
Carolina Chávez Rodríguez
La trayectoria de Cristina Martínez se sostiene en una ética del hacer. Cocinar aparece como una forma de permanencia, una práctica cotidiana donde se cruzan memoria familiar, trabajo manual y responsabilidad colectiva. Desde su formación temprana en Capulhuac hasta la consolidación de sus proyectos actuales, su voz se articula lejos de la retórica aspiracional y cerca del cuerpo, del tiempo y de la comunidad.
Esta entrevista nace también de un vínculo que excede la admiración profesional. Cristina Martínez y yo compartimos el mismo lugar de procedencia. Capulhuac no funciona aquí como dato biográfico, sino como territorio afectivo y político. Por eso esta conversación adquiere un peso singular. Representa un cruce generacional entre mujeres que han reescrito su historia personal y familiar con valentía y dignidad, abriendo espacios donde las voces heredadas encuentran reconocimiento y continuidad.
En este diálogo, Martínez reflexiona sobre liderazgo, pertenencia, cansancio y cuidado personal, así como sobre la urgencia de proteger los saberes culinarios que sostienen la vida diaria. La conversación avanza por acumulación de experiencias y aprendizajes, sin idealizar el oficio ni esquivar su exigencia.
Me permito dedicar esta entrevista, como suceso histórico íntimo, a las mujeres de mi linaje que no pudieron escribir ni ser leídas, y cuya memoria persiste en el trabajo, en la cocina y en la transmisión silenciosa del conocimiento. Aquí, sus voces también encuentran lugar.

CC: ¿Quién es hoy Cristina Martínez?
CM: Soy una mujer mexicana, empresaria, cocinera. He construido mi camino desde la comida, desde lo artesanal, desde un trabajo que exige constancia y entrega. Cocinar implica disciplina, amor y responsabilidad. Los números se llevan en la cabeza y también en el corazón.
CC: ¿Qué aprendizajes de tu vida en México te han guiado para liderar equipos en Estados Unidos?
CM: La constancia. La cocina es un trabajo duro para cualquiera y exige compromiso diario. Aprendí que el oficio se sostiene con presencia, con atención y con respeto por quienes trabajan contigo. El liderazgo se construye desde ahí.
CC: ¿De qué manera Capulhuac sigue presente en tus decisiones?
CM: Está presente todos los días. Es linaje. Son sabores, formas de servir, maneras de entender el trabajo. Yo crecí viendo a mi familia hacer barbacoa, consomé, vender, madrugar, viajar. Todo eso se queda contigo y guía cómo cocinas y cómo tratas a la gente.
CC: Mis papás no son comerciantes pero al final del día sí me tocó de chiquita irme a vender ahí con alguien… es increíble ver la entrega de la gente, y además el sacrificio constante, imparable de cada semana. Todos los riesgos que corren las personas que van a vender alimentos cada fin de semana, a Ciudad de México y a otros estados. De pronto, uno como comensal se sienta a disfrutar, pero no se imagina todo el trabajo que hay detrás.
CC: La exposición mediática, los premios, Netflix… ¿Cómo los atraviesas esto?
CM: Lo veo como una oportunidad colectiva. No es solo mi historia. Hay muchas mujeres, muchas personas detrás. Me interesa que ese reconocimiento sirva para visibilizar otras trayectorias y otros trabajos que sostienen la cocina.
CC: ¿Cómo lidias con el cansancio físico y emocional?
CM: Escuchando al cuerpo. Cuidarse es parte del trabajo. Uso medicina alternativa, masajes, tés, prácticas que me permiten sostener el ritmo. Para cuidar a los demás, primero hay que cuidarse una misma.
CC: ¿Qué ha sido lo más retador de cocinar comida mexicana fuera de México
CM: Defender el origen. Hay mucha apropiación y mucha simplificación. Para mí, volver a hacer tortillas una por una, regresar al proceso, a poner el nixtamal… es una forma de resistencia y de futuro.
CC: ¿Qué significa pertenecer hoy para ti?
CM: Es morir y volver a nacer. Como una semilla. Recuperar lo aprendido, darle otra vida, compartirlo con quienes llegan. No se trata de volver a ser la misma, sino de cargar las memorias con conciencia.
CC: ¿Cómo concilias tu identidad personal con tu rol como jefa de cocina?
CM: Trato de ser la misma persona en todos los espacios. Durante años fui muy dura porque así me formaron. Hoy entiendo que pulir a alguien también implica cuidado. La exigencia puede convivir con la amabilidad.
CC: ¿Qué mensaje darías a las mujeres que buscan profesionalizarse en la cocina?
CM: Que confíen en su luz. El camino es difícil, pero posible. Si yo pude, ellas pueden. Imagínate, estar en otro país, otro idioma, con todo que aprender… Hay información, hay redes, hay colectivos. Ya no necesitan gastar mucho, pero tienen que tener una gran dedicación; imaginar cómo se quieren ver en cinco años, descubrir su talento y creer esa realidad. La constancia, el entusiasmo y la claridad sobre lo que se quiere hacer abren caminos.
CC: ¿Qué hábitos ayudan a materializar un deseo?
CM: Te voy a poner un ejemplo muy sencillo: aquí en Filadelfia no se ven tamales de dulce, entonces yo quería uno… Fui a muchas tiendas, pero no encontré. Entonces, busqué la receta de los tamales canarios que venían ahí por la tienda de las Turutú, en Capulhuac empecé a hacer pruebas con esa receta, traté y traté, hasta que me salieron. Inicié vendiendo 35, y ahorita estamos haciendo 1000 tamales.
Todo depende de las ganas, y de hacer un producto bien hecho, bien formado.
No va a salir a la primera ni a la segunda, pero cuenta mucho la insistencia. Probar muchas veces. Corregir. Volver a intentar. Nada sale perfecto a la primera, pero la constancia sostiene el proceso.
CC: Un recuerdo entrañable de Capulhuac… ¿nos puedes compartir alguno?
CM: Mis abuelos haciendo dulces, las puertas de la cocina estaban cerradas, pero cuando las abrían, nos daba lo que sobraba de lo que cortaba, de las palomitas… el corredor la casa de mi abuela. La barbacoa de hoyo de mi papá, el hoyo bien caliente, con mucha leña, esperar al otro día… los mercados, el ruido, los aromas. Son memorias que siguen vivas y que regresan cada vez que cocino.
CC: ¿Cómo te imaginas el futuro?
CM: Con salud. Con una cocina sostenible. Con igualdad. Reconociendo a campesinos, pescadores a las mujeres indígenas. Sin ellos no existiría la cocina…