La diseñadora y arquitecta española Patricia Urquiola, fotografiada el 1 de julio en la tienda de Cassina en Ciudad de México.

Kira Álvarez

Fotografía por Viridiana

HAY PROYECTOS QUE ocupan un espacio y lo definen. Cassina, la histórica casa italiana fundada en 1927 por Cesare y Umberto Cassina, entendió desde temprano que transformar la materia podía hacerse sin perder el alma: del taller a la industria, del gesto artesanal a la precisión técnica, con una constante emocional que atraviesa el tiempo. Casi un siglo después, su aterrizaje en Ciudad de México —en una tienda de 600 metros cuadrados sobre Paseo de la Reforma, en Lomas de Chapultepec, en colaboración con Piacere— no es un simple evento comercial: es la puesta en escena de una conversación más amplia sobre cómo queremos habitar hoy. Bajo el paraguas de The Cassina Perspective conviven íconos del movimiento moderno y piezas contemporáneas que dialogan con la luz, la materia y la memoria cotidiana.

En el centro de esa conversación está Patricia Urquiola, arquitecta y diseñadora española que es directora artística de Cassina. En su estudio milanés, la razón y la emoción no se neutralizan: se tensan para producir una forma más profunda de verdad. “Creo que el diseño siempre debe tener un gran equilibrio entre lo que es su lado funcional”, dice a T México, “porque si no se vuelve una máquina”. La idea no es abolir la función, sino ensancharla hasta tocar la experiencia. “Al final los objetos tienen que funcionar, pero también tienen que tocar nuestro lado sensible, nuestra curiosidad, nuestra gana de evolucionar; algo tienen que conectar con nosotros. Y es algo más íntimo, posiblemente por eso la llamamos alma.”

Urquiola habla del alma sin misticismo y sin dogmas. La ve como una brújula, como un principio de orientación que no excluye el método. “Hay un elemento fundamental en un proyecto. Eso no lo puedes perder, esa es la brújula. Si no lo pierdes, con el resto puedes hacer lo que quieras”, recuerda sobre las enseñanzas aprendidas de Achille Castiglioni, su profesor y mentor. Cada proyecto tiene su “código secreto”, asegura; no es una receta, sino una tensión que lo sostiene.

Florero Sestiere, sofá Mon-Cloud y mesa Sengu, todos diseños de Urquiola.

En su estudio han bautizado ese momento crítico como “el principio del Rovesciamento”. “Tengo incluso un modo en el trabajar… El principio de dar la vuelta a todo en un cierto punto”, cuenta. “Hay que verificar la sensibilidad del proyecto, la curiosidad, la gracia…”. En su proceso no solo la técnica es verificada —condición necesaria—, también la respiración del objeto, su capacidad de emocionar sin estridencias. “Creo que, al final, la comunidad de gente sensible es muy amplia, muy diversa y diversificada. Somos muy distintos, pero esa sensibilidad atraviesa”, relata sobre una transversalidad —una manera de tocar a públicos disímiles, en definitiva— que para ella siempre es la prueba de vida de un proyecto.

Cassina ha hecho de esa transversalidad una política material. La marca italiana consolidó una cultura industrial capaz de transformar en serie los gestos de Le Corbusier, Charlotte Perriand, Gerrit Rietveld o Gio Ponti, y hoy ese legado convive con un foco ineludible: repensar los procesos y los materiales desde una ética del ciclo completo. “Tenemos menos materias para utilizar, entonces tendremos que usarlas mejor, tendremos que darles un plus de valor si somos capaces de regenerarlas… ¿cómo las podemos hacer mágicas y atractiva y no solo atractivas, válidas?”, se pregunta Urquiola, defensora de la belleza con estructura ética y técnica.

El ejemplo que enuncia sin impostación es el de Dudet, un asiento de curvas amables que parece simple pero que es, en realidad, una inteligencia material. “Me habían pedido que fuera un asiento con un molde de goma y yo estaba en lucha. La goma es un poco como el cemento, necesita un alma de metal; luego, al final de su vida, se quedan los dos unidos y no se pueden desmembrar”, expresa, así que la solución fue casi doméstica, traviesa incluso: “Al alma interior de metal vamos a ponerle aceite y a meterlo así en el molde, al final con un pequeño corte se quita”, apunta, y reconoce que hubo resistencia en el equipo, y muchas pruebas, hasta que se demostró que el metal acababa por separarse sin problemas.

Silla Dudet y espejo No Vanitas, ambos de la diseñadora.

De ese rigor nace una actitud abierta a la diversidad de escalas y tiempos. Pensar el inicio y la muerte del objeto —su desarme, su regeneración— obliga a afinar la mirada sobre las cadenas de producción, sobre las distancias y a cuestionar la mezcla entre industria y oficio. Para ella, “el futuro es diversificar”, aunque advierte que es un camino que exige control y atención y saber en todo momento dónde está la brújula, aun cuando el mapa cambie.

