Kira Alvarez

Por una sola noche, los Capitanes de la Ciudad de México —el único equipo del país que compite en la NBA G League— dejaron de llamarse así. En su lugar, la cancha anunció a los Chintololos de Azcapotzalco. El gesto no fue anecdótico ni decorativo: fue una intervención conceptual concebida por Mario García Torres, artista cuya obra ha explorado durante años la relación entre historia, ficción, archivo y poder.

“La idea nace de una larga conversación con el equipo en donde se re-concibe la arena, la cancha, la experiencia, como un espacio de expresión”, explica García Torres en entrevista exclusiva con T Magazine México. “En la superficie, pretendemos que cuando vemos un espectáculo deportivo solo hay eso, pero en realidad hay muchísimas cosas simbólicas en juego”.

El punto de partida fue reconocer al deporte profesional como un territorio cargado de significados que rara vez se cuestionan. Intervenir una noche de baloncesto implicaba activar ese entramado invisible: identidad urbana, pertenencia, representación y memoria colectiva.

El cambio de nombre —de Capitanes a Chintololos— no fue casual. Para el artista, la relación con el equipo está atravesada por una experiencia personal de arraigo y desplazamiento. “Darme cuenta que, en parte, mi atracción hacia los Capitanes tenía que ver con una forma de pertenencia a una ciudad en la que he vivido por muchísimos años fue para mí una revelación”, señala. Originario de Monclova, García Torres creció más cerca del béisbol y mantiene su lealtad a los Acereros, lo que —dice— le impide seguir al equipo capitalino de pelota. “Pero hoy, a través de los Capitanes, me siento más identificado a esta ciudad que me ha acogido”.

Ese reconocimiento lo llevó a pensar en una operación simbólica más radical: hacer que el equipo regresara, aunque fuera temporalmente, al barrio que lo hospeda. “Pensé que los Capitanes podrían por un día establecer un núcleo aún más poderoso y ‘regresar’ simbólicamente a Azcapotzalco. De ahí la idea de que temporalmente fueran el equipo del barrio”.

La palabra “chintololo” concentra una historia compleja. Su origen es incierto y oscila entre interpretaciones lingüísticas y relatos populares. García Torres se detiene en una versión que, aunque nació como despectiva, fue reapropiada con el tiempo: aquella que alude a los habitantes de la zona cuyos pantalones se inflaban con el viento mientras trabajaban en los llanos. “En la época moderna esta historia está lejos de ser insultante y ha sido adoptada con orgullo, y cierta picardía, en la hoy alcaldía”, explica.

¿Provocación, reivindicación o pregunta abierta? “Quiero pensar que funcione como una provocación”, responde. Primero, como un llamado a los habitantes de Azcapotzalco a reconocerse en un símbolo contemporáneo; después, como una invitación a los capitalinos a interesarse más por la historia y costumbres de esta parte de la ciudad. “En su manera más fundamental, el arte es eso: provocación”.

El acto de nombrar —y de renombrar— es, para García Torres, profundamente político. “El acto de nombrar cualquier cosa es un gesto político”, afirma. Al hacerlo de manera temporal, la intervención no pretende transformar una realidad inmediata, sino incidir en el plano simbólico: “Es un gesto sutil, preciso, que se mantiene en el espacio de lo simbólico”.

La pieza dialoga también con debates sobre colonialismo, raza e identidad urbana. “Creo que reconoce esa situación postcolonial en la que vivimos y la localiza en un espacio urbano”, dice, estableciendo un paralelo con decisiones recientes de equipos deportivos en Estados Unidos que han abandonado nombres ligados a representaciones problemáticas. En el contexto mexicano, el gesto apunta a un regreso simbólico a los orígenes, asumido con orgullo.

Que la obra ocurra en una arena y no en un museo es clave. “Cada vez me parece menos interesante la pulcritud del museo”, confiesa. Le interesa que las ideas circulen en otros sistemas, aun con el riesgo de perder precisión. “Localiza al artista en un espacio menos dictatorial; donde las ideas son sugerencias, preguntas que mutan”.

Dentro de su trayectoria, García Torres localiza esta intervención como una pieza conceptual más, construida alrededor de un elemento fundamental: el título. “Si alguien en unos años solo recuerda que un equipo se llamó Chintololos”, concluye, “eso para mí sería un logro genial. No me interesan las imágenes; me interesa que las ideas se conviertan en rumores, en historias inciertas, en memoria”.


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