En la sala de estar revestida con paneles del departamento en Manhattan de Peter-Ayers Tarantino, una pintura boliviana realizada entre 1780 y 1840, al estilo de la Escuela Cuzqueña, cuelga entre las numerosas estanterías del departamento, que albergan una biblioteca de más de 4,500 volúmenes. Debajo de la pintura hay una banca con cojines ikat de la empresa turca MD Home.

Alexa Brazilian

Fotografía por Annie Schlechter

En lo alto de una casa residencial de cinco pisos adosada, entre boutiques de diseñadores en el Upper East Side de Nueva York, se encuentra un departamento de poco más de 100 metros cuadrados que alberga más de 4,500 libros, además de su dueño, el peculiar diseñador y coleccionista Peter-Ayers Tarantino, de 78 años. Su estética, que evoca la de los bibliófilos maximalistas de siglos pasados, entre ellos Marcel Proust y Johann Wolfgang von Goethe, se forjó a lo largo de una vida en constante movimiento.

Su primer trabajo tras graduarse de la escuela de arquitectura de la Universidad de Pensilvania en 1973 fue la creación de un centro comercial enfocado en el diseño dentro de un edificio art déco en Filadelfia, que incluía a Pottery Barn, la empresa de muebles fundada en Manhattan en 1949 por los hermanos Paul y Morris Secon después de descubrir 2,500 piezas de cerámica rústica almacenadas en una fábrica al norte del estado de Nueva York. La marca aceptó que Tarantino abriera la primera franquicia de Pottery Barn en Filadelfia; durante los siguientes 12 años, inauguró tres sucursales más en el área. A mediados de los años ochenta, Gap adquirió por etapas Pottery Barn, incluyendo las tiendas de Tarantino (Williams-Sonoma adquirió la marca Pottery Barn poco después, en 1986). Más tarde fundó Historic Design Resources, una empresa que abarcaba consultoría comercial y diseño de interiores, así como una línea de cerámica llamada Winthrop & Swann, inspirada en la colorida alfarería inglesa del siglo XVIII conocida como mochaware.

La cama está decorada con cojines ikat y una colcha de seda ikat de Material Culture, en Filadelfia. Detrás se encuentran el escritorio de Tarantino, libreros y platos para limosna de latón del siglo XIX.

Tarantino vive en su departamento actual desde 2018, un espacio que se ha convertido en una especie de mapa del tesoro de sus intensas y vastas pasiones. En el pequeño recibidor, pintado en un tono gris tormenta con molduras color crema, reposan sus mocasines belgas de piel de lagarto a los pies de un arcón japonés tansu de los años veinte; sobre él se encuentran dos bustos murales moriscos adquiridos en Catania, Italia; encima de todo se alza un espejo colonial español de alpaca. Detrás de la puerta de entrada cuelga una capa etíope asociada al rito de convertirse en adulto, una piel de león adornada con conchas cauri acompañada de una historia —aún por confirmar— del marchante de Bruselas que “cuando llegaba el momento de que un joven demostrara que ya era un hombre”, cuenta Tarantino, “tenía que salir a matar un león y llevarlo a casa; las mujeres del pueblo lo convertían en una capa como esta”.

Y luego están los libros, que no caben ni siquiera en las estanterías de piso a techo de la sala revestida de madera. Las pilas ordenadas se acumulan por todas partes: volúmenes sobre arte sudamericano, la historia del diseño de interiores, algunos británicos excéntricos, escritores estadounidenses de la era del jazz, los Ballets Russes. En la sección de expresionismo abstracto, Tarantino extrae, casi sin mirar, un volumen grueso dedicado a Sonia Delaunay. “Ella es la autora de uno de mis cuadros favoritos, Yellow Balloons”, dice, señalando una litografía de la obra enmarcada en la pared. Entre sus páginas se encuentran recortes antiguos de revistas y periódicos que ha guardado sobre Delaunay, y pegada en la cara interior de la portada hay una tarjeta de 7.5 por 12.5 centímetros que detalla dónde y cuándo compró el libro. En algunos ejemplares, las tarjetas también indican cuántas veces los ha leído.

Otra vista del dormitorio, con una colección de cuencos de cerámica peruana de la tribu shipibo-conibo. Sobre ellos, una ilustración enmarcada de tortugas tomada de la publicación del siglo XVIII de Albertus Seba, Gabinete de curiosidades naturales.

Muchos de sus objetos conservan una documentación original similar. Sobre una vertiginosa pila de libros junto a las ventanas de la sala, al lado de un gorro militar español, descansa un plato de porcelana italiana trompe-l’oeil de Este Ceramiche; debajo, dobladas, se encuentran las fotocopias de algunas páginas de un catálogo de subasta de Christie’s con piezas semejantes. Se pueden encontrar algunos testimonios del estilo bajo un reloj de los años ochenta, de estilo Memphis Group, diseñado por Keith Gibbons, y bajo una cantimplora de cerámica de los años veinte —posee una vasta colección— con forma de una papa russet.

Amueblar una casa con libros exige cierta practicidad y un uso ingenioso del espacio. Casi todos los asientos de la sala —un sillón Chippendale de respaldo alado y patas rectas, dos sillas de biblioteca, una silla sin brazos, un sofá y un diván— han sido retapizados con una tela de algodón acanalado color crema de Brunschwig & Fils para aquietar la cacofonía de lomos dorados y multicolores. Un cajón que Tarantino llama su clóset de herramientas se desliza debajo del sillón. Un mueble abatible de caoba entre el sillón y el diván funciona también como una mesa para comer.

En la entrada del departamento, cuelga una manta navajo del siglo XIX detrás de un espejo de alpaca barroco colonial español. Un arcón japonés tansu de la década de 1920 sostiene un par de lámparas hechas de candelabros holandeses de Heemskerk, una caja inglesa indo-vizagapatam y colmillos de morsa falsos.

A pesar del tamaño relativamente reducido del departamento, Tarantino ha encontrado la forma de albergar grandes colecciones. Sobre una serie de sarongs ceremoniales de Sumatra enmarcados, en el estrecho pasillo que conduce a la habitación, cuelgan más de 50 piezas de tocados: un canotier inglés, un gorro de pescador portugués, la gorra de un soldado tirolés; cada una iluminada por un foco dirigido. En su clóset habitan más de 40 corbatas Hermès con el icónico motivo de plumas y más de 50 camisas Burberry de sarga a cuadros, en distintos tonos pastel.

En la habitación, donde los libros reinan también, con alteros que se apoyan contra las paredes de tono terracota, la cama, vestida con cojines ikat y sábanas de lino marfil almidonadas y con monograma, aparece como una laguna. En los estantes detrás del escritorio, Tarantino acomodó algunos platos y cuencos de tonos tierra de la tribu peruana shipibo-conibo. Sobre la repisa de la chimenea descansan una docena de urnas esmaltadas de Guatemala, en distintas gamas de café y negro.

Pero quizá su colección más impactante se encuentra en la pequeña cocina. Sobre los muebles color gris topo y frente a un conjunto de mapas de América del Sur enmarcados, cada uno con su propia luz (mandó instalar 10 tomas eléctricas dentro de la pared), Tarantino exhibe sus 62 moldes ingleses para el pudín de cerámica de los siglos XIX y XX color crema. Le tomó 30 años reunirlos y, aun ahora, parece ligeramente emocionado al contemplarlos, con sus perfiles geométricos proyectando sombras sobre el escaso espacio de pared que queda. “Para mí”, dice, “son pequeñas piezas de arquitectura”.


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