Dua Lipa durante la sesión fotográfica que realizó para su gira Radical Optimism Tour.

Anna Stephens

Fotografía por David Black.

En una época en la que la música parece diseñada para durar segundos, hay artistas que deciden construir para permanecer. Dua Lipa pertenece a ese extraño y cada vez más reducido círculo de quienes no dependen de una sola canción viral, sino de discos pensados como una obra completa.

Conocí esa fuerza desde adentro. Entre los años 2017 y 2023 fui la responsable del desarrollo de la carrera de Dua Lipa en México, trabajando estrechamente con su equipo y gestionando cada etapa de su crecimiento en nuestro país. Esa relación profesional me permitió observar que en ella no hay improvisación. Todo lo que hace responde a una visión a largo plazo y a una identidad construida con precisión casi arquitectónica. Ella es una mujer joven, segura de sí misma, que habla del deseo, la vulnerabilidad y la independencia con la misma naturalidad con la que baila. Y esa identidad es el cimiento de su permanencia.

El contraste con la industria actual es evidente. Mientras que el pop vive de la inmediatez , Dua Lipa ha desarrollado una discografía reconocible en la que cada álbum consolida un sonido propio y un universo visual que se puede identificar en segundos. En un panorama en el que muchas propuestas se desvanecen, ella eligió el camino de la inversión paciente en canciones que incitan a ser escuchadas una y otra vez, colaboraciones cuidadas y giras que confirman la relación con su público. Eso es lo que hace que su música sea más resistente al paso del tiempo que el promedio del pop actual. 

Cuando recibí Future Nostalgia seis semanas antes de su lanzamiento, esa certeza ya estaba ahí. Era un álbum que mostraba a una artista segura, imponente y elegante. Pero en 2020, la historia cambió inesperadamente para todos. La pandemia transformó nuestras vidas y, sin quererlo, las canciones del álbum fueron una especie de generador eléctrico en medio del apagón global. Mientras la industria musical entera se veía obligada a reinventarse, Dua Lipa fue el hilo conductor de las fiestas digitales que nos salvaron del aislamiento y Future Nostalgia el álbum con el que aprendimos a bailar sin tocar a nadie.

Hoy, con Radical Optimism, nos encontramos con una Dua Lipa que ya no está construyendo identidad, sino que la está habitando. Es la misma mujer que conocimos en Future Nostalgia, pero ahora más serena, más dueña de sus silencios, menos preocupada por demostrar y más interesada en contar quién es en medio del ruido. El álbum, tal vez menos contundente que su antecesor, confirma algo esencial, que Dua Lipa ha llegado a un punto de madurez en el que su propuesta es una forma de permanencia.

Trabajar con ella me dejó la certeza de que Dua Lipa es una artista que se ha construido desde su propia visión, y esa consistencia en un contexto tan dinámico como el actual demuestra que su carrera no se sostiene en el escándalo ni en el algoritmo, sino en la solidez de canciones y discos que pueden seguir escuchándose sin sentirlos como una anécdota de época. Dua Lipa eligió el ritmo de la identidad, la paciencia y la claridad. Esa sutil pero determinante diferencia —apostar por una identidad clara y una obra que se pueda revisitar— es lo que hoy la coloca del lado de quienes ocupan un lugar en los charts y en la memoria.


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