Foto: Michael Avedon.

Carolina Chávez

Hay exposiciones que se recorren con el cuerpo y otras que obligan a reeducar la mirada. El trabajo de Trevor Paglen pertenece a esta segunda categoría. Su obra parte de una intuición incómoda, hoy ineludible, los sistemas que observan el mundo ya no son humanos, sin embargo, influyen de forma directa en la vida cotidiana, en las decisiones políticas, en la construcción del territorio y en la idea misma de verdad.

Paglen ha dedicado su práctica a volver visibles estructuras diseñadas para operar fuera del campo de visión. Satélites clasificados, bases militares invisibles, infraestructuras digitales, algoritmos de reconocimiento facial, sistemas de inteligencia artificial. Paisajes que existen y actúan sin justificación. Su trabajo se inscribe en una tradición del paisaje expandido, donde mirar implica asumir una responsabilidad ética frente a aquello que suele permanecer oculto.

La exposición presentada en LagoAlgo, dentro del Bosque de Chapultepec, añade una capa decisiva. Chapultepec concentra siglos de historia vinculada al poder, al control territorial, a la ciencia y al espectáculo. Colocar aquí una obra sobre visión maquínica activa un diálogo silencioso entre formas antiguas y contemporáneas de vigilancia y administración del mundo. La tecnología aparece así anclada en una historia larga, concreta, situada.

Karnak, Montezuma Range Haar; Hough Transform; Hough Circles; Watershed, 2018.
Bloom – 2022.

A continuación, una conversación con Trevor Paglen, en la que el artista despliega algunas de las preguntas centrales de su práctica.

CC: En Hallucinations, las máquinas aprenden a ver. ¿Qué es lo primero que se distorsiona cuando la mirada deja de ser humana?

TP: Hallucinations fue realizada en los primeros momentos de la inteligencia artificial generativa, cuando apenas comenzaba a ser posible inducir a estos sistemas a producir imágenes. Hoy lo llamamos IA generativa. Las máquinas no solo ven de formas muy distintas a las humanas, también producen imágenes de maneras radicalmente diferentes.

La percepción humana está entrelazada con la memoria, la experiencia, el significado y la narrativa. Es situacional, flexible. Para una máquina, todo debe representarse como datos, traducirse a una forma matemática.

En Hallucinations intenté combinar ambos enfoques. Construí conjuntos de datos a partir de imágenes provenientes de poemas, alegorías, psicoanálisis, sueños, recuerdos y tradiciones populares. Después generé imágenes mediante estas formas extrañas de organizar los datos. Quería crear algo que la máquina pudiera producir sin comprender su lógica, pero que resultara legible para un ser humano en un nivel alegórico.

CC: Tu trabajo insiste en hacer visibles estructuras diseñadas para permanecer ocultas. ¿De dónde surge esa necesidad?

TP: Hago arte porque quiero aprender a ver el mundo que nos rodea. Sin embargo, es muy difícil percibir aquello que moldea nuestra cultura, nuestra sociedad y nuestra política, porque suele estar deliberadamente oculto. Considero que mi tarea como artista, trabajando en una tradición ampliada del paisaje, consiste en observar esos paisajes invisibles.

Eso puede implicar intentar ver una operación militar secreta, pero también asomarse a la caja negra de un sistema de inteligencia artificial.

CC: Hoy compartimos la percepción con algoritmos. ¿Qué efecto tiene eso sobre nuestra idea de verdad?

TP: Acabo de terminar un libro entero sobre esta pregunta, How to See Like a Machine, que se publicará en unos meses. Estamos saliendo de un mundo donde las imágenes representan cosas y entrando en otro donde las imágenes hacen cosas.

Un sistema de reconocimiento facial observa un rostro y activa procesos técnicos que pueden tener consecuencias muy concretas. En redes sociales, muchas imágenes están diseñadas para provocar reacciones, captar atención, generar emociones. El desplazamiento ocurre desde la pregunta qué dice esta imagen hacia qué hace esta imagen.

CC: Has dicho que vivimos un momento en el que nada es real. ¿Lo dices desde la preocupación o desde la observación?

TP: Es una observación que se desprende de lo anterior. En un mundo donde las imágenes están diseñadas para activar sistemas técnicos o cognitivos, ya no buscan decir la verdad, buscan producir una reacción.

CC: Tu formación como geógrafo atraviesa tu obra. ¿Qué significa pensar el territorio a través de los datos hoy?

TP: El territorio está profundamente ligado a la idea de datos. Es una invención humana, una capa que imponemos sobre la Tierra mediante mapas, leyes, cercas y ejércitos. Las fronteras no existen en la naturaleza.

Hoy, con sistemas de sensores contemporáneos, la producción del territorio se automatiza. Dispositivos que miden el sueño, autos que registran la conducción, plataformas que capturan atención, softwares que monitorean productividad. Surgen nuevos espacios donde gobiernos y empresas extraen valor de la vida cotidiana.

CC: Presentar esta exposición en Ciudad de México, dentro del Bosque de Chapultepec, modifica la lectura del proyecto. ¿Qué te interesa de este contexto?

TP: Chapultepec está atravesado por historias de imperio, ciencia, espectáculo y control. Colocar estas obras aquí subraya la continuidad entre formas antiguas y actuales de poder territorial. Sitúa la visión maquínica dentro de un paisaje que ha sido instrumentalizado y mitificado durante siglos, alejándola de una lectura puramente futurista.

CC: En un mundo saturado de imágenes generadas, ¿qué puede ofrecer todavía el arte como experiencia directa?

TP: El arte es uno de los pocos espacios que conozco donde las personas pueden reunirse para experimentar algo juntas, para hacerse preguntas sobre quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos. En un entorno cargado de intereses ocultos, estos espacios siguen siendo fundamentales para intentar comprendernos y comprender el mundo.

Y sí, la obra de Paglen es una invitación a mirar con mayor atención un mundo donde la imagen ya no solo se contempla, también decide.


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