
Kira Álvarez
Miami, diciembre pasado. Mientras Art Basel convierte la ciudad en un denso ecosistema de ferias, coleccionistas y discursos superpuestos, José Dávila se mueve con el ritmo del silencio, la lentitud y una atención minuciosa al peso específico de las cosas. Es desde ahí —desde ese tiempo deliberadamente contenido— donde su obra produce tensión, riesgo y gravedad.
Su participación como uno de los artistas invitados a las Art-Tender Sessions de Casa Dragones fue una extensión natural de su manera de pensar el mundo: estructuras que parecen estables solo porque han sido llevadas al límite, equilibrios que existen únicamente gracias a la posibilidad constante del colapso.
Nacido en Guadalajara en 1974, a lo largo de más de dos décadas Dávila ha construido una de las prácticas escultóricas más sólidas del arte contemporáneo mexicano. Su obra, presente en colecciones y museos internacionales, se reconoce de inmediato por esa cualidad que parece desafiar las leyes físicas y que logra con piedras suspendidas, vigas que se presionan entre sí y materiales industriales enfrentados a elementos orgánicos. Nada está ahí por azar; todo responde a una lógica de equilibrio precario, donde el colapso es siempre una posibilidad latente.
Esa relación con la fragilidad surge de una experiencia vital temprana. Durante la entrevista realizada en Miami, Dávila vuelve a su infancia con una claridad poco común. “Tuve una enfermedad muy compleja de niño”, cuenta. “Había muchísimas actividades del recreo que yo no podía hacer, y entonces solía irme al salón de artes plásticas de la escuela”. Mientras otros niños corrían, él modelaba plastilina, dibujaba, construía pequeñas maquetas. No como entrenamiento profesional, sino como forma de estar en el mundo. “Aunque era un juego, sí era una actividad diaria que hice por años”, agrega el artista.
Esa práctica en calma —repetitiva, íntima— terminó por acuñar una forma de pensamiento. Fue entonces cuando el arte apareció como una estructura de supervivencia. Tal vez por eso, su trabajo rehúye el espectáculo. En medio de Art Basel, donde la visibilidad es moneda de cambio, Dávila insiste en una ética del proceso.
A diferencia de muchos de sus contemporáneos, Dávila no estudió arte. Se formó como arquitecto, formación que transformó en un cimiento conceptual. “Soy autodidacta como artista”, explica. “Eso me ha llevado a un desarrollo más lento, pero a mí me gusta que haya sido así. Yo marco el ritmo de mi propia práctica”, continúa. Ese ritmo pausado se percibe en una obra en la que nada es inmediato. La arquitectura le dio un entendimiento profundo del espacio, del peso y de la escala uno a uno. Pero también le enseñó la conciencia del error, algo que hoy define su método. “No empiezo a partir del material, pero sí es muy importante qué materiales tengo en el estudio, cómo los organizo y cómo los guardo. Se convierten en una especie de archivo vivo”, señala Dávila.

Su proceso se construye en capas. Primero, una idea. Luego, el dibujo. Y, finalmente, el enfrentamiento directo con los materiales. “Trabajo siempre a escala uno a uno”, afirma. “Por más sketches que hagas, nunca es lo mismo que la escala real”, apunta. Es decir, la obra se resuelve a través del contacto y de la resistencia en la gravedad real. Su técnica —si puede llamarse así— consiste en apilar, presionar, sostener, sin ocultar el esfuerzo estructural. Nada está soldado para simular estabilidad. Al contrario, la obra muestra su vulnerabilidad. El espectador percibe el riesgo, aunque la estructura esté cuidadosamente calculada. Esa tensión física es también conceptual. Dávila dialoga con tradiciones como el arte povera, el minimalismo y la escultura moderna, pero sin citas literales. Su relación con la historia del arte, además, es activa. Visita exposiciones, estudia libros y observa a otros artistas como espectador antes que como colega. Lo que busca, asegura, es el arte que amplía las posibilidades de lo que se puede hacer hoy, no el que reafirma fórmulas.
Cuando la conversación se desplaza hacia el papel del arte en México, Dávila abandona cualquier neutralidad. Para él, el arte es una herramienta de pensamiento. “El arte enseña a pensar y a ver la vida de otras maneras y eso siempre es necesario en un país con tantos problemas como México”, afirma.
Su crítica es clara: falta apoyo institucional, faltan museos y faltan programas de arte en la educación pública. El arte, dice, desarrolla una plasticidad mental que permite imaginar soluciones, aspirar a otros futuros. “Lo veo incluso como un recurso humano”, reflexiona. Esta postura se refleja también en su propia trayectoria. Sin un camino académico tradicional, Dávila construyó su práctica a partir de la curiosidad sostenida. En su opinión, el aprendizaje no termina nunca. “Lo más importante es mantener la curiosidad viva”, añade el artista.
En ese contexto, su participación en las Art-Tender Sessions de Casa Dragones durante Art Basel Miami Beach adquiere otro sentido. Lejos de ser una activación decorativa, Gravity Flip, el coctel que diseñó, funcionó como una traducción líquida de su obra escultórica, con un balance entre acidez y dulzor, ambos ingredientes en tensión, en una composición precisa que nunca pierde el riesgo. Durante esas sesiones, los artistas asumen el rol de mixólogos invitados, creando bebidas inspiradas en su práctica. En el caso de Dávila, el gesto fue coherente, ya que realizó un ejercicio de equilibrio en un entorno diseñado para el exceso. Cuando se le pregunta por el futuro, Dávila habla de profundidad. “Ojalá mi práctica pueda mantenerme siempre entretenido, curioso”, dice. “Que pueda profundizar y no estancarse”. No hay promesas grandilocuentes, solo la voluntad de seguir sosteniendo el peso del mundo —una piedra, una viga, una idea— sin que se derrumbe. En tiempos donde el arte se ve presionado para producir discursos inmediatos, la obra de Dávila insiste en otra temporalidad relacionada con el equilibrio paciente, el riesgo calculado y el pensamiento que se construye lentamente, pero que permanece.