Foto: cortesía de la artista

Carolina Chávez

Elisabetha Gruener entiende el escenario como un espacio de observación, cuestionamiento y búsqueda. Actriz, directora, productora y dramaturga con formación en Londres, ha construido una trayectoria que se desplaza entre México y Reino Unido, desarrollando una práctica escénica donde la identidad, el cuerpo y los vínculos aparecen como territorios constantes de exploración.

Su trabajo transita entre propuestas de teatro, danza y dramaturgia que observan la experiencia contemporánea desde una mirada íntima y crítica. En proyectos como PRISMA, cuestiona las narrativas tradicionales sobre lo femenino y el amor romántico; mientras que en Una disculpa a Lady Gaga explora otras formas de abordar la experiencia LGBTQ+ desde la comedia y la cultura popular. Más recientemente, su participación en Fiesta ha ampliado su acercamiento a los lenguajes físicos y sensoriales del escenario.

Más allá de los formatos, existe una inquietud común en su trabajo, comprender cómo las experiencias personales pueden convertirse en una conversación compartida. En esta entrevista para T Magazine México, reflexiona sobre identidad, representación, cuerpo, creación y el lugar que ocupa hoy el teatro dentro de la vida cultural contemporánea.

Foto: cortesía de la artista

CC. Tu trabajo se mueve entre lo íntimo y lo conceptual. ¿En qué momento una experiencia personal se vuelve material escénico y deja de pertenecerte?

EG. Para mí el material escénico siempre nace de algo dentro de mí, o bien de algo personal. En el momento en el que la idea se empieza a compartir con más personas, ya sea creativos o el público, deja de pertenecerme; se transforma en una realidad colectiva. Pienso que ahí es el origen del arte, que lo personal migre de lo individual a lo colectivo.

CC. Has trabajado entre México y Londres. ¿Qué tensiones o desplazamientos aparecen en tu mirada cuando cambias de contexto cultural?

EG. Existió harto cuestionamiento de identidad. Quién soy dependiendo de mi contexto, de los ojos que me miran. Intentar caber en la caja entendible, predecible, digerible, ya sea «feisty latina» allá o acá «una whitexican». Ha sido, y sigue siendo, un proceso empoderador reconocerme por quien yo considero que soy y no por lo que los demás esperan reconocerme. Como decía Agnès Varda: «El primer gesto feminista es el hecho de decidir mirar, decidir que el mundo se define por cómo miro y no por cómo me miran».

CC. En PRISMA cuestionas narrativas sobre lo femenino y el amor romántico. ¿Qué ideas te interesa desmontar hoy con mayor urgencia?

EG. Partiendo igualmente de la frase de arriba, darle importancia a nuestra propia vivencia como mujeres y no a lo que viven otros cuerpos a través de nosotros. Reconocernos porque habitamos el mundo, no porque somos observadas. Imagínate cuántas industrias colapsarían si las mujeres nos viéramos al espejo y nos gustáramos. Eso es lo que debe ajustarse urgentemente.

Foto: cortesía de la artista

CC. Hay una insistencia en el cuerpo dentro de tu obra. ¿Cómo lo piensas: como territorio de memoria, de conflicto o de representación?

EG. Como todas las anteriores. Estoy simultáneamente actuando en otra obra de teatro-danza y ahí verdaderamente pude entender que el cuerpo es literalmente la sabiduría encarnada. Basta con moverse para entenderse y basta con fijarse en alguien moviéndose para entenderle.

CC. Trabajas como actriz, directora, productora y dramaturga. ¿Qué cambia en tu forma de contar cuando te mueves entre esos roles?

EG. Cambia el sentido de riesgo y de responsabilidad. Lo pienso como una familia. La actriz es la hermana menor, le corresponde hacerse cargo de su cuerpo y ya; es la que inspira más ternura, la que roba el foco. La directora es la mamá, responsable de la hermana y de la armonía del hogar, rindiéndole cuentas a la productora, que es la abuela, la dueña de todo. La dramaturgia es un proceso que yo sufro mucho, entonces considerémosla como la gata bajo la lluvia.

CC. Tu generación entiende el escenario como algo expandido. ¿Qué límites te interesa cruzar hoy dentro del teatro?

EG. Entender cada día más la importancia del público. Independientemente de si algo sea didáctico o inmersivo, el público siempre será una pieza esencial. ¿Cómo los seducimos cada día más? ¿Cómo nos mantenemos vigentes? La realidad es que hoy menos del 5% de la población de la Ciudad de México va al teatro; es nuestra misión hacer de la experiencia algo cool, que la gente disfrute venir.

CC. Hablas de incomodar y abrir conversación. ¿Dónde está hoy ese límite entre incomodidad productiva y saturación del discurso?

EG. No sé si la búsqueda de la incomodidad sea algo bueno. La verdad nunca he pensado en que hay que incomodar, ni esta cosa del «mensaje», Dios mío, eso de «cuál es el mensaje» me tiene harta. Creo que una cuenta la historia que quiere contar y ya. Si viene de un lugar personal e importante para una, inevitablemente resonará con alguien más, ya sea en forma de incomodidad, emoción o nostalgia.

CC. Si tu trabajo dialoga con su tiempo, ¿qué preguntas crees que tu obra deja abiertas para los próximos años?

EG. Yo espero que en unos años vean el material y se pregunten: «¿por qué éramos así?». Me daría tristeza que la pregunta fuera «¿por qué sigue esto vigente?», ya que eso significaría que seguimos en las mismas.

Finaliza.


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