El actor Riz Ahmed, fotografiado en el George Tavern de Londres el 4 de julio de 2025, lleva un cárdigan de Ferragamo, ferragamo.com; camiseta de Wales Bonner, walesbonner.com; pantalones de Honour, honourclothing.com; y zapatos vintage, cortesía de Contemporary Wardrobe.

Emily Lordi

Fotografía por Casper Kofi

Estilismo por Jay Massacret

En 2006, el actor y rapero británico-paquistaní Riz Ahmed lanzó un sencillo titulado Post-9/11 Blues. En el video musical, en una escena aparece con una peluca de payaso verde neón y en otra pasa por debajo de un avión de combate mientras cruza una calle en Londres: “Está bien”, rapea. “Después del 11-S me gané la vida interpretando terroristas en la tele, ¡mientras grababa canciones!”. Para Ahmed, quien llegaría a ganar un Óscar y un Emmy, los primeros para un artista musulmán del sur de Asia, el video es una cápsula del tiempo.

“Tienes que poner la ofrenda en el fuego y ver qué pasa”, me dice. Estamos en un café en Prospect Heights, en Brooklyn, en junio, hablando sobre colaborar con otros actores y sobre el arte de contar historias como una “tecnología ancestral” de conexión. Ahmed sabe que todo esto puede sonar “pretencioso” en una cultura que confunde el arte con entretenimiento. “Amamos a los creativos”, afirma, aunque el acto de crear se “contradice directamente con todo en lo que se basa nuestra sociedad: carece de ego, [es] generoso, inmaterial en un mundo regido por el materialismo”. El ego puede llevar a un artista al escenario en un principio, admite, pero en el momento de la interpretación la intención idealmente cambia de “escúchame” o “mírame” a “mira esto”.

Ahmed, de 42 años, vive en el noroeste de Londres, pero viajó a Nueva York con su familia —su esposa, la novelista Fatima Farheen Mirza, de 34 años, y su criatura, un infante cuyo género y edad Ahmed pide no revelar— para el estreno de El intermediario en el Festival de Cine de Tribeca, un thriller de espionaje dirigido por David Mackenzie que se estrenó en agosto. Es la mañana después de la proyección y llega un poco tarde, con un rompevientos de futbolista y café ya en mano. Sus ojos cafés brillan, y está lleno de ideas, aunque se complace en escuchar las de los demás: “¡Así es, hermano!”, me contesta de vez en cuando.

Pantalones de Saint Laurent by Anthony Vaccarello, ysl.com; camiseta vintage, cortesía de Cassie Mercantile; y su propio anillo.

Ahmed estudiaba política, filosofía y economía en Oxford cuando, en 2005, unos terroristas islamistas bombardearon el metro de Londres, uno de los catalizadores de Post-9/11 Blues. El video se volvió viral y gracias a eso consiguió su primer papel cinematográfico en el docudrama de 2006 Camino a Guantánamo. En 2016, ganó un Emmy por su actuación en la serie de HBO The Night Of, en la que interpretaba a un estudiante universitario pakistaní-estadounidense acusado de asesinato. Más adelante fue nominado al Óscar como Mejor Actor por su papel en Sound of Metal (2019). En 2020, creó un álbum conceptual y un cortometraje, ambos titulados The Long Goodbye, con el que obtuvo un Óscar. Ahora está por terminar una serie original de Amazon, aún sin título, que produjo, escribió y protagonizó. Además, acaba de finalizar la posproducción de una nueva versión cinematográfica de Hamlet en la que interpreta el papel principal.

Para un artista inquieto con la ética de trabajo de un inmigrante, el éxito personal y profesional de Ahmed plantea nuevas preguntas: ¿cómo se construye no solo una carrera, sino una vida sostenible? ¿Y cómo representar las verdades sutiles de esa vida en una industria obsesionada con grandes categorías de identidad? “Hablé muchísimo de identidad al principio para después poder dejar de hablar de ello”, comenta. De hecho, tras dos décadas en una carrera polifacética, Ahmed parece encarnar tanto el ascenso cultural como el cansancio colectivo de las y los artistas de color, a quienes se les impone la responsabilidad de hablar en nombre de sus comunidades. Su necesidad de resistir tanto al encasillamiento como a la persecución no ha cambiado, aunque ahora comparte la carga de la representación con un grupo de hombres musulmanes irreverentes y llenos de energía, entre ellos los comediantes Ramy Youssef y Mohammed Mo Amer.

