
María Estévez / Estilismo: Kira Álvarez
Manuel García-Rulfo deja el teléfono móvil en una salita pequeña, la única habitación del rancho donde entra la señal. Lo apoya sobre una mesa de madera antes de salir al patio, como quien deja un objeto innecesario para el trabajo que viene después. Afuera, la tarde cae sobre el campo jalisciense. Hay árboles que necesitan poda, caballos que revisar, un huerto de limones que no entiende de estrenos ni de alfombras rojas. Ese ajetreo de la rutina no da tiempo para llamadas, el tiempo pasa hasta que la luz oblicua al calor del comal recuerda que hay que volver a la prisa.
El escritor Juan Rulfo, pariente lejano, escribió que “el llano está lleno de ecos”. En este rancho en el que García-Rulfo creció los ecos del pasado literario ponen pausa a una vida en Hollywood. El actor vuelve siempre que puede a Jalisco y no es para esconderse. “Regreso para ordenarme”, dice.
Cargado con su cámara al hombro, García-Rulfo cabalga las tardes jaliscienses en busca de las rutinas del día.” Siempre me invento cosas que hacer”, reconoce mientras aparca su vida en Hollywood en la salita de la hacienda. En la única habitación donde hay señal de WiFi. Allí, lo deja García-Rulfo cada mañana y no vuelve a checarlo hasta la noche, cuando, tras disparar el atardecer, haber cuidado del ganado y podado algunos árboles del huerto, regresa al rancho. Dicen que se puede sacar a la persona del pueblo, pero no al pueblo de la persona. “Yo llevo a Jalisco en todo lo que hago en la vida. Creo que los primeros años de la vida de cualquiera marcan toda tu esencia. A cada personaje puedo meterle cosas. Puedo ponerme en su situación, pero mi esencia me la dio la escuela donde estudié, mis amigos, mi familia, el rancho donde crecí. Por eso, en cualquier personaje que interprete, eso está ahí. Son mis vivencias”, señala el actor.

Cuando habla, conserva ese mismo ritmo pausado, con frases entrecortadas desparramadas de silencios. A veces, deja algo sin decir. Comienza la frase y a medio camino, como si necesitara comprobar primero si merece la pena terminarla, se para. “Me siento muy bendecido con lo que hago”, dice. “Porque puedo trabajar de esto que me encanta, y todavía caminar por la calle con cierta paz”.

En Los Ángeles, esa frase es una provocación. Allí pasa buena parte del año, grabando de The Lincoln Lawyer (2022) una de las series más vistas de Netflix, de la que es protagonista. En la ciudad californiana, la gente le para por la calle. En persona, García-Rulfo mantiene una sencillez desconocida en muchos de sus colegas actores. “A mí no me gusta jugar el juego de la fama. Prefiero ser ajeno a ella, pero tengo amigos que lo hacen muy bien”, relata.
Un actor y el peso de un apellido
A pesar de ser uno los actores mexicanos más prolíficos del momento, García-Rulfo aún camina entre la gente sin presión. Saluda a los extraños con educación, sin poner distancia o hacer un gesto raro. Hay algo de campechano en sus maneras que recuerda su origen rural. Parece un hábito aprendido de tanto caminar por caminos empedrados donde lo único que oía eran los ladridos lejanos de los perros. “Va de la mano esta cosa de la fama y del trabajo”, reflexiona. “Yo me siento muy afortunado, porque me gusta pasar un poco desapercibido. Puedo estar trabajando, disfrutando, comiendo de esta profesión, y todavía poder ir a la calle tranquilamente”, agrega.

En Los Ángeles, una ciudad acostumbrada a brillar, diseñada para amplificar el éxito y para convertir los apellidos en una marca, en ruido constante esa frase es casi una provocación. García-Rulfo reconoce que la gente lo para y le pregunta si es el actor de The Lincoln Lawyer o el de Parque Jurásico Renace (2025) pero insiste en que aún conserva algo que valora más que la visibilidad: su espacio personal. “Eso me da paz. Quiero seguir así porque tengo amigos que no pueden ni salir a la calle”, explica.
La industria, admite, le ha abierto las puertas de par en par, aunque para llegar haya tenido que entrar por la puerta trasera del éxito. “Creo que he aprovechado las oportunidades que me han dado”, señala. “Estoy muy tranquilo. Me gusta ir haciendo mi camino poco a poco”, continúa.
