
Carolina Chávez
La alta costura vuelve a plantearse como un espacio de pensamiento. En la colección Primavera–Verano 2026 de Christian Dior, Jonathan Anderson propone una lectura donde el vestido no concluye nada, permanece abierto. La naturaleza aparece como método, entendida como un conjunto de procesos que evolucionan, se adaptan y persisten.
La colección se articula a partir de objetos marcados por el tiempo. Meteoritos, fósiles, textiles del siglo XVIII y miniaturas pictóricas funcionan como detonantes conceptuales. Se presentan como materiales activos que adquieren una nueva función al ser transformados.
La alta costura se reafirma así como un saber que solo sobrevive en la práctica cotidiana, en la repetición paciente del gesto artesanal.


Anderson construye el conjunto como un gabinete de curiosidades contemporáneo. Cada pieza participa de una lógica de preservación por transformación, donde lo antiguo no se congela y lo nuevo no borra. Las siluetas ondulan entre estructura y fluidez, los drapeados recorren el cuerpo sin imponerlo, las superficies se pliegan, se tensan y respiran. El cuerpo aparece como soporte sensible de una gramática en expansión. ¡Uf!


El trabajo manual desplaza la escala. Flores recortadas en sedas ligeras dialogan con bordados densos, la mousseline y el organza se superponen como plumas, la malla se integra al vocabulario de la costura desde la destreza y la experimentación. Los bolsos ingresan al universo couture como objetos escultóricos, concebidos para ser portados con conciencia, casi como piezas de colección.
La colección se acompaña de una exposición en el Musée Rodin, donde creaciones de Anderson conviven con piezas históricas de la casa y esculturas cerámicas de Magdalene Odundo. El gesto propone transmisión. La alta costura se presenta como un lenguaje que se aprende, se cuida y se hereda.
Magia pura develada.