Held by Desire (The Dimensions of Freedom) (2017-2018), obra de Marc Quinn.

Kira Álvarez

Fotografía por Viridiana

Hay lugares donde el arte se exhibe y otros donde el arte sucede. El viñedo The Donum Estate pertenece a esta segunda categoría, un territorio donde la práctica artística se injerta en el paisaje agrícola hasta volverlo irreconocible, obligando a repensar qué significa hoy producir cultura fuera de los espacios tradicionales del arte. En el corazón de Carneros, esa franja de tierra suspendida entre Napa Valley y Sonoma, en California, donde la niebla avanza desde la bahía como una respiración lenta, The Donum Estate ha construido, a lo largo de más de dos décadas, un proyecto singular: un viñedo que funciona como plataforma curatorial, un museo sin muros donde el tiempo agrícola y el tiempo del arte se superponen sin jerarquías.

Desde el aire, Donum parece responder a la idea clásica de un paisaje vitivinícola. Hileras precisas de vid, pendientes suaves y caminos de grava cortan el terreno con disciplina geométrica. Pero al recorrerlo a pie, esa lectura se fractura. Entre las vides emergen cuerpos, signos, arquitecturas improbables; formas que no buscan mimetizarse con la naturaleza, sino confrontarla, subrayarla, interrumpirla. La experiencia de Donum se activa desde el desplazamiento físico.

Reaching Out (2020), de Thomas J. Price.

La colección comenzó a tomar forma en 2011, cuando la finca inició un programa sostenido de integración de escultura contemporánea a gran escala. Hoy reúne más de 60 obras monumentales de artistas provenientes de 18 países y seis continentes, muchas de ellas comisionadas específicamente para este paisaje. La escala es museística, pero la lógica es otra. En lugar de neutralizar el entorno, Donum lo exacerba. Cada obra está pensada en relación directa con el terreno, el clima, la luz y la memoria agrícola del lugar. El viñedo es un agente activo que condiciona la lectura de cada pieza.

Esa decisión implica un posicionamiento cultural claro. En Donum, el arte contemporáneo abandona la autonomía institucional para entrar en contacto con una economía productiva real: la del vino. La repetición de las vides —idénticas y, sin embargo, nunca iguales— dialoga con la singularidad de la obra escultórica. El ciclo anual de la cosecha encuentra su contrapunto en materiales que envejecen, se oxidan o reflejan la luz de manera cambiante. El tiempo lento del cultivo se cruza con el tiempo crítico del arte.

Maze (2017), de Gao Weigang.

La primera obra que recibe al visitante condensa esa tensión. Sanna, de Jaume Plensa, se alza como una figura silenciosa con rostro alargado. Desde ese punto inicial, Donum establece su gramática para desacelerar, afinar la percepción y aceptar que el recorrido responde a una secuencia de encuentros que incluye algunas de las voces más influyentes del arte contemporáneo de las últimas décadas. La presencia de Ai Weiwei, Louise Bourgeois, Anselm Kiefer, Yayoi Kusama, Doug Aitken, El Anatsui o Ugo Rondinone responde a una intelectualizada construcción discursiva.

En Circle of Animals / Zodiac Heads, Ai Weiwei traza un círculo perfecto en medio del viñedo. Las cabezas del zodiaco chino, reinterpretadas en bronce, activan un campo simbólico que va de la historia imperial a la circulación global del arte contemporáneo. Instaladas en el paisaje de Carneros, estas figuras funcionan como un observatorio cultural, un punto donde convergen cosmología, política y territorio. No es casual que esta obra dialogue también con el universo del vino, apareciendo reinterpretada en las etiquetas de Donum. El gesto desestabiliza los límites entre obra y objeto utilitario, entre arte y consumo, sin aclararlos.

Love Me (2016), de Richard Hudson.