Dos vidas que no compiten
El actor vive literalmente entre dos vidas. Una transcurre en Los Ángeles, entre sets de rodaje, guiones, hoteles y entrevistas. La otra sigue en México, en el rancho donde pasó buena parte de su infancia, entre animales, árboles y una huerta que exige atención diaria. “Ahí crecí”, dice. “Ahí me acomodo. El rancho es mi segunda madre”.
Mientras Hollywood lo empuja hacia una visibilidad cada vez mayor, García-Rulfo parece moverse en dirección contraria a la prisa. Intentando por todos los medios garantizar esa necesidad vital de preservar un espacio propio. “Me gusta trabajar y hacer lo que hago, pero fuera de eso, ir a tu vida normal y todavía tener que estar con estas cosas es raro. Ya de por sí esta profesión es bastante narcisista”, apunta.
Juan Rulfo escribió: “Nos han dado la tierra”. Y en la vida de García-Rulfo, esa tierra es un ancla. El lugar que devuelve a escala normal aquello que amplifica Hollywood. “Para mí llevar su apellido no es un peso”, señala el actor.
García-Rulfo nació en Guadalajara, en una familia numerosa, profundamente ligada al campo. Su infancia transcurrió entre la ciudad y el rancho, entre escuelas donde nunca terminó de encajar y un mundo rural que ofrecía otro tipo de aprendizaje. “Me corrieron de todas las escuelas”, recuerda. “Era muy malo”.

En las aulas, su atención se dispersaba. En el rancho, en cambio, las reglas eran claras y distintas, apegadas al sentido común de sobrevivir. Había que cumplirlas para no terminar lastimado en el suelo. Allí aprendió a observar, a esperar, a entender los ritmos de un terreno donde el agua y el viento se estudian para cuidar de los animales o de la vegetación.
Esa paciencia, ese mirar antes de actuar, aparece hoy en su forma de trabajar como actor. “Me gusta llenar de mi esencia cada personaje que interpreto”, expone el actor.
El cine como ritual
Si el rancho fue una escuela, el cine fue la otra. La pasión le llegó de la mano de su abuelo, dentista de profesión y cineasta amateur por vocación. Durante las vacaciones, reunía a hijos y nietos frente a una pared blanca improvisada como pantalla en la que proyectaba películas clásicas y filmaciones caseras rodadas en Súper 8.
Tenía cámara, proyector y una máquina de edición con la que cortaba y pegaba cada película. Esa máquina la conserva hoy el intérprete como una reliquia. “Me quedé con ella cuando murió mi abuelo”, dice.
Charlie Chaplin era uno de los nombres que más se repetían en aquellas proyecciones, junto a películas familiares donde aparecían sus tías y su padre. Pero más que los títulos, lo que lo marcó fue la experiencia de mirar. “El sonido del proyector, sentarnos a esperar a que todo estuviera listo, que de repente se fuera la luz. Todo eso era muy romántico. Ahí nació mi interés. El cine fue mi escuela”, repasa. Frente a aquella pared blanca se quedaba quieto, absorto: “Nunca puse atención a nada en la escuela, pero a las películas de mi abuelo sí”, admite.

Hollywood, por fin
García-Rulfo creció con la intuición persistente de que algún día acabaría en Hollywood. A los 20 años viajó por primera vez a Los Ángeles, se instaló y empezó a construir su carrera con los papeles que la industria reservaba entonces para los actores mexicanos. “No sé cuántos papeles de narco hice”, reconoce.
Durante años, las oportunidades llegaban con el mismo acento y con la misma violencia. El Gabriel Ortega de Goliath (2016) es un buen ejemplo de cómo la industria le ofrecía un margen estrecho que habría de atravesar con paciencia. Su filmografía fue creciendo de manera constante: Los siete magníficos (2016), Greyhound (2020), 6 Underground (2019). Ninguno de esos títulos lo convirtió de inmediato en estrella, pero cada uno de ellos lo iba acercando a un lugar de mayor visibilidad. Hasta que llegó a sus manos el guion de The Lincoln Lawyer, del que se quedó prendado casi automáticamente.
