
Carolina Chávez
Entre pinos húmedos y senderos de carbón, en el paisaje abrupto de La Pobla de Lillet, emerge una construcción que durante décadas orbitó la duda. El chalet de Catllaràs, discreto y doméstico en comparación con las grandes piezas del modernismo catalán, ha sido finalmente confirmado como obra de Antoni Gaudí.
El dictamen proviene de un estudio encargado por la Generalitat de Cataluña, que sitúa el proyecto en 1901. El encargo partió de Eusebi Güell, mecenas y aliado intelectual del arquitecto, con un propósito concreto y funcional, alojar a ingenieros y obreros de las minas de carbón cercanas. Lejos del espectáculo ornamental, el edificio respondía a una necesidad industrial, a la ética del trabajo y a la vida en altura.

La investigación revisa planos, proporciones y decisiones constructivas. Arcos parabólicos y catenarios, distribuidores trazados a 45 grados, soluciones estructurales que remiten a Torre Bellesguard y al Park Güell. El lenguaje es reconocible, aunque aquí se presenta en una escala contenida, casi austera. Gaudí aparece en la lógica interna del espacio, en la forma en que la materia se pliega a la gravedad y la luz se filtra entre vigas y madera.
La ejecución quedó en manos de su colaborador, Juli Batllevell. Esa mediación explicaría el silencio posterior del arquitecto, que nunca reivindicó públicamente la obra. La arquitectura, en este caso, quedó atrapada entre la autoría y la práctica colectiva, entre la firma y el oficio.

Catllaràs busca poéticamente, incrustarse en el paisaje, su volumetría irregular, su cubierta inclinada y su estructura de madera dialogan con la topografía y el clima de montaña. Hay en el chalet una dimensión ética que interesa tanto como la estética, la arquitectura como respuesta concreta a un entorno productivo, como infraestructura de vida para quienes sostienen una industria.
La confirmación no solo amplía el catálogo de Gaudí. Ajusta la mirada sobre su práctica, revela su implicación en proyectos alejados del centro urbano y del gesto monumental. En el bosque, lejos de Barcelona, el arquitecto también pensó en la habitabilidad obrera, en la ingeniería cotidiana, en la materialidad sobria.