sigue abierta. Sirât no ofrece respuestas ni moralejas. Es una experiencia, un descenso, un trance, un intento de apagar la radio del pensamiento para escuchar lo que el cuerpo, la imagen y el sonido tienen que decir. En tiempos dominados por el miedo y la evasión, Laxe apuesta por un cine que despierta. Un cine que, al tocar la herida, deja entrar la luz.