
Carolina Chávez
En el caso de Estrella Navarro, la apnea no aparece solo como una práctica deportiva de alto rendimiento, también como una forma de conocimiento. Descender sin aire implica entrar en otra relación con el cuerpo, con el miedo y con el mar. Bióloga marina especializada en tiburones, atleta récord y observadora sensible del mundo submarino, Navarro ha hecho de la profundidad una disciplina, una experiencia interior y también una forma de conciencia.
CC: Cuando desciendes en apnea y tu cuerpo entiende que no habrá aire por unos minutos, ¿qué se activa primero en ti?
EN: Es muy interesante porque antes del descenso todo depende mucho de mi estado mental, de cómo haya estado el día o de cómo me sienta. A veces hay tranquilidad, a veces nervios, a veces aparece esa pregunta interna de en qué me estoy metiendo, voy a bajar profundo. Por eso es tan importante centrarme en la respiración, en una respiración de relajación que calme la mente y el cuerpo. Mientras sigo en la superficie todavía no me sientocompletamente cómoda. Pero una vez que me sumerjo, pasa algo. Cuando ya estoy totalmente bajo el agua, siento que entro en mi medio. Estoy más cómoda en el agua que en la tierra. Tengo que estar completamente sumergida para sentir eso. Entonces ya no pienso en que me va a faltar el aire. Eso es lo último en lo que pienso. Con el entrenamiento he acondicionado mi cuerpo y mi mente para acostumbrarse a esa incomodidad.

CC: Pero esa incomodidad tuvo que romperse en algún momento para entrar a otra fase, imagino.
EN: En mi caso fue muy particular. Yo crecí en el agua. Mi papá daba natación y aprendí a nadar antes que a caminar. Antes incluso de tener memoria o conciencia clara, ya era una niña acuática. Desde muy chiquita jugaba con mi hermano a ver quién aguantaba más abajo del agua. Yo era muy aferrada, quería ganar. Desde niña podía estar más de tres minutos. Salía morada, pero ganaba. Entonces creo que esa barrera se rompió muy temprano en mí.
CC: Dicen que infancia y destino suelen tocarse. A veces lo que naturalizamos en el juego termina proyectándose en la vida adulta. Estrella, ¿has llorado bajo el agua? Y si es así, ¿qué tipo de dolor o belleza te provoca?
EN: La única vez que recuerdo haber llorado bajo el agua fue por pánico. Creo que ha sido la única vez que he sentido pánico de verdad en mi vida. Tuve un incidente en el que me quedé atorada abajo. Antes de eso incluso había soñado que me ahogaba de esa misma manera.Logré salir. Al día siguiente volví, porque estaba en preparación para un mundial, pero las condiciones todavía no eran buenas. Entonces me dio pánico y lloré. Fue un llanto de miedo puro. No quería que me vieran, así que metí la cabeza bajo el agua.

CC: Eres bióloga marina especializada en tiburones y, al mismo tiempo, atleta de alto rendimiento. ¿Cómo se encuentran en ti la ciencia, la intuición y también el gusto por la poesía?
EN: Creo que quienes tenemos alma de poeta encontramos inspiración en todas partes. En mi caso, la ciencia me ha permitido entender mejor a los animales con los que interactúo, comprender sus comportamientos, saber cómo aproximarme a especies nuevas. Antes de convivir con una especie que no conozco, investigo. Estudio cómo suele comportarse. Y luego, al estar ahí, lo vivo en la piel. Me ha pasado, por ejemplo, con la manta gigante, que es un pez con una inteligencia impresionante, casi comparable con la de un mamífero. De pronto siento que me hago amiga de esa manta. Gracias al buceo libre y a las capacidades que he desarrollado, muchos animales marinos me perciben casi como otro mamífero marino. Y esas experiencias que ocurren abajo del agua tienen algo profundamente poético. Son magníficas, celestiales, muy difíciles de explicar de otra manera.
CC: La primera vez que fui a un avistamiento con mi mamá, ella lloraba porque decía que esas ballenas eran mamás como ella, mamíferas como ella. Hay algo muy fuerte en reconocer a otra especie no como un animal lejano, sino como una vida con su propia conciencia, intuición e inteligencia.
EN: Claro que la tienen. Y es fascinante. Dependiendo del animal, hay niveles de inteligencia que incluso nos superan en ciertos sentidos. Los delfines, por ejemplo, tienen capacidades extraordinarias. A veces creemos que como especie somos la cúspide de todo y la verdad es que no.
CC: Has roto 29 récords nacionales. ¿Qué se rompe realmente cuando rompes un récord?
EN: Es algo muy interesante porque sí, claro, puede tener un valor para el país y puede inspirar a otras personas, pero en el fondo también es un reto personal. Los seres humanos a veces nos ponemos límites o creemos que existen ciertos límites. Romper un récord es agarrar un borrador, borrar esa línea y volver a dibujarla más lejos. Cambia el concepto mental de lo posible. Y eso tiene una aplicación incluso filosófica en la vida. Antes podía llegar hasta aquí, ahora puedo llegar hasta acá. Eso quiere decir que siempre se puede seguir avanzando.