Más adelante, la experiencia se vuelve corporalmente inquietante con Crouching Spider, de Louise Bourgeois. La araña, figura recurrente en la obra de la artista, se presenta aquí como guardiana ambigua del terreno. En un museo, esta pieza suele leerse desde la biografía o el psicoanálisis; en Donum, adquiere otra dimensión. Rodeada de vides, la araña remite a la fragilidad de los ecosistemas agrícolas, a las redes invisibles que sostienen la vida del viñedo.

La colección insiste en ese gesto una y otra vez. Las Artificial Rocks de Zhan Wang —rocas de acero pulido que imitan formaciones naturales— interrumpen la lectura romántica del paisaje. Colocadas entre hileras de vid, subrayan el carácter artificial de toda noción de “naturaleza” en un entorno profundamente intervenido por el ser humano. Esa voluntad crítica se amplifica en obras que incorporan sonido, movimiento y arquitectura. Sonic Mountain (Sonoma), de Doug Aitken, transforma una estructura circular en un instrumento activado por el viento y la presencia humana. El paisaje deja de ser exclusivamente visual para convertirse en experiencia auditiva. El viñedo suena. Literalmente. El terroir se expande hacia lo sensorial.

Untitled (1994), de Yue Minjun.

Esa expansión alcanza uno de sus puntos más radicales con HYPERSPACE, el complejo de esculturas sonoras concebido por Yang Bao. Más que una obra, se trata de un sistema: estructuras reflectantes, un órgano espacial futurista y una composición que se modifica constantemente según variables ambientales. El visitante queda inmerso en una arquitectura que se mueve entre arte, naturaleza y tecnología. La arquitectura también ocupa un lugar central en el proyecto. El Vertical Panorama Pavilion, diseñado por Studio Other Spaces, funciona como un dispositivo perceptivo. Al descender por su interior, el visitante atraviesa capas de color que alteran la visión del paisaje. El viñedo se fragmenta, se filtra, se vuelve abstracto. Se trata de cuestionar la idea misma de panorama.

Todo esto ocurre en un contexto productivo real. Donum no es un parque escultórico aislado del mundo, sino una finca vinícola activa, comprometida con prácticas de agricultura regenerativa y con la producción de vinos de parcela de alta precisión. Esa ética de cuidado del suelo —que le ha valido certificaciones orgánicas y regenerativas— encuentra un eco directo en el proceso curatorial del proyecto. Así como el vino busca expresar el carácter específico del lugar, las obras buscan responder a él, no imponerse desde afuera.

The Care of Oneself (2017), de Elmgreen & Dragset.

Detrás de esta visión están Mei Warburg y Allen Warburg, propietarios de Donum, cuya trayectoria internacional ha permitido pensar el estate como una plataforma cultural más que como un destino turístico convencional. Su apuesta ha sido la construcción de un proyecto a largo plazo, donde el arte se integra de manera orgánica al ritmo del lugar.

Esa integración se manifiesta también en la accesibilidad del proyecto. A diferencia de muchas colecciones privadas, Donum ha optado por abrir su territorio a recorridos curatoriales y experiencias públicas, insertándose activamente en el ecosistema cultural de California. Se trata de sacar al arte de su aislamiento institucional y devolverlo al espacio común.

Captured Rhino (2012), de Li Hui.

En un momento en que el turismo cultural tiende a la espectacularización y el consumo rápido, Donum propone otra temporalidad. El proyecto exige tiempo, presencia y disposición a la incertidumbre. Caminar entre vides y esculturas monumentales implica aceptar que el significado se construye en el trayecto.

Al caer la tarde, cuando la luz se vuelve oblicua y las esculturas proyectan sombras alargadas sobre la tierra, el viñedo revela su condición más compleja. No es solo un lugar donde se produce vino ni un museo al aire libre, también es un campo de experimentación cultural donde el arte contemporáneo ensaya nuevas formas de existir fuera de sus marcos habituales. Quizá por eso el proyecto resulta tan relevante hoy. Como el vino que produce, Donum no busca una lectura inmediata. Requiere decantarse. Y en ese proceso, redefine lo que un viñedo puede ser cuando el arte deja de ser accesorio y se convierte en estructura.


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