
Por Javier Fernández de Angulo
Fotografía por Jaime Navarro
Apenas unos meses después de que la Ciudad de México fuera seleccionada por el Comité Olímpico Internacional como sede de los Juegos Olímpicos de 1968, un grupo de inversores se propuso construir un hotel que mostrara al mundo los profundos cambios que había experimentado el país desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Aquel proyecto, ubicado en Polanco, muy cerca del Parque de Chapultepec, acabaría siendo el hotel Camino Real, diseñado por el arquitecto Ricardo Legorreta (1931-2011). “En su momento fue muy polémico”, explica a T México su vástago Víctor Legorreta, hoy al frente de Legorreta Arquitectos, un estudio en plena celebración de su 60 aniversario. “En aquella época este tipo de hoteles tenían que tener candiles franceses y papel tapiz, con lo que fue un reto construir uno más moderno. Hemos hecho algunas reformas, pero conservando su ADN”, continúa sobre un edificio que apenas ha sufrido el paso del tiempo.
El Camino Real, al que en 1981 se sumó su espejo en Ixtapa (otro ejemplo de arquitectura adaptada a su contexto), acabó convertido en un ícono de la ciudad y en una suerte de aglutinador del estilo de un despacho que, en opinión de Enric Pastor, editor de la revista Manera, “es uno de los grandes herederos de la obra de Luis Barragán”, Premio Pritzker en 1980. “Supo llevar su arquitectura emocional y moderna a un lenguaje más contemporáneo y sintético, con identidad, luz y una gran carga sensorial”, dice Pastor. “Es una arquitectura emocional, que responde mucho a los sentimientos del ser humano. Tiene misterio, paz y tranquilidad, con la luz natural como recurso. El uso del color también es algo muy mexicano y puede verse en el arte, en la cultura popular y en la obra de artistas como Rufino Tamayo, Chucho Reyes o Rafael Coronel”, matiza Legorreta, quien también recuerda el primer trabajo que realizó mano a mano con su padre: el Papalote Museo del Niño, también en la Ciudad de México. “Durante la preparatoria empecé a trabajar con maquetas en el taller y me di cuenta de que esto era lo mío, pero yo quería hacer mi propio camino, tenía una actitud rebelde. Después surgió el concurso del Papalote Museo del Niño y mi papá no tenía con quien hacerlo. Participamos y ganamos, lo hicimos juntos, y nos llevamos muy bien. Fue una relación de 25 años. Mi papá tenía la mente muy joven y abierta y eso ayudó”, explica el arquitecto. Lo confirma Bernardo Gómez Pimienta, exdirector de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Anáhuac, para quien Víctor Legorreta “reinterpretó el estilo de la firma con nuevas soluciones y colaboraciones que han dado lugar a propuestas arquitectónicas igualmente notables”.
Uno de los elementos claves en la trayectoria de Legorreta es el agua, muy presente en la tradición árabe desde el siglo VIII —con la Alhambra y El Generalife, en España, como grandes exponentes— y al que el propio Barragán prestó mucha atención en todos sus proyectos. “El agua puede cambiar la percepción de un espacio”, reflexiona Legorreta, quien reconoce ese “misterio” que provoca en la mirada humana. “Es muy árabe. A veces entras en una casa por una esquina y descubres un patio y otro patio. Eso sucede en casas que desde afuera no lo parecen”, añade sobre un estilo que Legorreta replica en proyectos más recientes, muchos de ellos localizados en esa parte del mundo.
Hace quince años, recuerda el arquitecto, su padre levantó un edificio en el campus de la Universidad Americana de El Cairo, en Egipto, una de las más prestigiosas de Oriente Medio. El encargo se repitió hace unos meses, cuando la misma institución solicitó al estudio un proyecto de características similares. Con ellos, la firma mexicana da continuidad a la vocación de internacionalización que definió al fundador, con obras como el Hotel Sheraton de Bilbao, en España, o la Biblioteca Pública de San Antonio, en Texas, Estados Unidos. Otra de sus ubicaciones predilectas es Doha, Catar. Allí, gracias a la iniciativa de Sheikha Moza, esposa del exemir Hamad bin Jalifa Al Thani, el estudio pudo construir la Escuela Diplomática de la Universidad de Georgetown y la Carnegie Mellon University, proyectos en los que, para adaptarse al entorno, utilizaron grandes piedras traídas de Pakistán. “El reto es que es un país con herencia islámica, pero también es un país nuevo, sin tanta tradición. Es un lugar para la innovación y la creatividad”, explica.

