
Javier Fernández de Angulo
Fotografía por Cristian Rojas
Hace diez años, el empresario Horacio Fernández, fundador de Industrias Tajín, hizo realidad uno de los sueños de su vida: la inauguración de la Escuela Nacional de Cerámica (ENC), proyecto auspiciado por él mismo que nació con la vocación de rescatar y proteger el conocimiento de los artesanos ceramistas de los pueblos originarios de México. “Para lograr este sueño estuvimos diez años buscando un plan que incluyera cuatro características principales: que fuera nacional, relacionado con la educación, que tuviera que ver con la conservación de las tradiciones mexicanas y que estuviera orientado a gente de menos recursos. Fue un proceso difícil”, relata Fernández a T México.

La idea de la creación de una institución de estas características, confirma el empresario, se remonta a tiempos de la Revolución, cuando el arte popular mexicano disfrutaba de un importante auge; incluso José Vasconcelos promovió entonces, sin éxito, un proyecto que con el paso del tiempo fue desvaneciéndose. Hasta que Fernández lo hizo realidad. Con sede en Tapalpa, Jalisco, un pueblo con una historia de cinco siglos rodeado de minas de arcilla —“un lugar tranquilo para que los artistas se inspiren”, dice Fernández—, la escuela se instaló en la Hacienda La Media Luna, lugar en el que Juan Rulfo se inspiró para escribir algunos de los pasajes de su cuento El llano en llamas. “Es como un viaje por México a través de la artesanía del barro”, dice Fernández sobre el museo recién construido. El resto continúa tal y como lo veía el escritor, pariente de los antiguos propietarios, cuando disfrutaba allí de sus vacaciones.

El artista David Aceves, hoy director de la ENC, fue una de las personas claves en el crecimiento del proyecto. Concentrado en la recuperación y protección de la cerámica de Sayula, elaborada con técnica mayólica y de origen persa, el artista había trasladado a creadores y maestros artesanos de todo el país la idea de crear una escuela. Incluso viajó a Talavera de la Reina, España, donde contactó con Isaac Díaz Pardo, ceramista y diseñador gallego que había trabajado en la recuperación de la fábrica de Sargadelos. “Tocamos puertas, hablamos con ayuntamientos, gobernadores, patrocinadores y secretarios de cultura. Hasta contactamos con el presidente Enrique Peña Nieto, pero no había manera”, rememora Aceves, quien poco después tuvo su primer encuentro con Fernández, uno de los coleccionistas de cerámica de Sayula más importantes del país. “Le mostré el proyecto de la escuela y se lo cedí para ver si conocía a alguien que nos pudiera ayudar. A los 15 días nos llamó, nos citó en su oficina y nos dijo que el proyecto incluía los cuatro preceptos que estaba buscando”, añade.

A partir de ese momento, continúa Aceves, el objetivo era encontrar a los mejores maestros y que los alumnos tuvieran a su disposición los mejores materiales en el mejor entorno posible. “El dinero nunca fue un problema”, dice, pero reconoce que sí formó parte de una de las primeras decisiones que tomaron como equipo. “Nos dimos cuenta de que no podíamos cobrar a los artesanos, así que les pagábamos todos sus gastos”, explica el artista. Poco después, observaron que el principal escollo a resolver estaba, paradójicamente, en los hornos de los artesanos, muchos de ellos muy primitivos, construidos en el siglo XVI e incluso perjudiciales para la salud de los artesanos. “Nos dimos cuenta de que dábamos talleres con hornos sofisticados y que luego los artesanos no podían continuar con lo aprendido en sus localidades, con lo que no podíamos hacer un seguimiento profundo de su aprendizaje”, explica. ¿La solución? Investigación y desarrollo. “Yo había conocido en España a Masakazu Kusakabe, un maestro japonés que había diseñado hornos de leña sin humo. Le dije que queríamos cambiar la cerámica en México y llevar hornos por todo el país y le pareció muy interesante”, desvela Aceves. Había otro problema: los hornos de Kusakabe seguían siendo demasiado caros, con lo que era necesario ajustarlos a los presupuestos de las comunidades indígenas del país. “Hemos pasado de precios de 500,000 pesos a precios de entre 100,000 y 150,000 pesos”, presume Aceves. La ENC, además, se adapta a las necesidades de las diferentes comunidades, acondicionando los hornos (más de 50 repartidos por todo el país) según el tipo de cerámica que realizan, los materiales que utilizan o su estilo de horneado.

