
Alexa Brazilian
Fotografía por David Chow
Diseño de set por Rachel Mannello
Esta primavera, en un almuerzo privado en una finca cerca de Lisboa, el diseñador de eventos Omer Gilony, de 27 años, decidió prescindir de los tradicionales arreglos florales. En su lugar, sobre una larga mesa dispuesta en el viñedo de la propiedad y salpicada de uvas, flores de ajo y alcachofas, las copas fueron el centro de atención. Las piezas sopladas a mano, de 25 centímetros de alto, tenían un tinte verde claro, con tallos por los que trepaban las diminutas hormigas y caracoles de vidrio como joyas. Sus bases convexas permitían que también sirvieran como cuencos para postre. “Son como esculturas funcionales”, dice Gilony, quien colaboró en el diseño con la artista del vidrio Lucie Claudia Podrabska, de 30 años, radicada en Lisboa y criada en las afueras de Praga, en la República Checa. Podrabska, que trabaja con artesanos en Bohemia para producir sus piezas, ve en ellas un atractivo que va más allá de lo estético. “Las copas hicieron que la gente conversara y prestara atención al momento presente”, dice. “Ahora lo necesitamos mucho”.
Después de varias décadas de vasos discretos y de incontables variaciones de copas sin tallo, la cristalería que da de qué hablar vuelve a ocupar las mesas y tiendas de lujo como Moda Operandi, que ofrece las copas en rosa, naranja y verde de la artista danesa Helle Mardahl, cuyas siluetas onduladas nos recuerdan al reflejo de un espejo de feria, así como las flautas de la diseñadora neoyorquina Sophie Lou Jacobsen, inspiradas en las flores de trompeta de ángel, con copas en forma de flor y tallos texturizados. En medio de “la incertidumbre y la desconexión, hay un movimiento hacia la decoración que genera dopamina”, afirma Cedric Mitchell, un artista que trabaja el vidrio en Los Ángeles, de 39 años, que crea vasos de colores vivos apoyados sobre esferas salpicadas en oro de 24 quilates. “La gente está llenando sus casas con objetos que despiertan la alegría, la creatividad y generan conversaciones”.
Con el consumo de vinos y licores a la baja, estos recipientes también sirven para dar un aire especial a bebidas sin alcohol. Jacobsen, de 38 años, colaboró recientemente con la marca de aperitivos sin alcohol Ghia con un par de vasos bajos para cocteles sin alcohol. Por su parte, el estudio neoyorquino Hudson Wilder vende sus copas sopladas a mano verdes en forma de pera en un set junto con el elixir Magnesi-Om de Moon Juice, la compañía de bienestar con base en Los Ángeles.
Para la artista del vidrio Dana Arbib, con sede en Nueva York, estas piezas especiales son un antídoto contra la cultura de consumo desechable. Tras cerrar su marca de moda A Peace Treaty, que había mantenido durante diez años, en 2019, comenta que hizo “una lista de cosas que no quería en mi siguiente carrera, y la sobreproducción y el desperdicio encabezaban la lista. Quería crear piezas destinadas a convertirse en herencia”. Con ese fin, viajó a Murano, la isla italiana famosa por su vidrio, para aprender el oficio, y presentó una colección de vasos en mayo: tumblers color ámbar con protuberancias redondeadas y copas de champaña en tonos tostados con espirales en negro. El pasado octubre, la diseñadora de joyas neoyorquina Jean Prounis también debutó con su propia línea de copas. Cubiertas de docenas de florecillas de vidrio, inspiradas en el Waldglas, un estilo originado en la Europa medieval para evitar que los frágiles vasos resbalaran entre los dedos grasientos.
Así como Arbib y Prounis, muchos de estos nuevos vidrieros comenzaron en otros ámbitos creativos. Margot Courgeon, de 31 años, radicada en Burdeos, Francia, estudió escultura en la Sorbona en París y en la Real Academia de Bellas Artes de Bruselas antes de fundar su línea Ulysse Sauvage. Sus copas parecen desafiar la gravedad y al igual que la cristalería de Podrabska, sus copas inclinadas se pusieron de cabeza para que sus bases sirvieran como platitos para profiteroles en un coctel de Dior en París en diciembre. “Caliento el vidrio a más de 1,000 grados, que es más de lo que hace la mayoría, hasta que toma la consistencia del yogur”, explica. “Luego lo dejo fluir solo. No me gusta intervenir demasiado”. También escultora, Miranda Keyes, una artista de 34 años radicada en Londres, pasó del bronce al vidrio hace ocho años y ahora crea flautas de champaña con formas ameboides, copas de martini que imitan el rizo de los alcatraces y copas de vino que parecen derretirse. “Cuando trabajaba con el bronce, tomaba todas las decisiones semanas antes de fundir una pieza”, cuenta. “Lo que me encanta del vidrio es que la forma solo aparece mientras lo estás modelando”. Pero sea cual sea el material, Keyes considera sus creaciones “ejercicios de escultura”, menciona. “Me encanta cómo un vino tinto profundo o un blanco pálido toma forma en mis piezas”.