CC: En un deporte históricamente dominado por figuras europeas, y también por el acceso desigual a recursos, fuiste la primera latinoamericana en ganar una medalla mundial en la categoría sin aletas. ¿Cómo se siente cargar también con una identidad colectiva?
EN: Cuando una puede inspirar a otras personas para algo bueno, eso es muy valioso. La palabra inspiración me gusta mucho porque implica comienzo, respiración hacia adentro, entrada de vida. Me ha pasado que llegan mamás con sus hijas y me dicen que la niña quiere una foto porque le gusta lo que hago y ella también quiere intentarlo. Eso me conmueve mucho. Si lo que haces puede motivar a alguien a practicar un deporte, a buscar una vida más saludable o a acercarse al mar con curiosidad, entonces ya hay algo hermoso ocurriendo.
CC: Y en esta práctica hay algo que va más allá del deporte. Está la conexión con el elemento. El mar tiene un lenguaje muy particular y aprender a convivir con él implica respeto, pero también amor.
EN: Sí, y eso es muy real. En el buceo libre ocurren cambios en los estados mentales que se han estudiado científicamente. Entramos en estados meditativos. Hay una fase del descenso en la que dejas de nadar y simplemente te dejas caer, en caída libre, como los cachalotes. En esos momentos, cuando voy muy relajada, he llegado a sentir que mi piel se difumina. Que el agua de afuera y el agua que habita en mí son una sola cosa. Esa parte del cerebro que te hace sentirte uno con todo se activa más y la parte que insiste en la separación del yo se hace a un lado. Es una experiencia muy profunda. Y en relación con el amor, también hay una base científica. El agua activa procesos vinculados con la oxitocina, que es la hormona asociada con el vínculo y el afecto. Cuando sumergimos el rostro y se activa el reflejo mamífero del buceo, el cuerpo entra en otro estado. Por eso ir al mar, nadar y tener acceso al agua es tan importante. No es un lujo, es una necesidad humana.


CC: También has trabajado como modelo de moda y modelo submarina. ¿Cómo negocias la mirada externa sobre tu cuerpo con la experiencia interna de habitarlo en condiciones extremas?
EN: Bajo el agua nunca me interesa ser la protagonista. De hecho, algo que les gusta a muchos fotógrafos con los que trabajo es que yo no intento ponerme al centro. Yo estoy entrando en un medio que no me pertenece. Lo principal es el arrecife. Lo principal es la manta gigante. Lo principal es el delfín. Yo trato de estar en segundo plano, de acompañar la escena. Mi interés es que se vea primero la belleza de lo que existe abajo y luego la relación humana con ese entorno. Con mis movimientos intento entrar en armonía con la vida marina, imitar sus ritmos desde un lugar muy sentido, casi como una danza. La intención es que quien vea esas imágenes pueda percibir ese lenguaje submarino. No se trata de la figura humana imponiéndose, sino de una presencia que aprende a entrar en sintonía.

CC: Y eso modifica profundamente la mirada antropocéntrica del cuerpo. Ya no se trata de ponerlo en el centro, sino de mostrar una armonía distinta, una posibilidad nueva de convivir con otros elementos. A propósito de esa relación con el mar, quiero preguntarte algo necesario. ¿Qué prácticas turísticas están dañando el ecosistema aunque se presenten como inofensivas?
EN: Hay muchas, pero una de las más preocupantes en La Paz es la entrada de los megacruceros. Se venden como si fueran una maravilla, como si trajeran bienestar económico y desarrollo, pero no es así.Traen un sistema cerrado que se beneficia a sí mismo. Corrompen el sitio, deterioran la economía local y afectan de manera brutal al ecosistema. Hay datos económicos muy claros de lugares donde han llegado. Las consecuencias han sido negativas. Y en términos ambientales son devastadores. Aquí tenemos tiburón ballena, delfines, ballenas, muchísima vida marina. Todo eso se pone en riesgo. Mi recomendación a quienes disfrutan viajar es elegir otras formas de turismo. Y a la gente de La Paz, no permitir que eso avance.

