Autor: Carolina Chávez

La escultura de Ulrike Zerzer nace de un vínculo prolongado con la materia. No responde a la urgencia ni a la imposición formal. La tierra llega a sus manos como un elemento antiguo, dispuesto a ser acompañado. En ese gesto sostenido se activa un diálogo silencioso donde forma y cuerpo crecen al mismo tiempo.

Foto cortesía de Ulrike Zerzer

Nacida en 1979 en Schwarzach, Austria, Zerzer se formó en la Escuela Técnica de Escultura de Hallein y posteriormente en la Universidad de Arte y Diseño Industrial de Linz. Desde hace más de una década vive y trabaja en Baja Austria, desarrollando una práctica escultórica que ha encontrado en las formas orgánicas su eje central. Su trayectoria incluye exposiciones en Austria, Suiza, Alemania, Francia y Bélgica, así como su participación en ferias internacionales y espacios museísticos.

Foto cortesía de Ulrike Zerzer

La serie Earth Movements articula el núcleo de su trabajo reciente. Se trata de esculturas cerámicas construidas a mano, sin moldes, cocidas a altas temperaturas y pensadas desde su presencia física. Algunas alcanzan hasta 90 centímetros de altura y superan los 40 kilos de peso. Lejos de imponerse como objetos monumentales, se presentan como cuerpos densos, plegados, atravesados por capas que sugieren procesos internos y acumulaciones lentas.

Foto cortesía de Ulrike Zerzer

Las superficies ondulantes evocan flujos detenidos, tensiones que se resuelven hacia adentro, movimientos que quedaron suspendidos. No hay una referencia literal al paisaje ni a la geología, aunque la materia conserva una resonancia terrestre. Lo que permanece es la estructura, el ritmo interno, la evidencia del tiempo trabajado con las manos. La escultura aparece como resultado de una negociación constante entre presión, resistencia y escucha.

Foto cortesía de Ulrike Zerzer

Zerzer nombra este proceso desde una comprensión profunda del material. La tierra enseña, acompaña, corrige. La forma surge sin violencia ni prescripción externa. En ese sentido, su trabajo se sitúa lejos de la representación y cerca de una experiencia corporal, donde la escultura se afirma como organismo autónomo.

Las piezas, tituladas con nombres propios como Moja, Alva, Luana o Rhea, refuerzan esta condición viva. Cada una sostiene una identidad singular, marcada por variaciones mínimas en el pliegue, la curvatura y la tensión del volumen. No buscan narrar ni ilustrar. Permanecen.


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