Foto: Anna Bruce.

Redacción T Magazine México

“Solo con los ojos del alma podemos ver con claridad”, escribió Antoine de Saint-Exupéry en El Principito. La frase adquiere un espesor concreto al acercarse a la vida y al trabajo de José García Antonio. Nacido en 1947 en San Antonino Castillo Velasco, comunidad zapoteca de los Valles Centrales de Oaxaca, su relación con el barro comenzó antes de cualquier noción de oficio. De niño, moldeaba figuras con el barro del arroyo que pasaba junto a su casa. Animales precisos, reconocibles, hechos desde una observación silenciosa que ya anunciaba una vocación profunda.

A los quince años se trasladó a la ciudad de Oaxaca para aprender el oficio de la carnicería. El barro siguió presente, como una pulsión constante. Su formación ocurrió fuera de academias y talleres formales, guiada por la repetición, la intuición y el diálogo directo con la materia. En su juventud, un encargo puntual y la construcción de un horno de leña abrieron el camino hacia una circulación más amplia de su obra. Las piezas llegaron a FONART y, con ello, a una mirada nacional que reconoció la fuerza de su trabajo.

Foto: Anna Bruce.

Las esculturas crecieron en escala y en reto. Figuras humanas, animales y seres mitológicos comenzaron a ocupar el espacio con una presencia contundente. La sirena se volvió una imagen recurrente, una forma que condensó imaginación, tradición y vínculo con el agua, y que le dio un sobrenombre que hoy acompaña su trayectoria.

A los 54 años, la pérdida total de la vista a causa del glaucoma marcó un punto decisivo. El impacto fue íntimo y familiar. Con el tiempo, el barro volvió a ocupar el centro de sus días. El modelado encontró nuevas rutas. El tacto, la memoria de las formas y la escucha del material se integraron al proceso con una precisión afinada. Las manos asumieron un conocimiento completo, capaces de reconocer volúmenes, tensiones y ritmos sin mediación visual.

Su obra actual mantiene una coherencia profunda. Figuras que remiten a la cultura zapoteca, al arte prehispánico, a la fauna local y a escenas surgidas de la imaginación se construyen con barro de baja temperatura, en tonos ocres y rojizos que conservan la huella directa del trabajo manual. Cada pieza sostiene una relación física con quien la crea y con quien la observa.

Reconocido como uno de los 150 grandes maestros del arte popular mexicano, José García Antonio ha participado en festivales y exposiciones en México y en el extranjero. Su presencia en espacios como el International Folk Art Allianceen Santa Fe ha confirmado el alcance de una obra que dialoga con públicos diversos sin perder arraigo. Paralelamente, comparte su experiencia en talleres y encuentros con niñas, niños y jóvenes, transmitiendo una forma de entender el arte como práctica vital.

Junto a su esposa, Santa Reyna Teresita Mendoza Sánchez, y su familia, fundó el taller Manos que ven en su comunidad de origen. El espacio funciona como lugar de trabajo, de encuentro y de aprendizaje colectivo. Allí, la cerámica se vive como continuidad, como conocimiento compartido y como una manera de habitar el tiempo con atención.

“Manos que ven y sus profundas raíces”.  Foto: Anna Bruce.

La obra de José García Antonio conmueve por su claridad. En ella, el barro se convierte en una extensión del cuerpo y de la memoria. La frase de Saint-Exupéry deja de ser metáfora. Aquí, ver con el alma se vuelve una práctica diaria, sostenida por manos que recuerdan, que piensan y que siguen dando forma a una vida dedicada a crear.


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