Eterna. Foto: Steven Meisel.

Carolina Chávez Rodríguez

Isabella Rossellini encarna una de esas presencias raras que sobreviven a las etiquetas. No pertenece del todo al cine, ni del todo a la moda, ni al reino de las performers; más bien transita entre esos mundos con la soltura de quien entendió hace tiempo que la identidad no es una línea recta, sino un territorio que se expande.

Hija de dos mitos del siglo XX —Ingrid Bergman y Roberto Rossellini— nació en el corazón de un escándalo que redefinió a Hollywood. Creció entre mudanzas, cámaras y rumores; aprendió que la libertad no siempre tiene buena prensa y que la belleza, cuando es heredada, puede ser también una especie de obstáculo. De muy joven, las ciudades europeas fueron su escuela sentimental; Nueva York, su hogar definitivo desde los años setenta, un lugar donde esa mezcla de melancolía nómada y sofisticación natural encontró una forma de pertenecer.

Foto: Peter Lindbergh, 1990.
Foto: Steven Meisel, 1989.

Durante los años ochenta y noventa fue más que un rostro conocido: se convirtió en un ícono cultural. David Lynch la eligió para Blue Velvet y la convirtió en la encarnación de un deseo inquietante; Lancôme la convirtió en su emblema global, diseñando sobre su rostro la estética de toda una década; Richard Avedon, Steven Meisel y los nombres que definieron la moda de fin de siglo trabajaron con ella como quien reconoce un misterio que merece ser registrado.

Sin embargo, nada en su carrera ha sido simple continuidad. A los 40, dejó de sonar el teléfono. Hollywood decidió que había envejecido. La industria de la moda ya no la contemplaba. Pero Rossellini, en lugar de resistirse a la edad, la convirtió en herramienta creativa. Volvió a estudiar, esta vez etología y comportamiento animal; se declaró granjera, performancera y científica amateur. De esa transición surgieron proyectos como Green Porno, una serie delirante y brillante donde ella misma interpretaba a animales para explicar su sexualidad y sus rituales de apareamiento. No era un chiste; era una apuesta política sobre cómo narrar el deseo, el cuerpo, la naturaleza. Imagínense nada más el peso de la propuesta.

Foto: cortesía del proyecto.
Foto: Michelle Monique.
Foto: cortesía del archivo de la artista.

Hoy vive entre su granja en Long Island y los escenarios donde presenta sus obras. Cuida ovejas, estudia abejas, actúa cuando quiere y se permite reaparecer en moda desde otro lugar: no como símbolo aspiracional, sino como figura pensante, autónoma, consciente del tiempo. Es una mujer que ya no necesita convencer a nadie de su relevancia cultural; la ejerce.

Lo que hace única a Isabella Rossellini no es su genealogía, sino su capacidad de desmarcarse del linaje y, aun así, honrarlo. Su carisma no proviene de la nostalgia, sino de la libertad con la que transita cada etapa. En una industria que insiste en la juventud como credencial de existencia, Rossellini ha construido un manifiesto vital que celebra lo opuesto: la madurez como terreno fértil, el humor como forma de inteligencia y la curiosidad como motor de vida.

Es, en esencia, una mujer que se cuenta a sí misma. Y lo sigue haciendo con la serenidad luminosa de quien aprendió que la reinvención no es una crisis, sino un arte.


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