Foto: cortesía de la artista.

Kira Alvarez

Hay algo profundamente inquietante en un uniforme. Promete orden, disciplina, previsibilidad. Está diseñado para neutralizar la individualidad y convertir al cuerpo en parte de un sistema. En Relatos “Ficticios” de Emoción, Seoju Park parte de esa rigidez visual —específicamente del uniforme militar— para producir una fisura: la irrupción de la emoción en un cuerpo que, por definición, debería permanecer impávido.

“La estructura estética del uniforme habla por sí sola”, explica Park en entrevista. “Incluso fuera de su uso o intención original, crea un lenguaje. Siempre forma parte de una narrativa muy estructurada”. Lo que inicialmente la atrajo fue esa potencia visual, pero pronto entendió que el uniforme podía operar como dispositivo conceptual: un oxímoron entre perfección formal y volatilidad humana.

El proyecto no nació desde la documentación, sino desde la construcción. Park mandó a hacer los uniformes especialmente para la serie. Ninguno de los retratados es soldado real. El casting fue abierto y deliberadamente anónimo: publicó una convocatoria en redes sin explicar el concepto completo. Recibió más de cincuenta respuestas. Buscaba miradas expresivas, rostros presentes, facciones que dialogaran con la diversidad que observa cotidianamente en México.

Foto: Cortesía de la marca
Foto: cortesía de la artista.

“Quería retratar personas reales, no actores interpretando algo”, dice. A cada participante le pidió pensar, antes de la sesión, en un recuerdo profundamente personal que los conectara con un estado emocional específico. No necesitaba conocer la historia; le interesaba que la emoción estuviera viva en el cuerpo.

El set fue concebido como un espacio íntimo. Rentó el piso superior de su estudio para aislarlo por completo. Solo estaban ella y la persona retratada. Sin asistentes visibles. Sin distracciones. La música —principalmente instrumental y clásica— funcionó como modulador emocional. “La música me tranquiliza y creo que eso también se transmite”, explica. Antes de fotografiar, hizo pruebas de iluminación con maniquíes para no tener que ajustar nada durante el retrato. Quería que el momento se tratara exclusivamente de presencia.

El resultado fue impredecible. Algunos lloraron. Otros permanecieron aparentemente imperturbables, aunque “los ojos cambiaban por completo”. Uno de los participantes, un joven trans en proceso hormonal, entró al set, cerró la puerta y, al instante, las lágrimas comenzaron a caer. “Fue tan fuerte que yo también empecé a llorar detrás de la cámara”, recuerda. Nadie pidió disculpas por la emoción. Nadie explicó el recuerdo. La vulnerabilidad no fue performática; fue sostenida.

En su trayectoria, Park ha trabajado como fotógrafa fija en producciones de Alejandro G. Iñárritu, incluyendo Bardo (2022) y la próxima Digger (2026), una experiencia que transformó radicalmente su relación con la imagen. A diferencia del fotógrafo de set tradicional —cuyo rol suele limitarse al registro documental o al detrás de cámaras— Iñárritu concibe la fotografía fija como una extensión autónoma del universo cinematográfico. En Bardo, por ejemplo, la imagen fija no fue un apéndice promocional, sino parte integral de un libro publicado posteriormente; cada retrato debía sostener por sí mismo la densidad emocional de la película.

Foto: cortesía de la artista.

“Con Alejandro entendí que la foto en set puede tener su propia narrativa”, explica Park. Esa apertura le permitió no solo documentar escenas, sino construir retratos que dialogaran con la iluminación, el diseño de producción y la carga emocional de los actores. En Digger, esa dinámica se volvió aún más expansiva: después de rodar ciertas escenas, había espacio deliberado para generar retratos pensados, compuestos, casi suspendidos fuera del tiempo cinematográfico. Para Park, fue “lo mejor de los dos mundos”: la monumentalidad técnica del cine —sus departamentos, su precisión milimétrica, su obsesión por el color exacto o la luz correcta— y la intimidad del retrato.

Observar cómo una sola escena requiere la convergencia de vestuario, arte, dirección, iluminación y actuación le dio una nueva conciencia sobre la construcción visual. El cine le enseñó a pensar la fotografía no como gesto aislado, sino como parte de una arquitectura mayor: cada elemento —desde la textura de una tela hasta el tono de un fondo— altera la percepción emocional de la imagen. Esa sensibilidad interdisciplinaria se traslada ahora a Relatos “Ficticios” de Emoción, donde la producción del espacio, la escala de impresión y la intervención arquitectónica dialogan con el retrato de manera casi cinematográfica.

En este sentido, la exposición se articula también como una pausa frente a la lógica de producción acelerada que domina la circulación contemporánea de imágenes, como una resistencia silenciosa ante la velocidad con la que consumimos y desechamos imágenes. Park comenzó a fotografiar a los 12 años y reconoce que Instagram coincidió con su adolescencia creativa. La retroalimentación inmediata fue estimulante, pero también agotadora. Durante la pandemia dejó de hacer fotografía personal por completo. “Sentía que producía y compartía demasiado rápido. No podía sostenerlo en mis manos”, admite.

Relatos “Ficticios” de Emoción representa un cambio. El proyecto fue fotografiado en septiembre y permaneció meses en su pared antes de convertirse en exhibición. La artista habla de “masticar” las imágenes, de convivir con ellas sin ruido externo. “Hay algo muy especial en ir a ver una fotografía en vivo. No a través de una pantalla”, afirma.

La elección del espacio no es menor. La muestra se presenta en el restaurante Máximo, un lugar con techos altos, un árbol central y una dimensión arquitectónica que Park decidió intervenir radicalmente. Se retirarán todos los muebles durante un solo día. Telajes cubrirán parcialmente el espacio para modificar la percepción sin anular su identidad. Las fotografías —de al menos un metro de altura— colgarán desde rieles metálicos, suspendidas, obligando al espectador a confrontar los rostros a escala casi corporal.

Una imagen central, impresa en tela, ocupará el eje del espacio. Cortinas estratégicas impedirán que el visitante vea la totalidad desde la entrada; el recorrido será progresivo, casi ritual. La producción es ambiciosa: montaje y desmontaje en menos de 24 horas. Pero para Park, hacerlo en Máximo es también un gesto afectivo. “Son las únicas personas que han tenido mi fotografía impresa en su casa desde que empecé”, confiesa.

En este contexto, el uniforme deja de funcionar como símbolo de autoridad y se convierte en un marco que intensifica la vulnerabilidad. La disciplina no desaparece; se tensiona. Suspendidos en el espacio intervenido de Máximo, impresos a gran escala, estos retratos obligan al espectador a sostener la mirada sin distracción. La emoción —contenida, silenciosa, a veces apenas perceptible en los ojos— adquiere una dimensión física. Y es ahí, en esa experiencia presencial, donde la estructura se quiebra: no por confrontación explícita, sino por cercanía. Lo que parecía uniforme se revela profundamente humano.

Exposición efímera abierta únicamente el domingo 1 de marzo de 14 a 18 hrs.
Máximo Bistro: Av. Álvaro Obregón 65 Bis, Roma Nte., Cuauhtémoc, 06700 Ciudad de México.


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