Según Fernández, una de las principales características de la ENC es que “está cerca de la gente”. Desde su fundación, la institución organiza talleres y cursos de diseño, empaque, comercialización y costos en las propias comunidades indígenas, una vocación educativa que se ampliará en la nueva escuela de Tapalpa. “Queremos crear la primera cátedra de cerámica”, dice Aceves sobre el programa educativo. Esas instalaciones, en las que se han invertido 200 millones de pesos en la última década, cuentan con comedor, galería de arte, edificios lectivos y una residencia con capacidad para 80 estudiantes y 20 profesores. Desde ahí quiere Fernández cambiar la cerámica mexicana. “Mi reto es compaginar la tecnología con la tradición. Japón es un ejemplo de cómo hacer bien las cosas. Es un país que tiene computadoras de inteligencia artificial, pero también ábacos. Han sabido unir las dos cosas. Eso es lo que queremos hacer nosotros y ese es que más nos entusiasma en la escuela”, señala.

Macrina Mateo Martínez, artesana de la cerámica con cinco décadas trabajando el barro, es una de las pioneras de la ENC. Originaria de San Marcos Tlaplazola, en los valles centrales de Oaxaca, aprendió el oficio de su madre, que a su vez lo había aprendido de su abuela, en una región conocida por la excelencia de sus mujeres alfareras. “Ahora los hombres también trabajan el barro, pero se dedican más al campo. Yo me dedico al barro todo el año”, explica Mateo Martínez, quien aprendió español para poder vender unas piezas que ofrecía puerta a puerta, en ocasiones bajo el sistema del trueque. “Aquí desconocemos el torno y el molde, todo lo hacemos a mano. Redondeamos las bases con pedazos de jícara”, detalla. Lo que sí cambió fue la herramienta, que fue sustituida por uno de los hornos donados por la ENC. Desde entonces, hay menos quemaduras y menos enfermedades en la comunidad, y también una mayor consistencia en la producción. Antes, dice Mateo Martínez, un día de lluvia podía echar a perder días de trabajo, mientras que ahora, con los hornos diseñados por Kusakabe, en los que pueden caber hasta 1,000 piezas, los artesanos están protegidos frente a las inclemencias climáticas. Ese pequeño cambio ha permitido a su vez una mayor presencia en ferias de arte nacionales e internacionales y en la boyante industria gastronómica del país. Cuando René Redzepi, chef de Noma, abrió su pop-up en Tulum, parte del menaje que eligió procedía de creadores ligados a la ENC, y también Enrique Olvera, de Pujol, ha apostado por el trabajo de artesanos formados en la escuela. “Me gusta innovar, pero sin perder las piezas tradicionales. Me gusta conservar mi cultura como mujer indígena, la ropa, la artesanía y la lengua materna”, sentencia Mateo Martínez.

La primera vez que la artesana Isaid Vera Carrillo, originaria de Los Reyes Metzontla, Jalisco, oyó hablar de la ENC fue a través de su padre, quien trabajaba en la construcción de un horno que la escuela había donado a una colonia vecina. Fue tal su asombro, que rápidamente se asoció con otros siete artesanos (dos hombres y cinco mujeres) para construir uno exactamente igual, pero entonces llegó la pandemia. “Estábamos endeudados y aún nos faltaban el techo y el medidor de temperatura. La sorpresa es que nos dieron todo lo que necesitábamos”, recuerda Vera Carrillo. El horno, en el que caben hasta 300 piezas, ha permitido a su pequeña cooperativa multiplicar su volumen de producción, y reconoce que en el taller trabajan incluso los domingos. “Nos han invitado a ir a los talleres de la escuela, pero tenemos mucho trabajo por delante. Con nuestra cerámica es difícil hacer producciones grandes, todo es manual y no hay máquinas que agilicen el trabajo. Tardamos entre un mes y medio y dos meses en hacer una vajilla de 15 platos”, explica. El tiempo justo y necesario para que la tierra, el agua y el fuego hagan su magia.