En México, esa brújula encuentra resonancia. “Aquí una casa tiene su sentido, porque los mexicanos inmediatamente lo entienden. Tienen un gran respeto por la domesticidad, por la narración de este espacio”, apunta. Y es que no se trata de traer un catálogo y colocarlo como si el mundo fuera homogéneo, sino de escuchar el genius loci —la presión callada del lugar— y responder con cortesía y carácter. Esa cortesía es material: una mesa que organiza el rito de comer, un sillón que invita al tiempo lento, un gabinete que guarda algo más que objetos. 

México no es un episodio ocasional en el imaginario de Urquiola, “muy inspirada”, según sus palabras por todos los elementos de la cultura material mexicana. Su biografía teje puentes: “Nací en el norte de España, en Asturias, y había mucha gente mexicana que volvía. Eso era muy clásico”, recuerda. La experiencia en Italia sumó una tercera lengua, un tercer pulso. “No porque añades otra cultura pierdes la otra mitad. Yo soy cien por cien española y cien por cien milanesa, depende del tiempo y del momento”. Esa identidad elástica se despliega también en su opinión sobre el craft, para ella milenario e inmenso. “El diseño muchas veces se alimenta y se amplía fuertemente de todo el craft”, matiza quien fue jurado del Loewe Craft Prize desde su primera edición, una posición que le confirmó que la conversación entre arte, oficio e industria no es tangencial, sino central y el poder de la creación mexicana. El año pasado, el ganador fue Andrés Anza y la arquitecta Frida Escobedo forma parte del nuevo jurado.

Las poltronas Back Wing Armchair (en la imagen en color café) son uno de los diseños icónicos de Urquiola.

Cuando se le nombran referentes mexicanos, no recita obviedades: piensa en materia, luz y vacío. Menciona a los arquitectos Mauricio Rocha y Gabriela Carrillo y a Tatiana Bilbao, a quien respeta por su “gran sensibilidad por la materia”. Y a Luis Barragán, por supuesto. “No pude ir a La Cuadra, sigue siendo mi fantasía”, dice acerca de un espacio conocido para ella, porque en Urquiola todo está vivo si se recorre.

Después de la pandemia, rememora, ese interés por los procesos y las materias se hizo más público, más transversal. No se trata de convertir cada objeto en un manifiesto, sino de hacer que la ética estructure la forma y no el eslogan; esto es, que un asiento se desmiembre al final de su vida, que una espuma sea bio, que un metal pueda separarse y que la lógica productiva se acerque cuando convenga al kilómetro cero. Son decisiones discretas que afinan la música de un proyecto. Ahí es donde The Cassina Perspective funciona como una partitura abierta que apuesta por un eclecticismo con reglas claras: excelencia material, investigación constante, historia y presente en conversación. En México, ese libreto se encuentra con arquitectos, interioristas y amantes del diseño que entienden que la domesticidad no es un refugio contra el mundo, sino una forma de estar en él. La tienda —dos niveles donde los íconos modernos se dejan interpelar por las exploraciones actuales— propone escenas de vida antes que vitrinas e invita a sentarse, a tocar y a ajustar la mirada.

Urquiola, que podría legitimar su discurso con una lista interminable de colaboraciones, prefiere regresar a lo esencial. “Podemos llamar de tantas maneras [a eso]: alma, sensibilidad… Pero es profundamente humano”, confiesa, y añade un asterisco que es casi una ética de trabajo: adaptarse no es ceder, es escuchar al proyecto, al lugar y al momento. Esa consciencia de contexto —lo relacional como materia— refina sus decisiones formales.

Sofá Sengu Bold, también de Urquiola.

El resultado es una narrativa donde el confort no es complacencia gracias a ergonomías que acogen sin dominar, materiales que envejecen con dignidad y colores que dialogan con la luz local. En una época que fetichiza la novedad instantánea, Cassina sostiene una temporalidad construida sobre el uso, el tacto y las micro decisiones que hacen que un mueble acompañe toda una biografía. Por eso su llegada a México tiene sentido, porque aquí la domesticidad —la historia que una casa se cuenta a sí misma— sigue siendo una forma alta de cultura.

“Todo lo que hacemos toca un lado existencial”, dice Urquiola, “y lo existencial cambia continuamente”, agrega. Tal vez por eso su insistencia en la verificación, en darse la vuelta a mirar de nuevo y comprobar si el proyecto sigue respirando. Hay una humildad rara en ese gesto. Y, al mismo tiempo, una innegociable voluntad de precisión. Entre ambos polos —brújula y rovesciamento— aparece un lenguaje que no necesita gritar para hacerse oír.

Quizá esto sea, al final, lo que vuelve pertinente a Cassina en esta ciudad: la capacidad de ofrecer un lugar donde la forma y la ética se reconcilian sin aspavientos; donde un sillón puede ser una pregunta bien formulada; donde una mesa convoca el rito de lo común; donde una celosía vuelve visible la coreografía de la luz. Urquiola lo dice con una claridad que desarma: “El diseño tiene que conectar con nuestro lado sensible, con nuestra curiosidad, con nuestras ganas de evolucionar”, concluye. A eso lo llama alma. