Foto: Foto: Pedro Flores Belmonte

Carolina Chávez

CC: Antes de ser figura pública fuiste una niña que caminaba horas todos los días para llegar a la escuela. Ida y vuelta, con sol o con frío. Cuando miras a esa niña hoy, ¿qué sigue caminando contigo?

EC: Cuando me imagino a esa niña, lo que más veo es su terquedad. Su rebeldía. Esa forma de no medir las consecuencias de dar un paso aun con miedo. Creo que ese es el mensaje más fuerte de quienes hemos tenido que construir nuestra historia en una sociedad que te grita que tu origen ya está definido.

Hoy le agradezco mucho a esa niña. Le agradezco que no haya calculado todo lo que implicaba modificar los paradigmas de su entorno. Porque ahora vivimos en un contexto donde antes de dar el paso ya estamos creando futuros en la cabeza, imaginando lo que puede salir mal, paralizándonos. Y muchas veces ni siquiera es nuestra voz, son las voces de los demás.

Esa niña sigue caminando conmigo. Aventarme. Intentar. Si sale, sale. Y si no, ya lo intenté. Eso también es avanzar. Porque sin el hoy no existe el mañana.

CC: Hablas con claridad de romper lo preestablecido, pero se habla poco del costo emocional. ¿Qué precio personal has tenido que sostener en una lucha tan larga y tan expuesta?

EC: Al inicio dolía mucho. Dolía romper y ocupar tu espacio en una sociedad atravesada por clasismo, estereotipos y discriminación. Había una idea muy clara de cuál era mi lugar.

Cuando lo disputas, incomodas. Primero estudiar. Luego trabajar en una empresa. Luego entrar a la vida pública. Todo eso rompía esquemas. Por eso me llamaron indígena light. Porque me atreví a usar pantalón, un traje sastre. Porque cuestionaba, rebatía, opinaba…

Pero también entendí algo muy importante. El poder de la palabra. La educación. Entender qué es igualdad, qué es democracia, qué significa ocupar tu espacio. Nadie ha caminado por mí, nadie ha llorado por mí, nadie ha soñado por mí. Ya la desigualdad intentó detenerme una vez. No lo va a volver a hacer.

CC: En tu discurso aparece de manera constante la idea de sanación y reconciliación. ¿Cómo se atraviesa ese proceso cuando el origen también duele?

EC: Es un proceso largo. Al inicio odié haber nacido indígena. Lo odié porque todo el tiempo fui cuestionada, señalada, criminalizada. Y cuando quise cambiar mi historia, tampoco tenía derecho.

Hoy entiendo que no fue mi culpa. Fue la culpa de un sistema que me nombró víctima, vulnerable, incapaz. Que minimizó mi capacidad y mi aportación. La reconciliación empieza por perdonarte.

Luego viene la reconciliación con la familia. Con mamá y papá. Entender que soltar a una hija también fue un acto de amor enorme. Hoy los honro. Y sigo caminando.

Foto: Pedro Flores Belmonte

CC: Tu trayectoria también cuestiona la idea idealizada de comunidad cuando se vuelve un mecanismo de exclusión. ¿Cómo conviven en ti el amor por tu pueblo y la necesidad de nombrar sus violencias?

EC: Las violencias se normalizan. El alcoholismo, los gritos, las niñas casadas a los doce años. Todo se vuelve cotidiano. Cuando alguien empieza a incomodar eso, se convierte en la loca, la agitadora, la que divide.

Eso duele muchísimo. Porque la violencia comunitaria te hace dudar de ti. Llegas al pueblo y sientes las miradas. Pero también te preguntas para qué existe una Constitución si ahí rige el cacicazgo y el machismo.

Con el tiempo entendí que muchos no saben leer ni escribir, pero sí son corresponsables de un sistema que negó derechos. Hoy regreso a mi pueblo, entro al palacio municipal, comparto un mezcal. Veo a las niñas jugando básquet en la cancha donde yo nunca pude. Eso también es parte del proceso.

CC: Después de empujar cambios legales visibles, ¿cuáles sientes que siguen siendo las deudas más profundas de nuestra sociedad?

EC: La deuda más grande es con las niñas. México sigue siendo uno de los países con mayor número de matrimonios infantiles y cohabitación forzada. Durante años se protegió esto bajo usos y costumbres.

No basta prohibir. Tiene que haber sanción. Cuando el cuerpo de una niña se rompe, es un crimen de Estado. Hemos logrado avances en varios estados, pero falta mucho.

Y también hay una responsabilidad social enorme. Si no incomoda, si no se nombra, no cambia. El activismo no es de corto plazo. Es una forma de vida de largo aliento.

Foto: Pedro Flores Belmonte

CC: Desde ese lugar de experiencia, ¿qué tres ideas te gustaría dejarle a una mujer joven que hoy empieza a estudiar, crear u organizarse?

EC: Uno: Que el dolor pasa. Que el hambre pasa. Pero que los sueños no caen del cielo. Nada sucede si no decides hoy.

Que no pasa nada si no estás en la bolita correcta.

Dos: Que no sacrifiques nada por nadie. Sacrifícate por ti. Nadie más lo hará.

Tres: Que no romantice la renuncia. Ni el sacrificio. Tu cuerpo es tuyo. Decide tú. Esto no va de frases bonitas. Va de resistir. Porque si no le entras, la vida te entra a golpes.

Foto: Pedro Flores Belmonte

A partir de esa convicción, Eufrosina Cruz sostiene también un trabajo organizado desde la sociedad civil. Origen no es destino, asociación civil (A.C) que preside, acompaña procesos de formación, defensa de derechos y autonomía para mujeres y niñas, con base en Oaxaca. La fundación articula educación, palabra y acción jurídica como herramientas de largo aliento, con un principio claro. El origen no define el límite.

Origen no es destino

Todas y Todos A.C.

Linderos 326, Colonia Valle Esmeralda

Oaxaca de Juárez, Oaxaca

C.P. 68125

[email protected]

www.todasytodos.org

La palabra de Eufrosina Cruz no consuela, acompaña, abraza e incomoda.


TE RECOMENDAMOS