Mickey Haller y la vulnerabilidad
El personaje de Mickey Haller, el abogado que ejerce desde el asiento trasero de su Lincoln, marcó un punto de inflexión. La serie, basada en las novelas de Michael Connelly, convirtió a García-Rulfo en un rostro familiar para millones de espectadores. “Es muy impresionante viajar y que te reconozcan en todos lados”, reconoce. “En España me paran muchísimo. En Londres, en Ámsterdam. La serie ha sido muy bien aceptada”.
La primera temporada, sin embargo, estuvo marcada por la inseguridad. “Pensaba: ‘¿Le gustará esto a Michael? ¿Estoy respetando al personaje?’”, se pregunta. Hubo muchas conversaciones con el autor, una necesidad de comprobar que el camino era el correcto. “Tratamos de apegarnos lo más posible a la novela, pero con mi esencia”, explica este “cien por cien” mexicano.
La cuarta temporada, que se estrena en febrero, es la más oscura. Tras el final de la tercera, con Haller arrestado, el personaje enfrenta su momento más frágil. “Es la temporada donde más vulnerable lo vamos a ver. Casi siempre puede con todo, pero aquí lucha por su vida”, desvela.
Esa vulnerabilidad es, para García-Rulfo, un regalo actoral. “Siempre hay algo nuevo. Nuevos actores, nuevas energías. Jugar con ese caos lo mantiene vivo”, añade el intérprete.
Actuar en otra lengua
Mientras crecía en Guadalajara, García-Rulfo siempre creyó que algún día acabaría en Hollywood. Aún no era actor profesional, ni tenía un camino claro, pero sí una intuición como cruz de guía hacia una industria que lo llamaba de forma persistente. Trabajar en inglés ha sido uno de los mayores retos de su carrera. “Es bien difícil”, admite. “Hay palabras en español que cargan con toda tu vida. Amor, por ejemplo, tiene un peso enorme. En inglés puedes saber lo que significan, pero no tienen la misma gravedad”, dice.
En The Lincoln Lawyer, además, el lenguaje jurídico añade dificultad: “Muchas veces no tengo ni idea de lo que estoy diciendo. No hay subtexto”, señala. Esa distancia también tiene algo de liberador para él: “A veces solo tiras las palabras. No te clavas tanto. Pero otras veces juega en tu contra. Requiere mucho más trabajo. Es una friega”.
Mike Haller es arquetípico de Los Ángeles y García-Rulfo sabe impregnar al personaje el alma del lugar. “Esas son las situaciones donde te ponen. Ya he vivido en Los Ángeles durante 15 años tal vez un poquito más y sí es mi segunda casa, o más bien ahorita es mi primera casa. Estoy residiendo acá y más bien voy a Mexico. La ciudad la conozco perfectamente y eso te lo da el guion. Es ponerte en la situación, aunque sí sirve que llevo aquí varios años viviendo y conozco perfectamente la ciudad porque es muy mexicana. Hay lugares que aparecen en la serie que son súper mexicanos. Yo voy y me parece que estoy en México. Tienen tacos riquísimos, comida mexicana rica, auténtica, y se habla español. Eso lo hace muy fácil”, explica García-Rulfo, quien podría ser un personaje más de la serie. “He descubierto mil lugares que no conocía. Yo no soy muy de comer, pero el personaje sí, siempre está comiendo. Le encanta la comida, los restaurantes. Yo como por necesidad, pero he descubierto mil lugares. Los Ángeles es una ciudad que por fuera no invita mucho, pero una vez que te metes hay lugares espectaculares y una arquitectura increíble”, continúa el actor.
Pedro Páramo y la herencia
En la vida de García-Rulfo, la relación con el escritor Juan Rulfo es la de un pariente lejano pero constante en términos simbólicos. “En cada escuela a la que iba, y de la que me corrían, me recordaban que era familiar de Juan Rulfo”, recuerda.
Interpretar a Pedro Páramo en la adaptación dirigida por Rodrigo Prieto fue una experiencia transformadora. “Nos marcó a todos. A los actores y a Rodrigo. Es una obra viva. Cada vez que la lees significa algo distinto”, apunta. Para él, la novela condensa la complejidad de México en su violencia, en su ironía, en su comedia negra, en su espiritualidad. “En un libro tan pequeño están todas las entrañas del país. Yo estoy muy familiarizado con el mundo de los ranchos y las haciendas, porque crecí en un rancho. Mi abuelo era hacendado. Pero esa novela es sensacional. La última vez que nos vimos Rodrigo Prieto y yo hablamos sobre ella porque para él fue un viaje muy personal. Nos dejó tanto. En ese libro están las entrañas de México. Es muy México. De repente estás en México y hay cosas que pasan y te preguntas ¿Cómo está pasando? es muy loco. Esa novela para mí es una obra de arte, la verdad. Fue muy liberador meterme y entenderla. Cada uno la entiende a su manera, es una novela viva, la vuelves a leer y tiene otro sentido y demás, pero realmente meterte en las entrañas de la novela fue algo bien bonito y transformador”.