Ahmed atribuye parte de su motivación y curiosidad a su madre, que crió a tres hijos en Wembley —una zona de clase trabajadora en Londres llena de diversidad a donde sus padres emigraron desde Karachi en la década de 1970— casi sola, mientras su padre, un marinero de la Armada Mercante de Pakistán convertido en agente y corredor naviero, viajaba por trabajo. Como el hijo menor, Ahmed tenía permiso para apartarse de los caminos tradicionales de su hermana (abogada) y su hermano (psiquiatra). Pero aun así sintió la presión de hacer viable su práctica artística. “Hay una sensación de urgencia”, le dijo en 2024 al periodista Mehdi Hasan, también exalumno de la exclusiva escuela privada Merchant Taylors’, a la que Ahmed asistió gracias a un programa de apoyo gubernamental en los noventa, “cuando vienes de una familia que no tiene mucho”. Moverse entre su casa, la escuela y la escena rave alternativa de Londres le dio una fluidez para cambiar de códigos que le ha beneficiado como actor. El director estadounidense Wes Anderson, de 56 años, quien suele trabajar con los mismos intérpretes, comentó que le impresionó lo “natural” que resultó para Ahmed integrarse en La trama fenicia, una película que se estrenó a principios de este año, y en la que actuó junto con actores veteranos como Benicio del Toro y Tom Hanks. En poco tiempo, asegura, Ahmed estaba “completamente dentro de su personaje, dentro de la escena, dentro del momento”.

Chamarra y pantalones de Miu Miu, miumiu.com; y camiseta del estilista.

Durante años, Ahmed estaba entusiasmado por exponer su propia teoría en tres etapas sobre la representación de las minorías, que detalla en un ensayo para la antología The Good Immigrant (2016). “La Etapa 1 es el estereotipo bidimensional”, escribe, “interpretar “al taxista/terrorista/dueño de la tiendita de la esquina”. La siguiente etapa consiste en un papel que combate los estereotipos con matices, como en Camino a Guantánamo, donde interpreta a un británico inculpado por error de ser combatiente de Al Qaeda. En la etapa final, a la que Ahmed llama “la Tierra Prometida”, la historia de un personaje estaría aún menos moldeada por suposiciones limitadas sobre la identidad: “Allí, no soy sospechoso de terrorismo ni víctima de un matrimonio forzado”, escribe. “Allí, hasta podría llamarme Dave”. Resultó ser que la Tierra Prometida existía: se llama Hollywood. Aunque Ahmed sabía que la naturaleza de su reparto “integrado” más bien reflejaba el deseo estadounidense por exportar una imagen optimista de progresismo racial, él seguía queriendo llegar ahí.

Su llegada a la tercera etapa ha sido motivo de orgullo para Ahmed. (“Riz no es una nave espacial, nos representaré en etapas”, rapea en su tema de 2020 Once Kings). Pero el trayecto también ha implicado soportar, por ejemplo, humillaciones al cruzar la seguridad en el aeropuerto. Escribe: “He vivido que una persona revise mi ropa interior mientras me cita los diálogos de mis películas, o que alguien me pida una selfie mientras se asegura de que no traigo explosivos”. Cuando nos encontramos de nuevo, para comer en un restaurante de cocina neoyorquina contemporánea en TriBeCa, le pregunto si el objetivo es realmente la ceguera racial de películas como Primicia mortal (2014), en la que Ahmed interpreta al desesperado cómplice del fotógrafo sociópata representado por Jake Gyllenhaal, o del episodio de 2017 de Girls en el que interpreta a un surfero que le gusta a Lena Dunham. Obras como estas ignoran la diferencia, como si cualquier mención de la raza rompiera el equilibrio. Como respuesta, Ahmed propone una cuarta etapa más deseable, en la que la identidad cultural está presente pero no es determinante. Por ejemplo, El intermediario. En esa película, su personaje, Ash, protege a denunciantes corporativos transportando materiales sensibles y comunicándose a través de mensajes mecanografiados retransmitidos por las y los trabajadores de un call center. Ash casi no habla, hasta una escena en una reunión de Alcohólicos Anónimos en la que confiesa que empezó a tomar para sobrellevar la sensación de desarraigo por ser musulmán en Nueva York después del 11 de septiembre. Ese trasfondo —que, según me dice Mackenzie, escribió con la ayuda de Ahmed tras haberlo elegido para el papel— puede o no motivar toda la trama. Depende de cómo se interprete.