La Torre BBVA, en el Paseo de la Reforma de Ciudad de México, también es un buen ejemplo de esos riesgos que nunca dejaron de afrontar. El edificio, uno de los símbolos de la arquitectura mexicana del siglo XXI, no es solo un dechado de vanguardia, sino también el catalizador de la estrecha relación que Legorreta mantuvo con el arquitecto Richard Rogers, fallecido en 2021. “Trabajar con él fue una maravillosa experiencia”, recuerda. “Se enamoró de México, venía con frecuencia y nos hicimos amigos. Siempre platicábamos de hacer algo juntos y cuando se lanzó el concurso, le dijimos al banco que lo haríamos juntos. Cuando empezamos, nos dimos cuenta de que somos muy diferentes. Él era más high-tech y de curvas y nosotros más de cuadros y muros, pero fue una experiencia increíble. El edificio fusionó mucho la autoría y ya forma parte de la silueta de México”, continúa sobre un sistema de trabajo que años después continuaría en el Four Seasons Tamarindo, en Jalisco. Proyectado en colaboración con el arquitecto Mauricio Rocha, el complejo es una síntesis de cómo mimetizar un establecimiento hotelero con su entorno, en un terreno muy difícil y delicado. “Ambas colaboraciones me cambiaron bastante, hay otras formas de hacer las cosas”, reconoce Legorreta, ganador de varios premios CIDI (Consejo Iberoamericano de Diseño de Interiores).
Actualmente, el despacho trabaja en el nuevo Distrito de Gobierno de Guanajuato. “Lo interesante”, explica Legorreta, es que ahora todo el gobierno está concentrado en el centro de la ciudad de Guanajuato, y la idea es trasladarlo para recuperar esos edificios y destinarlos a vivienda y turismo. Es un buen proyecto”, añade. Además, están desarrollando un hotel Conrad en Los Cabos y departamentos en Puerto Vallarta y una iglesia en Puebla. “Con mi papá hicimos la catedral de Managua justo cuando el país salía de la dictadura y de un gran sismo. El dueño de Domino’s Pizza donó la catedral, y fue una experiencia estupenda. Luego hicimos una capilla a otra escala en Morelos y ahora una iglesia en Puebla. Siempre es algo bonito, seas religioso o no, porque es un espacio espiritual”, apunta Legorreta. Otra de las novedades del estudio ha sido la creación de un departamento especializado en el diseño de interiores. “La parte de interior nos gusta hacerla y trabajarla desde cero. Creo que arquitectura y decoración van ligadas. Es un error que no se logre esa integración; por eso también diseñamos muebles. Es apasionante, un trabajo a otra escala, pero a veces cuesta más diseñar un baño que un plan maestro. El detalle en interiorismo es realmente emocionante”, relata Legorreta, quien ha sabido abrazar con naturalidad las nuevas soluciones tecnológicas. “El universo de materiales y herramientas se ha ampliado con las luces inteligentes, las maderas ecológicas, los sistemas prefabricados y la modelación digital”, observa. En su opinión, la diferencia entre los muros del Camino Real y la ligereza estructural de la Torre BBVA son el perfecto ejemplo de cómo los nuevos materiales permiten construir más con menos, además de cómo orientar la tecnología hacia la sustentabilidad, optimizando la iluminación, y reduciendo el consumo energético.
Después de tantos años de trayectoria, Legorreta aún tiene un reto pendiente: la vivienda de interés medio y social, un campo que al que, reconoce, no le ha dedicado la suficiente atención. “Mejorar la vida de la parte más gruesa de la población es una deuda que tenemos con México. También me entusiasmaría hacer espacios públicos en las ciudades, un parque o una plaza”, concluye.