El actor reflexiona sobre lo difícil que fue salir de los papeles estereotipados. “Estoy agradecido de que se estén abriendo puertas para la diversidad, ahora hago personajes porque despiertan algo en mí. Pienso en lo que estoy tratando de comunicar que donde vive la responsabilidad del artista”.
Considerado un actor de Netflix, tras rodar Pedro Páramo (2024) y The Lincoln Lawyer con la compañía, reconoce que no se considera un actor del estudio. “Bueno, a ver, trabajo donde esté el pan. Donde me ofrezcan trabajos interesantes, que me llamen los personajes, las historias, o personas o directores con los que quiero trabajar. Se ha dado Netflix porque he tenido muy buena relación y me han abierto las puertas. Las veces que he trabajado con ellos, hemos tenido éxito en los proyectos. Pero no tengo exclusividad, ni mucho menos. Yo no soy de estar siguiendo los números, pero cuando me los mandan me sorprendo. Es impresionante viajar y que te reconozcan en todos los lados: España, Londres, Ámsterdam. En todos lados, The Lincoln Lawyer es una serie bien aceptada”. Soltero y sin compromiso, tiene el corazón abierto desde una ruptura cercana. “Estoy disponible para quien se quiera apuntar”.
El Refugio
García-Rulfo se confiesa preocupación por el momento político y social que atravesamos. “Nunca me había tocado algo así. Todo está patas arriba”. Ve un mundo saturado de ruido y cree que las redes sociales han creado un vacío, especialmente entre los jóvenes. “Falta alimentar con arte y cultura”, señala quien está convencido de que “hasta el cine ha perdido su lugar”. “Híjole, está bien difícil. Nunca nos había tocado algo tan inestable en el mundo, pero ahora está en todos sitios. Hasta el cine ya valió madres. El cine ya se acabó. Ahorita todo está patas arriba. Voy a México y me acabo de enterar de que han matado a un conocido mío, regreso acá y mira. En Europa se están uniendo para mandar soldados y digo: ¿para dónde ve uno ahorita? Estamos en un proceso de cambio muy grueso”, analiza García-Rulfo.
Dice el actor mexicano que lee cada vez más en inglés y que sueña con dirigir. Ha comprado los derechos de una novela que ha adaptado con un amigo, pero no quiere dar detalles. “Soy supersticioso. Este año me dije que por primera vez me voy a celebrar mi cumpleaños, porque nunca lo he hecho, ni de chico. Me daba mucha pena, me daba vergüenza, hay algo de tener todo el protagonismo que no me gusta. Soy cero de llamar la atención. Me encanta estar en una fiesta, me gusta la fiesta, socializar y demás, pero soy de los que socializo y me salgo 20 minutos a respirar fuera y luego regreso. Lo necesito. Si yo estoy celebrando no me puedo ir y tengo que tener a todos pendientes de mí”, explica.
También comparte su pasión por la literatura y el arte: “Creo que el arte es lo que más ayuda. Yo me acuerdo cuando tenía 18 o 20 años y había muchas opciones. Podrías tener amigos rockeros, punks o bohemios, y ahora las redes sociales encausan a que todo el mundo siga o una ideología u otra. No hay mucha opción”, apunta antes de añadir su preocupación respecto a la actividad artística que, según sus palabras, “está sufriendo por todos lados” sin importar si hablamos de literatura, cine o pintura. “Todo el mundo está embobado por las redes sociales”, reflexiona. “Sacarlos de ahí para que vean arte y sientan algo diferente, es dificilísimo”, dice. “Yo veo a mis sobrinos, a mis primos, y ya ni ven series. Les pongo películas que a mí me gustan y por ahí una que otra les toca, pero las ven con el teléfono en la mano. Solo están viendo pura cosa que todo el mundo está viendo y no hay arte, es pura estupidez. A ver, no quiero juzgar. No quiero parecer como los viejos, pero ahora todo está encauzado a hacer dinero. Yo espero que en el futuro volvamos a apreciar el arte, la música, la literatura. Tenemos que topar con pared y regresar a querer ver buen cine o escuchar buena música”, señala.

