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Carolina Chávez Rodríguez

La Ciudad de México se mueve rápido, pero no de manera uniforme. Entre avenidas saturadas, aplicaciones que prometen inmediatez y ciclos de consumo cada vez más breves, persisten oficios que trabajan a otro ritmo. No buscan visibilidad ni tendencia. Existen porque alguien todavía necesita ese gesto preciso, ese servicio directo, esa conversación breve que ocurre en la banqueta.

El bolero continúa lustrando zapatos en esquinas que funcionan como puntos de encuentro. Su oficio combina destreza manual, escucha y permanencia. Mientras el cliente apoya el pie, se activa una escena mínima donde circulan noticias, silencios y confidencias. El brillo final importa, pero también el tiempo compartido.

El organillero recorre el Centro Histórico y las colonias antiguas con un sonido que atraviesa generaciones. Su música marca presencia. Cada vuelta de la manivela sostiene una tradición heredada y un ingreso diario que depende del paso lento y de la atención del peatón.

Pareciera que no, pero su existencia en la geografía de la ciudad, sostiene su ritmo, la intimidad de los recuerdos que nos la evocan, aunque a quienes estamos lejos.

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El periodiquero abre temprano. Ordena titulares impresos que aún encuentran lector. Su puesto es archivo vivo de la ciudad, un lugar donde conviven noticias, revistas antiguas, suplementos culturales y conversaciones sobre política, fútbol o clima. El papel sigue circulando como objeto público.

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Junto a ellos aparecen otros oficios que dibujan el mismo mapa invisible. El afilador anuncia su llegada con un silbato agudo que atraviesa calles residenciales. El reparador de paraguas devuelve funcionalidad a lo que parecía desechable. El relojero de barrio mide el tiempo con herramientas heredadas. El zapatero recompone suelas y devuelve vida al calzado en una era de hiperconsumo y deshecho. El plomero, el electricista, el carpintero urbano sostienen hogares enteros desde el conocimiento práctico.

También están los vendedores de tamales al amanecer, los neveros de carrito, los fotógrafos de plaza, los rotulistas que aún pintan letras a mano, los costureros que ajustan prendas con memoria corporal. Cada uno activa una economía pequeña que circula de mano en mano y que mantiene vínculos directos entre quien ofrece y quien necesita.

Estos oficios no funcionan como reliquia. Operan en presente. Se adaptan, se desplazan, se reconfiguran sin abandonar su esencia. Su resistencia no es épica ni declarativa. Se ejerce todos los días, en horarios largos, bajo el sol o la lluvia, en una ciudad que rara vez se detiene.

Hablar de ellos implica reconocer que el progreso urbano convive con capas de trabajo que sostienen la vida cotidiana. En esa convivencia se revela una ciudad compleja, donde el futuro no borra el pasado, lo incorpora. Los oficios del México profundo siguen latiendo en la capital. Son parte del pulso que mantiene viva a una ciudad que crece, cambia y respira desde sus márgenes.


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