Foto: Micheline Pelletier

Carolina Chávez

Agnès Varda nació en Bruselas en 1928 y creció en Francia en un contexto marcado por la posguerra, la reconstrucción y el desplazamiento. Estudió historia del arte y fotografía en la École du Louvre y en la École des Beaux-Arts. Antes de filmar, aprendió a mirar. Ese aprendizaje definió toda su obra.

En 1955 dirigió La Pointe Courte, una película realizada con recursos mínimos, actores no profesionales y una estructura narrativa fragmentada. Hoy se considera un punto de partida de la Nouvelle Vague, aunque Varda nunca se asumió como parte de una escuela. Su cine surgió de la necesidad y de la intuición, no de un manifiesto generacional. Mientras Godard y Truffaut escribían desde la crítica, ella filmaba desde el territorio, desde los cuerpos y los oficios.

Varda en estudio de la Rue Daguerre en París en 1956

A lo largo de más de sesenta años de trabajo dirigió cerca de cuarenta películas entre largometrajes, cortos y documentales. Cléo de 5 a 7 ofreció en 1962 una exploración del tiempo real y de la ansiedad femenina en el París contemporáneo. Sans toit ni loi retrató la deriva y la exclusión social con una dureza contenida. En Les Glaneurs et la Glaneuse, Varda volvió la cámara hacia los márgenes del consumo y del desperdicio, y al mismo tiempo hacia sí misma, integrando la autobiografía como forma política.

Los datos confirman su singularidad. Fue la primera mujer en recibir la Palma de Oro honorífica del Festival de Cannes en 2015. En 2017 obtuvo un Óscar honorario por su contribución al cine. Ninguno de estos reconocimientos alteró su método. Varda siguió filmando con cámaras ligeras, equipos reducidos y una curiosidad activa hasta el final de su vida.

Foto por Pierre Boulat, 1965.

Su trabajo desmontó la división entre ficción y documental. La cámara funcionó como herramienta de escucha. Los rostros anónimos, las mujeres mayores, los trabajadores, los artistas periféricos ocuparon un lugar central. La autoría se expresó como presencia afectiva.

En los últimos años, su obra se expandió hacia la instalación y el museo. Exposiciones en la Fondation Cartier y en el Palais de Tokyo confirmaron que su lenguaje excedía la sala de cine. Aun así, Varda insistió en la experiencia colectiva de la proyección, en el encuentro entre espectadores.

Agnès Varda pensó el cine como un acto de atención. Filmó sin jerarquizar, sin acelerar el mundo, sin borrar las huellas del tiempo, ni la sonrisa asimétrica y dolorosa de las mujeres, ¡de qué modo! Su legado permanece como una forma de resistencia silenciosa y una invitación constante a mirar de nuevo… todo, lo que haya que mirar.


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