
Robin Pogrebin
Fotografía por Aleksey Kondratyev para The New York Times
En la remota posibilidad de que algún día te inviten a cenar en la enorme residencia en Beverly Hills de Michael Ovitz, quien fuera una figura influyente en Hollywood, debes pensar dos veces antes de sugerir que podrías producir una pintura blanca tan estratificada como las de Robert Ryman o una media luna en verde Kelly tan elegante como las de Ellsworth Kelly.
Su colección cuenta con el trabajo de ambos y, tal y como describe el propio Ovitz, tiene poca paciencia con quienes no perciben el rigor estético en las obras del arte moderno. Por eso siempre tiene a la mano un timbre que en cualquier momento puede tocar para que un miembro de su personal llegue al comedor con un delantal, un caballete y pinturas. Entonces, dice el magnate, invita a sus visitas a “intentarlo, si es que pueden”.
La mayoría de la gente conoce a Ovitz como el agente cuyo ojo para el talento y su enfoque empresarial implacable —a veces despiadado— transformaron Hollywood, lo ayudaron a hacerse amigo de las celebridades y lo llevaron tanto a un paso fallido por Disney como a un enfrentamiento feo, aunque lucrativo, con su viejo amigo Michael D. Eisner. Pero Ovitz, de 78 años, también es uno de los coleccionistas más grandes y obsesivos del mundo: un hombre que no solo adquiere obras, sino que las ama, como si fueran sus hijas.

“Él es simplemente voraz”, comenta el experimentado galerista Arne Glimcher. “La colección de arte representa, más que nada, lo que él es”.
La casa que alberga esa colección es prácticamente un museo privado: una residencia de vidrio y acero de 2,600 metros cuadrados que comparte desde hace 15 años con su prometida, la diseñadora de calzado Tamara Mellon, de 58 años. El acervo es amplio, profundo y variado. Picassos, Lichtensteins, máscaras africanas, mobiliario Ming, jarrones japoneses de bronce para flores.
Ovitz suele dar recorridos a las y los conocedores —directores de museos, patronos, educadores, artistas (no se permite tomar fotografías)—. “Un día me fui a echar una siesta”, dijo Mellon, “y me desperté con un grupo de Sotheby’s al pie de la cama”.
Para lo demás, es una persona bastante reservada, muy estricta con la seguridad y reacia a dejar que la prensa divague por su casa. Hasta hace unos meses, cuando aceptó acompañarme en un recorrido y hablar en detalle del dónde, cuándo y porqué de sus adquisiciones.
No insistí en que me enseñara el timbre que usa en las cenas, pero sí me encontré en una habitación con una cantidad impresionante de Picassos —incluyendo un raro estudio de 1918 para la serie de Arlequines del artista, un retrato de Françoise Gilot de 1946 y una Mujer en un sillón de 1963— que comparten con algunas máscaras africanas una sala íntima con un bar.
Mientras avanzamos por la casa —su malinois belga y su perro guardián pastor alemán, J.J. (llamado así por Jasper Johns), lo siguen a cada paso—, Ovitz describe su fascinación por cada pieza, junto con su contexto histórico y su significado, como si las hubiera comprado ayer.
Un apilamiento de Donald Judd (“tengo predilección por el azul y el morado”); una pieza de espejo de Lee Ufan (“terrosa y minimal, muy Zen”); Black City, de Julie Mehretu (“dibujos arquitectónicos y luego capas con sus marcas”). “Esta es la primera escultura en acero inoxidable de Chamberlain”, comenta en un punto. “La hizo para la alberca de Dan Flavin. Luego Dan falleció y la pieza se quedó en su estudio”.
Su curva verde fue realizada por Kelly para la inauguración del Museo de Arte Contemporáneo de Los Ángeles en 1986, institución a la que se le prestó la pieza entonces. Ovitz, quien es patrono fundador del museo, menciona que la obra le llamó la atención en el preestreno y luego “le clavé los dientes en la pierna a Ellsworth y salí de ahí siendo su dueño”.

Algunas piezas tienen un valor sentimental especial, como un pequeño transportador de Frank Stella que el escritor Michael Crichton le regaló, y que él había recibido originalmente del propio Stella.