La pausa como forma de trabajo
Hay algo deliberado en la manera en que García-Rulfo se permite detenerse. Y más en una industria que premia la velocidad, la presencialidad y la productividad constante; tanto, que su forma de avanzar parece casi una anomalía. Pero el actor no acumula proyectos por inercia ni acepta trabajos para mantener una visibilidad artificial. “Me gusta elegir cuándo sí y cuándo no”, dice. Aunque no siempre fue así. Durante sus primeros años en Los Ángeles, aceptar cualquier oportunidad era una cuestión de supervivencia. “No había mucho margen”, recuerda. “Decías que sí a todo”.
Con el tiempo, esa urgencia fue cediendo espacio a otra relación con el oficio. Hoy, García-Rulfo habla del trabajo actoral como un ejercicio de escucha. De escuchar al guion, al director, al otro actor, pero también de escucharse a sí mismo. “Hay proyectos que llegan y no me mueven nada”, explica. “Y no pasa nada. Antes sentía culpa. Ahora no”, continúa.
Su memoria corporal es la que le permite moverse con naturalidad entre personajes muy distintos sin perder una coherencia interna. Un abogado angelino, un vaquero, un hombre atrapado en un pueblo fantasma. Todos comparten una masculinidad alejada de la grandilocuencia. No es casual. “Nunca me han interesado los personajes que gritan todo el tiempo”, dice. “Me interesa más lo que se calla”. Esa elección dialoga también con una forma personal de estar en el mundo. No le gusta imponerse. No le gusta ocupar todo el espacio.
En The Lincoln Lawyer, Mickey Haller es un hombre que habla mucho, pero que también escucha mientras se mueve en un entorno agresivo sin necesidad de ser agresivo. “Eso me gustó del personaje. “Tiene contradicciones. No es el típico héroe”, explica.
Aunque su carrera se haya consolidado en Estados Unidos, México sigue siendo el lugar al que vuelve para recalibrar. “Allá me bajo de la nube”, dice. En Jalisco no es el actor de
Netflix ni la estrella internacional, sino Manuel. El primo. El hijo. El amigo.
Ese descenso a lo cotidiano le resulta necesario: “Si no, te la crees”, admite. “Y eso es peligrosísimo”. En el rancho no hay alfombras rojas ni entrevistas. Hay tareas concretas. Hay responsabilidades que no entienden de fama. Los animales hay que atenderlos todos los días. Los árboles no esperan.
En ese sentido, el campo funciona como una pedagogía permanente. Le recuerda que todo es transitorio. Que el éxito, como las cosechas, no depende solo de uno. Y es que, señala, “hay cosas que no controlas. Y está bien”.
El futuro sin prisa
Cuando habla del futuro, García-Rulfo no traza planes rígidos. No enumera metas ni proyectos como una lista de objetivos. Habla más bien de deseos y curiosidades. Le gustaría seguir en la industria, pero no a cualquier precio. “No quiero perderme a mí en el camino”, afirma. Es una frase que podría sonar a cliché, pero en su caso tiene peso concreto. Implica seguir pudiendo volver al rancho. Seguir pudiendo caminar por la calle sin miedo. Seguir teniendo tiempo para mirar un atardecer sin pensar en la siguiente llamada.
En una industria obsesionada con el siguiente paso, García-Rulfo parece más interesado en sostener el paso que ya tiene. En no romper el equilibrio precario entre dos mundos que, en su vida, conviven sin anularse.
Hollywood seguirá ahí, con sus luces, sus ofertas y sus exigencias. La tierra también. Y entre ambos espacios, García-Rulfo seguirá moviéndose con esa mezcla de intuición y pausa que ha definido su camino hasta ahora.
Cae la tarde en Los Ángeles, una ciudad donde la luz tiene sombras oscuras. “No me extraña que el cine surgiera aquí. Los Ángeles es mágica”, dice para despedirse. También lo es Jalisco, donde García-Rulfo deja Hollywood lejos, al menos por un rato. Como escribió su pariente lejano: “Allí donde solo oyes ladrar los perros”. Pero aquí sigue García-Rulfo, en la ciudad donde las luces se apagan y se siguen escuchando el ruido de los flashes.