
Redacción T México
Cuando Roberto Burle Marx comenzó a diseñar jardines en la década de 1930, la mayoría de los proyectos paisajísticos de Brasil seguían reproduciendo modelos europeos. Las especies tropicales eran consideradas demasiado salvajes para los espacios urbanos y la vegetación nativa permanecía relegada a la selva, lejos de los parques, plazas y residencias de las grandes ciudades.
Burle Marx comprendió algo que parecía evidente pero que nadie había llevado al diseño moderno. Brasil poseía una de las biodiversidades más extraordinarias del planeta y esa riqueza podía convertirse en materia estética. A partir de entonces desarrolló una obra que transformó para siempre la arquitectura del paisaje.

Nacido en São Paulo en 1909 y formado entre las artes plásticas y la botánica, encontró en ambas disciplinas un territorio común. Antes de convertirse en jardines, sus proyectos existían como pinturas. Utilizaba gouaches de colores intensos donde cada tonalidad representaba distintas especies vegetales. Aquellas composiciones abstractas terminaban convirtiéndose en superficies vivas donde la vegetación reemplazaba al pigmento.
Su primer gran proyecto llegó en 1938 con los jardines del Ministerio de Educación y Salud en Río de Janeiro, edificio diseñado por un equipo encabezado por el arquitecto Lúcio Costa y en el que también participó Oscar Niemeyer. El proyecto marcó un punto de inflexión para la arquitectura moderna latinoamericana y presentó una nueva manera de integrar naturaleza y ciudad.


A partir de entonces desarrolló más de dos mil proyectos en Brasil, América Latina, Europa, Estados Unidos y Medio Oriente. Su obra abarca jardines privados, parques urbanos, universidades, instituciones culturales y complejos corporativos. Entre sus intervenciones más reconocidas destaca el paseo marítimo de Avenida Atlântica, inaugurado en la década de 1970, donde transformó el frente costero de Copacabana mediante un mosaico ondulante de piedra portuguesa que hoy forma parte de la identidad visual de Río de Janeiro.
Su trabajo nunca se limitó a la ornamentación, Burle Marx veía el paisaje como una infraestructura cultural capaz de influir en la vida cotidiana. Sus composiciones eliminaban la rigidez geométrica heredada de la tradición clásica y proponían recorridos fluidos, inspirados en la vegetación tropical, las corrientes de agua y las formas orgánicas presentes en la naturaleza.


Paralelamente desarrolló una intensa labor científica. Durante décadas recorrió distintos ecosistemas brasileños para documentar especies nativas y recolectar ejemplares. Se le atribuye el descubrimiento o registro de decenas de plantas que posteriormente fueron clasificadas por la comunidad botánica. Su residencia, hoy conocida como Sítio Roberto Burle Marx, llegó a albergar una colección de más de tres mil especies tropicales y se convirtió en uno de los centros de investigación botánica más importantes del país.
Mucho antes de que la conservación ambiental ocupara un lugar central en el debate público, Burle Marx alertaba sobre la deforestación, la expansión urbana descontrolada y la pérdida de biodiversidad.

Su influencia continúa visible en ciudades de todo el mundo. Arquitectos, urbanistas y diseñadores siguen estudiando sus proyectos por la manera en que integró arte, ecología y espacio público.
Burle Marx dejó una lección que aún resulta radical. El paisaje no es un fondo sobre el que ocurre la vida urbana. Es una construcción cultural capaz de modelar la experiencia humana, despertar sensibilidad y recordar que la naturaleza forma parte de la ciudad tanto como la arquitectura.