
Redacción T Magazine México
En una ciudad que se ha acostumbrado a mirarse a sí misma como tendencia global, todavía hay espacios capaces de sorprender al comensal local, y ese parece ser el reto más urgente. Barra Lupe ocupa una esquina en Orizaba 154, en el corazón de la Roma Norte, y desde ahí propone, un mexpendio que toma los antojitos y guisados de siempre y los somete a una revisión minuciosa, sin perder el pulso popular.
El proyecto, conceptualizado por el emprendedor Juan Carlos Fortés, se articula alrededor del maíz como práctica diaria. Aquí se nixtamaliza y se muele en casa, cada jornada, para después cocinar en comal abierto. La operación es visible, y recuerda que el sabor empieza en el grano y la reiteración de recetas íntimas, familiares.


Tacos del Carmen, chamorro estilo cantina y tlayudas llegan a la mesa con una claridad que solo se reconoce cuando el ingrediente ha sido tratado con respeto. El chorizo responde a una receta chihuahuense heredada por la abuela de uno de los socios; las variedades de maíz se eligen con criterio; los insumos remiten a una red de productores que rara vez se anuncian en voz alta pero que se perciben en la boca.

La barra atraviesa el espacio y le da nombre. También marca el ritmo. Allí entra en escena Claudia Cabrera, bar director del proyecto y una de las figuras más influyentes de la coctelería mexicana contemporánea. Con más de dos décadas en la industria y un historial que incluye reconocimientos internacionales, entre ellos el Roku Industry Icon Award en North America’s 50 Best Bars 2024.
Cabrera entiende el bar como un espacio de rigor técnico y posicionamiento cultural. Su trayectoria atraviesa proyectos como Kaito Del Valle y colaboraciones con portafolios italianos de alto perfil, pero en Barra Lupe concentra una búsqueda distinta, arraigada en el folclor mexicano y en la cantina como escenario social.

La carta de bebidas prolonga la lógica de la cocina, destilados nacionales, ingredientes inesperados y una lectura contemporánea de recetas clásicas.
Entre las propuestas destaca una reinterpretación de la batanga jalisciense donde el huitlacoche se encuentra con espuma de Coca-Cola. El gesto podría parecer provocación, pero en realidad se trata de un ejercicio de precisión, ajustar proporciones, revisar texturas, obligar al paladar a reconocer algo conocido bajo otra luz.
Barra Lupe no pretende museificar la cocina mexicana ni convertirla en espectáculo. Su apuesta es más concreta, cuidar el ingrediente, dignificar el antojo y permitir que el comensal redescubra lo que creía saber.