
Carolina Chávez
La Alta Costura, entendida como práctica y como idea, rara vez se permite el silencio. En su primera colección Haute Couture para Chanel, Matthieu Blazy ensaya lo contrario. Elige la pausa. El gesto mínimo. Una poética que se despliega con la precisión de un haiku y se disuelve con la misma rapidez con la que aparece.
La pregunta que articula el desfile no se formula de manera explícita, pero atraviesa cada decisión. Qué hace a Chanel reconocible cuando se despoja de ornamento. Qué permanece cuando se reduce a estructura, luz y movimiento. Blazy trabaja desde esa tensión y propone una Alta Costura que regresa al cuerpo como origen y destino. La prenda cobra sentido cuando es habitada. La historia se activa en el uso. La emoción se escribe en la manera de llevarla.



El traje Chanel abre el recorrido casi como una reminiscencia. Construido en transparencias de silk mousseline, aparece delineado, ligero, en tonos suaves que parecen contener capas de tiempo. No se impone, se ofrece. En su interior surgen fragmentos de una vida afectiva. Cartas bordadas, frascos de N°5, un labial rojo. Objetos íntimos que migran al exterior y revelan una arquitectura emocional. La prenda funciona como archivo sensible, como palimpsesto donde se superponen la historia de la casa y la de quien la viste.
A medida que avanza la colección, el cuerpo se transforma. Las mujeres se desplazan hacia una imaginería aviaria. No como disfraz, sino como estado. La costura traduce alas sin recurrir a la pluma literal. Bordados, pliegues, capas y tejidos evocan plumajes desde el rigor técnico de los talleres tailleur y flou, junto con los artesanos de le19M. Aparecen siluetas negras, de corte impecable, seguidas por composiciones cromáticas complejas que remiten a aves domésticas y exóticas. Palomas grises, garzas lineales, cacatúas cresta en alto, espátulas rosadas. Cada figura conserva su singularidad.



El escenario acompaña sin subrayar. Hongos monumentales y un bosque de sauce componen un paisaje suspendido, casi näif, donde las aves se reúnen y luego desaparecen. La imagen insiste en la idea de tránsito. Nada se fija. Todo ocurre y se desvanece. La Alta Costura, aquí, no busca permanencia material, sino intensidad perceptiva.
Blazy entiende la libertad como condición y no como consigna. Las aves funcionan como símbolo, pero también como presencia autónoma. La naturaleza no se romantiza ni se domina. Se observa, se interpreta, se deja ir. En ese equilibrio, los códigos de Chanel se mantienen reconocibles y, al mismo tiempo, abiertos a la ensoñación.
Por un momento, la Alta Costura se permite existir fuera del tiempo productivo. Se convierte en experiencia compartida entre quien hace y quien lleva. Luego, como en el haiku que inaugura el relato, la belleza se revela y se retira. Vuela…