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Carolina Chávez

En México el amor rara vez se declara en abstracto, en su lugar, se hierve, se muele, se asa. Pasa por el metate, por la cazuela de barro, por la mesa donde alguien espera. La cocina ha sido, durante siglos, uno de los escenarios más consistentes del vínculo afectivo. Allí se ensayan gestos de cuidado, se negocian silencios, se ofrece hospitalidad y se mide el deseo.

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El ritual culinario no responde solo a la necesidad de alimentarse. Activa una coreografía íntima. Moler cacao en un molinillo, desgranar maíz para el nixtamal, pelar almendras para un mole festivo. Cada acción contiene una promesa de permanencia. Amar implica dedicar tiempo, y el tiempo en la cocina tiene densidad.

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La tradición popular mexicana ha asociado ciertos ingredientes con el erotismo y la fertilidad. El cacao, utilizado en ceremonias prehispánicas, fue considerado bebida de energía y vigor. En códices y crónicas coloniales aparece vinculado a la nobleza y al intercambio amoroso. La vainilla veracruzana, cultivada por pueblos totonacas, carga un aroma persistente que atraviesa postres y atoles con una memoria corporal inconfundible. El chile, en su variedad amplia, estimula circulación y despierta sentidos. El aguacate, cuyo nombre proviene del náhuatl ahuácatl, fue relacionado con la vitalidad sexual por su forma y valor nutritivo.

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Muchos de estos ingredientes contienen compuestos que activan la circulación sanguínea o generan sensación de bienestar. El cacao puro estimula la producción de endorfinas. La capsaicina del chile incrementa la temperatura corporal. La vainillina actúa sobre la memoria olfativa. La ciencia confirma lo que la tradición intuía, el cuerpo responde.

La sobremesa amplifica el ritual. En México, después de comer no se abandona la mesa con prisa. Se prolonga la conversación. Se comparte café, digestivo, confidencia. La sobremesa ha sido espacio de acuerdos y rupturas, de propuestas de matrimonio y despedidas silenciosas. Allí se decide el ritmo de una relación. Comer juntos abre una negociación afectiva que pocas prácticas sociales igualan.

Platillos asociados al cortejo aparecen en distintas regiones. El mole poblano, reservado para celebraciones y bodas, integra cacao, especias y trabajo colectivo. Los chiles en nogada, con su equilibrio entre dulzor y picante, celebran temporada y pertenencia. El chocolate caliente servido en jarro de barro acompaña tardes de declaración tímida. Incluso las carnitas de domingo, compartidas en familia, consolidan alianzas y afectos que sostienen proyectos de vida.

Amar es cocinar implica asumir que el afecto requiere práctica. Cocinar para alguien demanda atención, precisión y escucha. Saber el punto de sal, el nivel de picante, la textura preferida. El cuidado se traduce en decisiones concretas.

Receta tradicional del amor
Champurrado de cacao y vainilla

Una bebida que reúne energía, memoria y calor compartido. En T Magazine México, te damos la pauta.

Ingredientes
 – 1 litro de agua
 – 2 tablillas de cacao puro o 100 g de pasta de cacao
 – 60 g de masa de maíz disuelta en media taza de agua
 – 1 raja de canela
 – 1 vaina de vainilla veracruzana abierta
 – Piloncillo al gusto

Preparación

  1. Hervir el agua con la canela y la vainilla durante cinco minutos.

  2. Incorporar el cacao y mover con molinillo hasta integrar.

  3. Añadir la masa disuelta poco a poco, sin dejar de batir para evitar grumos.

  4. Endulzar con piloncillo y cocinar hasta que espese ligeramente.

Se sirve caliente, en jarro. Se bebe despacio. El gesto de batir y compartir activa una memoria colectiva donde el alimento sostiene el vínculo. En un contexto donde el amor suele reducirse a espectáculo o consumo acelerado, la cocina mexicana recuerda otra cosa. El afecto se construye con fuego bajo, con paciencia y con manos presentes. Amar es cocinar porque implica elegir quedarse… y eso, vaya que es un gesto poderoso.


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