
Joey Poll
Fotografía por Ricardo Labougle
En algún momento a principios del siglo XVIII, la Casa de Zaforteza, una familia noble mallorquina que, según se conoce, es descendiente de colonos florentinos medievales, reforzó su alianza con otras familias prominentes locales para formar las Nueve Casas, o las Nou Cases, como se les conoce en catalán. Unidas por la endogamia —que en aquella época era habitual entre la aristocracia mediterránea—, estas dinastías habían construido, heredado o adquirido la mayoría de las casas de la isla hacia finales de ese siglo. Sus propiedades incluían palacios urbanos en Palma, así como casas señoriales en sus extensas fincas, en gran medida de carácter feudal, en el fértil interior, donde la familia Zaforteza, como buena parte de la élite de la isla, se trasladaba cada verano.

Como creció durante las décadas de 1960 y 1970, María Zaforteza Duque de Estrada, de 69 años, también conocida como la condesa de Deleytosa, cumplió la mayoría de edad en una época en la que estas propiedades comenzaban a venderse o a abrirse al público. En la escuela, Zaforteza pensaba en convertirse en arqueóloga, pero, ya entrada en los veinte, tras el nacimiento de sus dos hijos y la muerte de su padre, decidió hacerse cargo de las propiedades familiares. “Es un deber y también un placer”, dice, contemplando el horizonte de Palma, desde un corredor exterior porticado en Son Berga, la villa neoclásica de unos 2,800 metros cuadrados —con cerca de ocho hectáreas de jardines perfumados por azahar, a la sombra de pinos y cipreses— que ha preservado durante los últimos 40 años como refugio ocasional para el verano y archivo familiar de facto.

A quince minutos del centro en coche, al final de un largo camino privado flanqueado por palmeras e hileras de cactus, la mansión del siglo XVIII conserva cierta formalidad y algunos toques teatrales propios de los palacios de Palma. Desde un patio abovedado bajo la planta noble, una escalera de piedra conduce a unas puertas de pino de doble altura, decoradas con relieves y detalles dorados; al cruzarlas, se accede a la imponente sala de recepción. Retratos de caballeros, clérigos, terratenientes y otros nobles, todos de tamaño mayor que el natural, observan a quienes entran. Sillas altas con respaldos rectos se alinean contra la pared. A pesar de la sobriedad del conjunto, se percibe una ligereza, una soltura que nace del entorno rural: aquí, como en el resto de la casa, dominan una paleta austera y un aire rústico, con suelos de piedra desnuda, paredes blancas y grandes vanos que se abren al exterior.
Aunque Zaforteza modernizó la casa familiar de Palma, de 700 años de antigüedad, donde vive parte del año, cualquier intervención que ha hecho en Son Berga ha sido de carácter invisible. Pero incluso las mejoras más pequeñas pueden resultar complejas. “Como la casa pertenece a varios miembros de la familia, toma tiempo hacer cambios”, explica su hijo, Fernando Dameto Zaforteza, de 46 años, quien pasó la mayor parte de los veranos de su infancia en Son Berga y ahora la visita una vez al año con su hija de 8 años, Isabel, desde Somerset, Inglaterra, donde trabaja como historiador. Zaforteza pasa la mayor parte de junio y julio sola en la villa de 12 dormitorios. “Mis amigos me preguntan: ‘¿Te sientes sola aquí?’”, dice. “Y yo respondo que no estoy sola. Siento que estoy con mi familia; me siento acompañada. Siempre sueño que uno de mis antepasados va a salir de uno de los cuadros para contarme historias”.

La Mansión fue construida en la década de 1760 por la matriarca viuda Cecilia Zaforteza y de Berga. Siguiendo las costumbres de la época, dispuso la propiedad como un espacio autosuficiente, con una capilla de piedra y una sacristía contiguas, establos y gallinero. Aunque gran parte de la finca ha quedado inactiva con el tiempo, Zaforteza conservó la sala para curar carne junto al patio, donde aún cuelgan de las vigas una docena de sobrasadas. En la bodega en desuso aún se puede observar una tina de madera para pisar uvas; hasta la década de 1990 se usaba para transformar la cosecha de los viñedos de Son Berga en un cabernet sauvignon terroso. Aunque han pasado por lo menos siete décadas desde que un sacerdote celebraba misa los domingos en la capilla —decorada con lunas crecientes heráldicas y flores de lis—, todavía se usa para comuniones y bodas.
En el edificio opuesto se encuentra la pieza heredada más singular de la familia: un enorme y laberíntico collage en decoupage que ocupa cuatro salas conectadas entre sí, creado por sus antepasados a lo largo de cientos de veranos. Miles de imágenes impresas recortadas con precisión y pedazos de papel con recuerdos están pegados en las paredes, puertas y techos abovedados, como si fueran las páginas en blanco de un álbum. Algunas piezas registran las modas y la política de su tiempo, como una caricatura descolorida de un ministro español que está fuera de sí. Otras son más íntimas: la parte de atrás de una puerta está cubierta por un mosaico de cartas antiguas y documentos, entre ellos una factura detallada de servicios de jardinería de hace 200 años. “Se pueden percibir las distintas personalidades”, dice Dameto Zaforteza, señalando una composición en forma de doble cruz compuesta por vistosas vitolas de puros que coleccionó su abuelo, probablemente el último en añadir elementos al collage. En 2005, unos restauradores separaron los papeles que empezaban a despegarse y sellaron el resto con una capa de resina acrílica.

Poco más ha cambiado en los últimos años. Es, en parte, lo que hace que Zaforteza regrese cada verano a Son Berga. Casi todos los días, desayuna en la terraza porticada con vistas a un huerto de cítricos que trajo su tatarabuela, originaria de Valencia, en el siglo XIX. Después trabaja en el dormitorio principal, con las cortinas a medio correr alrededor de su cama portuguesa con dosel de aire gótico. Sus invitados son libres de recorrer la casa y descubrir sus curiosidades de otra época, como la hilera de dormitorios monásticos y salas de estar amuebladas con cunas de madera gastadas, o un carruaje restaurado en el patio. En el comedor, la mesa de madera de cerezo puede sentar hasta 50 comensales. Cuando Dameto Zaforteza y su hermana eran niños, a los menores de 15 años se les mandaba a otra sala durante la comida o la cena. Hoy, en cambio, todas las edades se reúnen en la misma mesa. El único cambio que contemplan por ahora es añadir un poco más de confort aquí y allá. “Yo pondría un sofá más cómodo en el corredor”, dice Zaforteza. “Pero aquí los cambios avanzan despacio”.