CC: Parte de nuestro consumo también es responsabilidad sobre el sistema que sostenemos.
EN: Exacto. Cuando visitas un lugar, lo ideal es consumir lo que pertenece a esa región. Ir al restaurante local, conocer el sitio, dejar algo real en la comunidad. Eso sí genera un beneficio concreto.
CC: ¿La conservación en México depende más del activismo ciudadano que de la política pública?
EN: Hoy, en muchos casos, sí. Pero no debería ser así. La política pública es indispensable. Solo a través de estructuras permanentes, fondos y compromisos institucionales se pueden hacer cambios de largo plazo. Además, en muchos lugares ya no hablamos solo de conservar. Hablamos de restaurar, regenerar, dejar descansar ecosistemas para que se recuperen. Eso tarda años. Mucho más de un periodo de gobierno. Entonces necesitamos políticas públicas duraderas y también un activismo que presione, acompañe y vigile que esas políticas realmente se cumplan.
CC: Antes de visitar Isla Espíritu Santo, ¿qué tendría que entender cualquier persona?
EN: Que no está entrando a un parque de diversiones, sino a un ecosistema vivo. El mar transforma. Te envuelve completo. Cambia incluso el ritmo del cuerpo, el latido, la percepción. El agua tiene una capacidad de conexión enorme. No es lo mismo mover un brazo en el aire que moverlo en el agua. En el agua toda la piel está recibiendo información. La temperatura, el desplazamiento, la presión, el contacto. Todo cambia. Por eso digo que el mar es una forma de paz, de armonía y también de encuentro con una misma.
CC: Si no te dedicaras con tanta fuerza a este deporte y a esta vida en el mar, ¿qué te habría gustado explorar?
EN: Hay dos caminos que se me han ido revelando. Uno es la poesía. Yo escribía solo para mí, hasta que una vez empecé a leer en voz alta entre amigos y me animaron a reunir mis textos. Ya estoy trabajando en eso y quiero publicar un libro. El otro es la escultura. Mi abuela era pintora y también hacía escultura, aunque eso lo supe después. Durante una cuarentena compré plastilina solo para entretenerme y de pronto empecé a modelar rostros y figuras. Me sorprendió muchísimo. Sentí que había ahí un talento heredado o, al menos, una intuición muy natural. Después tomé clases de cerámica. Hice piezas inspiradas en el mar, un lavamanos con forma de concha, objetos con formas orgánicas. Quiero seguir explorando ese lenguaje.
CC: Vamos a cerrar con dos mensajes. El primero, para las personas que le tienen miedo al mar, que han tenido experiencias difíciles o que crecieron escuchando ese no te metas. Y el segundo, para quienes quieren involucrarse en la preservación del océano pero no saben por dónde empezar.

EN: Sobre el miedo, creo que lo primero es entender que los miedos se transmiten, igual que la seguridad. Por eso quienes acompañan a niñas y niños tienen que ser muy conscientes de que su miedo les pertenece a ellos, no necesariamente a los demás. Claro que si hay un peligro real hay que tomar precauciones. Pero cuando no lo hay, vale la pena preguntarse si ese miedo está basado en algo concreto o si es una emoción heredada, repetida, instalada. Y para superarlo, como con casi todo, hay que enfrentarlo poco a poco, con respeto y con inteligencia. No se trata de aventarse sin saber nadar. Se trata de acercarse de manera gradual. Aprender a cualquier edad es posible. Yo le enseñé a nadar a mi abuela materna a los 70 años, después de que estuvo a punto de ahogarse tres veces en su vida. Sí se puede.
Para empezar, incluso sin un maestro, una persona puede ir a la orilla, meter la cara al agua y soplar burbujas por boca y nariz. Relajar hombros. Salir y volver a entrar. Hacer que el rostro empiece a sentirse cómodo. Desde ahí se activa el reflejo mamífero del buceo, elcuerpo se relaja y aparece una sensación distinta. No hace falta ir profundo para empezar a reconciliarse con el mar. Y sobre la preservación, lo primero es entender que la tierra y los ecosistemas tienen que ir primero porque nosotros somos parte de ellos. Sin agua limpia, sin aire limpio, sin mares sanos, no hay vida posible. Hay personas que ya están viviendo las consecuencias ambientales de forma directa. Otras todavía no lo sienten del todo. Pero eso no significa que no esté ocurriendo. Después viene la acción. Cada quien puede aportar desde donde está. Quien tiene recursos puede donar dinero. Quien no los tiene puede donar tiempo. Lo importante es involucrarse con voluntad. A veces una encuentra su causa por afinidad y otras veces la encuentra por incomodidad. ¿Qué te duele, qué te molesta, qué no soportas ver deteriorado? Ahí está el punto de entrada. Ahí es donde puedes actuar, organizarte, donar tiempo, informarte y comprometerte. Involucrarse es eso, entender que no basta con admirar el mar. Hay que defenderlo.