Informe policial de 1936 que confirma la pertenencia a la masonería granadina del poeta Federico García Lorca y del jurista Fernando de los Ríos. El documento apareció entre las pertenencias del doctor Julio Peláez Redondo.

Manuel Francisco Reina

Fue el escritor Agustín Penón, uno de los primeros investigadores de la vida y la muerte del poeta andaluz Federico García Lorca, quien señaló que para adentrarse en su figura y esclarecer su biografía uno debía enfrentarse al miedo, el olvido y la fantasía, palabras que darían título a uno de sus libros más importantes, editado por su fiel amiga Marta Osorio. Estas tres variables han sido una constante en las biografías sobre el más universal poeta español, y aún hoy lo siguen siendo.

Entre estos elementos aparece uno de los nunca esclarecidos: la pertenencia o no de García Lorca a la masonería. Hace unos meses, apareció un informe realizado por la Jefatura Superior dePolicía de Granada en 1965, en plena dictadura franquista, en el que se revelaba queGarcía Lorca fue asesinado acusado de “socialista y masón”, a la vez que se le atribuían “prácticas de homosexualismo”. Quiero señalar que distan muchos años entre la muerte del poeta (agosto de 1936, nada más comenzar la Guerra Civil) y la publicación de un documento que, sin ninguna prueba, da por veraces hechos como la pertenencia de García Lorca a la masonería.

Un grupo de alumnus posa frente a la Residencia de Estudiantes de Madrid en 1930.

Estos argumentos y presuntos informes también aparecían en el libro Los últimos días de Federico García Lorca, del periodista falangista Eduardo Molina Fajardo, así como en otra publicación más específica del autor sobre la cuestión masónica en la que se reitera la pertenencia de García Lorca a la masonería. “Era un masón perteneciente a la logia Alhambra, en la que adoptó el nombre simbólico de Homero, desconociéndose el grado que alcanzó en la misma”, señala ese documento. En su libro Lorca en África. Crónica de un viaje al protectorado español de Marruecos, el historiador Miguel Caballero apuntaba también esta relación masónica, auspiciada en este caso por Fernando de los Ríos, ministro y jurista de la Segunda República, amigo personal de la familia y sobrino de Francisco Giner de los Ríos, fundador de la Institución Libre de Enseñanza y de la Residencia de Estudiantes. Según Caballero, el viaje de García Lorca al norte de África fue “la consecuencia de una serie de invitaciones que Fernando de los Ríos recibe de grupos masónicos. Estaban enviadas a Jugan, que era su nombre en la masonería. Algunas de estas cartas fueron luego utilizadas como pruebas de cargo por el Tribunal Especial para la Masonería y el Comunismo.

Retrato de Peláez Redondo.

Sin embargo, no existían documentos oficiales ni registros de la logia masónica granadina Alhambra que demostrasen la pertenencia de García Lorca a la masonería. Toda esta ausencia documental quizá tenga que ver con las llamadas “chimeneas de agosto” a las que aluden algunos amigos personales del poeta, como el guitarrista Ángel Barrios. Cofundador en 1922, junto a Manuel de Falla y el propio García Lorca, del Concurso del Cante Jondo de Granada, Barrios cuenta cómo, en aquel verano de 1936, las chimeneas de Granada no paraban de echar humo de la cantidad de documentos que se quemaron en aquellos días terribles del comienzo de la guerra; entre ellos, probablemente todos los archivos de las logias masónicas de la ciudad. Esta falta de documentación concreta era la que alimentaba las especulaciones sobre la pertenencia de García Lorca a la masonería. Una suerte de ficción —de fantasía, que diría Penón— sin soporte documental. Hasta ahora.

A comienzos del pasado verano, una interesante documentación llegó a mi poder. Un buen amigo médico, José Manuel García-Verdugo, cuya familia tuvo relación con la familia del poeta granadino, me hizo partícipe de un descubrimiento inesperado: la aparición entre los documentos del fallecido doctor Julio Peláez Redondo de un informe policial de los años treinta del siglo pasado con importante información sobre la actividad masónica de la época. Nacido en 1915, y por lo tanto testigo de las primeras reformas llevadas a cabo por la Segunda República, Peláez Redondo había sido uno de los grandes referentes internacionales de la medicina española, así como decano de la Facultad de Medicina de Granada entre 1971 y 1973, presidente de la Sociedad Española de Medicina Interna, miembro de la Real Academia Nacional de Medicina y catedrático defensor de la universidad, elemento que lo relaciona con los presupuestos del humanismo de la Institución Libre de Enseñanza. Moderado políticamente, no era partidario de los ajustes de cuentas y revanchas practicadas por el régimen franquista. Tal vez por esta razón, y porque la patología forense de la que fue un referente tiene mucho de labor detectivesca, se interesó García Lorca, pasando la mitad de su vida profesional en Granada. 