Ovitz no creció rodeado de arte. Durante su infancia en el Valle de San Fernando, se sentía como pez fuera del agua entre compañeros enfocados en el deporte y en coleccionar tarjetas de béisbol. “Las cosas que eran valiosas en mi infancia no eran cosas que me interesaran”, menciona. “No era un mal atleta, pero no era mi vida”, añade Ovitz. “Me interesaban mucho las cosas artísticas, pero nunca me alentaron a seguirlas”.
No puso un pie en un museo hasta los 18 años, cuando descubrió el MoMA en su primer viaje a Nueva York y permaneció ahí cuatro horas. Regresó al día siguiente y se quedó seis, luego volvió otra vez y se quedó todo el día. “Era como un festín visual”, recuerda. “Nunca había visto algo así”. (Ovitz ha formado parte del consejo del MoMA durante 35 años).
A los 25 años, Ovitz compró su primera pieza de arte seria —una obra de Jasper Johns— por 600 dólares. (Con el tiempo adquiriría un White Flag excepcional de Johns).
Coleccionar arte, recuerda Ovitz, lo puso a contracorriente de buena parte de sus colegas de Hollywood. “No había nadie coleccionando arte”, afirma, enumerando excepciones como el actor Steve Martin, el productor David Geffen y el cineasta Billy Wilder. “Y la mayoría de la gente en el negocio del entretenimiento me menospreciaba por eso”, añade. “Pensaban que era demasiado neoyorquino”.
El camino de Ovitz para convertirse en un mega agente de Hollywood nunca se alejó demasiado de California. Se graduó en UCLA, trabajó como guía turístico de medio tiempo en Universal Studios y ascendió desde la sala de correo de la agencia William Morris hasta convertirse en agente junior.
En 1974, él y varios colegas dejaron la agencia para fundar Creative Artists Agency (CAA), con Ovitz como presidente, y transformaron la empresa emergente en la agencia de talentos más importante del mundo para actores, directores y guionistas. La firma se expandió hacia terrenos poco ortodoxos: intermedió la venta de tres grandes estudios de Hollywood, creó publicidad para Coca-Cola y forjó alianzas con algunas de las primeras empresas de Silicon Valley, como Intel y Microsoft. Ovitz renunció a CAA en 1995 para convertirse en presidente de The Walt Disney Company bajo la dirección de Michael Eisner, pero fue despedido 14 meses después y salió con una indemnización de 140 millones de dólares.
A medida que crecía su fortuna, también lo hacían la calidad y el tamaño de su colección de arte, lo que le aseguró un lugar en la lista de Artnews de los 200 principales coleccionistas del mundo.
Lejos de lo convencional, Ovitz considera perfectamente apropiado mezclar géneros, épocas y categorías. Jarrones japoneses de bronce para flores de principios del siglo XX se yuxtaponen con figuras gemelas (ìbejìs) de Nigeria; los grabados de Rembrandt conviven cómodamente con garabatos de Cy Twombly; y leyendas como Roy Lichtenstein e Isamu Noguchi comparten espacio con artistas vivos como Justin Caguiat, Issy Wood, Deborah Roberts, Mark Bradford, Salman Toor y Joseph Yaeger.
“Michael es un coleccionista profundamente serio y comprometido, con un gusto exquisito y ecléctico”, dijo Glenn D. Lowry, director del MoMA desde hace muchos años. “No tuvo problema con coleccionar en áreas en las que mucha gente no se siente cómoda”.

Ovitz dijo que percibe la atemporalidad en las obras de arte; por ejemplo, que un tocado de Benín pueda parecer contemporáneo. “Es una pieza de escultura”, dice. “Esto se hizo hace 200 años, pero es tan bueno como cualquier cosa que se haya hecho en Europa por Rodin o cualquier otro”. Ovitz se enorgullece de su relación cercana con artistas como Ed Ruscha y Cecily Brown. Cuando Chuck Close falleció en 2021, el artista estaba pintando un retrato de Ovitz que quedó a medias. (Glimcher lo incluyó en su exposición de Close el año pasado).