Sin embargo, para Ahmed este nuevo paradigma parecía menos significativo que la forma en la que había incorporado su propia vida al rodaje de El intermediario, pues tuvo que comenzar a filmar cuando su bebé apenas tenía seis semanas. Al mismo tiempo, el camión de mudanza que debía trasladar las pertenencias de su familia de California a Nueva York, donde se llevaba a cabo el rodaje, fue robado. Los ladrones se llevaron “toda nuestra vida: cámaras con fotos del bebé, todo”, cuenta Ahmed. Mientras luchaba por concentrarse, se dio cuenta, de forma casi mística, de que estaba viviendo la historia ficticia —que trata de “alguien que intenta trasladar objetos preciosos de un punto A a un punto B de manera segura”—, así que decidió dejar entrar su inquietud.

Chamarra y pantalones de Gucci, gucci.com; zapatos de Maison Margiela, maisonmargiela.com; y camiseta vintage, cortesía de Jerks. Peinado y maquillaje por Emma White Turle para The Wall Group con productos de cuidado capilar y facial de Sisley. Diseño de set por Afra Zamara para Second Name.

El uso de la experiencia personal, lo que Ahmed llama “los fragmentos imperfectos que te enseñaron a pensar que no debían estar ahí”, no es algo nuevo en la actuación. Tampoco es del todo nuevo para él: ha hablado sobre cómo su insomnio durante el rodaje de Sound of Metal, junto con la negativa del director Darius Marder a dejarle ver las tomas filmadas cada día, lo sumió en la sensación de desconcierto de su personaje. Pero el fluir con la vida es un acto significativo para un actor de color acostumbrado a autocensurarse en espacios mayoritariamente blancos donde, como dice, “se espera que vayamos a trabajar como androides y no como seres humanos con familias”. La técnica también corrige lo que Ahmed llama su “perfeccionismo obsesivo”. Antes solía despertarse en medio de la noche atormentado por cómo había interpretado una línea en un proyecto que había terminado hace tres años, y entonces trataba de involucrar a su esposa o a su hermano en un “juego” al que ahora se niegan a jugar: “¿Cómo podría haberlo hecho mejor?”

Ahmed quiere dejar que más de su vida se filtre en su trabajo, y al mismo tiempo, llevar las lecciones de su oficio a casa. Esto significa, dice, ofrecerle a su bebé  la misma “entrega colaborativa” que aporta a un set de rodaje. Las historias “nos enseñan a vivir”, como dice, no solo al reafirmar quiénes somos, sino invitándonos a expandirnos. Por eso, cuando le toca ser mentor de artistas más jóvenes, le dijo a Hasan, aconseja a quienes proponen relatos sobre la vida musulmana que reflexionen sobre sus intenciones: “¿Es así porque has interiorizado la idea de que… Esas experiencias en particular… Te convierten en un espécimen interesante?”. 

A la par de esta vena reflexiva de Ahmed, corre un apetito genuino por la alegría y lo absurdo. Su serie para Amazon —que sigue a un actor en apuros y se desarrolla en Wembley— irradia una libertad que roza en el alivio. Al ver dos clips breves, me sorprendió cómo el proyecto recuperaba el espíritu D.I.Y. y el delirio cómico de Post-9/11 Blues, al mismo tiempo que reflejaba las ideas más recientes de Ahmed sobre el dinamismo entre vida y arte. 

El propio Ahmed quizá no se regodee en el logro. Estábamos sentados en una banca en Prospect Park cuando me mostró un gesto que adoptó recientemente para ayudarle a desprenderse de cada proyecto y a atemperar su perfeccionismo. Es un movimiento similar al de lavarse las manos, pero más cercano a esculpir una mano con la otra, que termina con ambas palmas liberadas en el aire: “Estás construyendo el castillo de arena”, dice, “pero lo que te llevas contigo son tus manos”. El ritual es un recordatorio de que lo que forjamos también nos forja, idealmente, personas más libres y más capaces de compartir la vida. Pero cuando el trabajo termina, todo queda en el aire. No hay promesas.


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