Autorretrato con animal fabuloso (1930), de García Lorca.

Uno de los documentos aparecidos entre sus pertenencias personales es un informe pormenorizado de la policía político-social del franquismo que detalla con minuciosidad el número de masones registrados en España, incluyendo sus nombres y apellidos, profesiones y la nomenclatura simbólica utilizada en sus organizaciones. Su relevancia radica en que sus primeras páginas están datadas en 1936, recién iniciada la guerra. Así, en las páginas 2 y 5, referidas a la masonería andaluza, aparecen los nombres de Fernando de los Ríos (Tugan en este informe en lugar de Jugan) y García Lorca bajo el sobrenombre Homero.

Es difícil saber en qué momento llegó a las manos del doctor Peláez Redondo este informe, ni el porqué de su interés en la cuestión masónica de García Lorca. Es posible que, siendo responsable de medicina interna en Granada durante la posguerra algún investigador lo pusiese en sus manos. El informe está salpicado de notas del propio Peláez Redondo, a máquina y a mano, sobre sus impresiones y averiguaciones, lo que demuestra la pasión del doctor por la figura del poeta; una pasión secreta en la que no hizo partícipes ni a su mujer y sus hijos ni a sus propios amigos. Entre esas anotaciones destacan algunas sobre la participación del capitán franquista José María Nestares en la persecución masónica y sobre la posibilidad de que Rafael Alberti hubiera leído unos poemas de García Lorca en la radio madrileña cuando se supo que había sido asesinado.

Poemario del poeta firmado a mano por el propio García Lorca.

Esta discreción investigadora del doctor Peláez Redondo estaba directamente relacionada con el peligro que en aquella época suponía indagar en asuntos contrarios a la ideología del nacionalcatolicismo franquista, obsesionado con la masonería. Para muchos, el enfrentamiento de Francisco Franco con la masonería tiene que ver con que nunca le fue permitido entrar en una logia, aunque la idea más consensuada entre los historiadores era un alineamiento del franquismo con el nacionalsocialismo alemán de Adolf Hitler, que situaba a los masones en el mismo lugar que a los judíos. No obstante, más que una sociedad secreta, la masonería era una sociedad discreta en la que participaban personas de muy distinta ideología, credo y procedencia. Entre los objetivos de estos grupos estaban el debate filosófico y moral, el interés por los conocimientos científicos y artísticos y el perfeccionamiento de las sociedades a través del conocimiento y el progreso. Esta relación conllevaba a una red de solidaridades, de apoyos y de ayudas entre sus integrantes que fue perseguida tanto en la Alemania nazi como en la España franquista.

Esta nueva documentación inédita es de gran importancia por su cronología y precisión y por su publicación al inicio de la Guerra Civil, ya que confirma García Lorca pertenecía a la logia masónica granadina. Una relación connatural, dada su curiosidad innata, que entroncaba con ese conocimiento en el que se educaron, como alumnos maduros y conscientes de la Residencia de Estudiantes, tanto Fernando de los Ríos como García Lorca. Pero no fueron los únicos masones de renombre. Los políticos Manuel Azaña y Práxedes Mateo Sagasta, el rey Amadeo I de Saboya o el escritor Vicente Blasco Ibáñez también formaron parte de alguna logia.

García Lorca posa en Granada en 1930 ante un cartel de La Barraca, grupo de teatro universitario del que fue fundador. Con la compañía representó clásicos del teatro español como Fuenteovejuna (1619), de Lope de Vega, o La vida es sueño (1635), de Calderón de la Barca.

Que la pertenencia de García Lorca a la masonería fuera decisiva para su detención y asesinato es discutible. Fue un pretexto más, una estúpida justificación para que en aquellos aciagos días de verano sangriento y guerra fratricida gente insignificante para la historia de España y para la cultura universal acabaran brutalmente con uno de los más importantes creadores de todos los tiempos. Tampoco podemos aseverar que su pertenencia a la masonería, probada en estos documentos, fuese decisiva en su pensamiento y en su obra más que como un aporte de las relaciones que enriquecieron su portentoso mundo. Sí podemos afirmar que Homero —hermoso que eligiese el nombre del primer poeta de la cultura clásica y contador de mitos— era un masón llamado Federico García Lorca.


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