Ovitz habló en el homenaje al escultor Joel Shapiro, que falleció en junio de 2025; no fue hasta que compró su primera obra del artista en la década de 1980 que Ovitz se dio cuenta de que eran primos. Hay obras de Shapiro por toda la casa, incluyendo un conjunto de cuatro mesas de centro de latón macizo que el artista hizo para Ovitz y para las oficinas de CAA que Ovitz encargó diseñar a I.M. Pei.
“El gran arte saca al niño que llevo dentro”, escribió en sus memorias de 2018. “Al chico insaciablemente curioso que necesita saber acerca de todo. Soy un artista frustrado. No sabía pintar ni esculpir. No era músico y, desde luego, no podía actuar. Así que hice la siguiente mejor cosa que podía hacer con mi vida: la pasé rodeado de artistas”.
Ovitz comenta que nunca ha trabajado con un asesor de arte para su colección, aunque señala que habla con Glimcher todos los días y que Glimcher fue “un tutor para mí al principio”. También discute cada compra con Mellon, quien proviene de un entorno creativo, pues fue cofundadora de los zapatos Jimmy Choo antes de lanzar su propia marca homónima. “Siempre he usado el arte como inspiración en mi diseño”, afirma ella.

Mellon, de origen británico y quien en 2010 recibió la Orden del Imperio Británico de manos de la reina Isabel en el Palacio de Buckingham, creció en Europa con amistades que colgaban en sus paredes las obras de grandes maestros. Su padre fue socio de Vidal Sassoon, quien coleccionaba arte. Estuvo casada con Matthew Mellon, cuya abuela, Gertrude Mellon, formó parte del consejo del MoMA. Ella forma parte del consejo de presidencia del Museo Metropolitano de Arte, un grupo de coleccionistas y donantes.
“Lo he ido absorbiendo con los años, pero realmente tengo que darle crédito a Michael por mi educación en arte”, dijo. “Él es quien me ha enseñado todo”.
La principal aportación de Mellon a la colección, dijo, ha sido sumar más obra de artistas mujeres, como la escultora Kathleen Ryan y las pintoras Sabine Moritz, Lauren Quin, Emma Webster, Lucy Bull y Francesca Mollett.
Después de viajar recientemente con Ovitz a Grecia, Mellon lo animó a incorporar antigüedades a la colección; su primera compra fue un torso romano de mármol del año 1 a. C. “La Acrópolis fue lo que encendió la chispa en él”, dijo.
Como muchos otros coleccionistas, se han quedado sin espacio en sus paredes, por lo que deben almacenar y rotar algunas obras, pero aun así siguen comprando. (Recientemente Ovitz encargó cinco obras, entre ellas una pintura de 5.5 metros de largo de Louise Giovanelli). Además, comentan que revisan con detenimiento los catálogos de exposiciones, así como esos libros de arte ilustrados que otras personas consideran como meramente decorativos. Ovitz y Mellon no muestran señales de bajar el ritmo; han adquirido alrededor de 30 piezas en los últimos seis meses. Cada vez que sale una monografía —una publicación exhaustiva sobre la vida y obra de un artista—, la añaden a su biblioteca, que ya cuenta con más de 3,000 libros. A veces se deslizan entre sus páginas las notas del pasado de algunas estrellas de cine. Ovitz afirma que gran parte de su colección ya ha sido donada o prometida a museos. Por ejemplo, With My Back to the World, la serie de seis pinturas de Agnes Martin que actualmente se extiende a lo largo de la galería superior de entrada, irá al MoMA.
Pero por ahora, permanece en su casa, donde el o la desafortunada invitada que se atreva a señalar los defectos del arte moderno quizá deba soportar una breve y amable clase particular mientras llega el caballete.
“No solo es divertido”, dijo Ovitz sobre su ritual, “es conmovedor, porque entonces entienden: ¿cómo se logra esa textura? ¿Cómo se mezcla la pintura? ¿Cómo se logra algo desde cero? Me deja boquiabierto la gente que puede crear una historia de la nada, una obra de arte desde la idea hasta el pincel”.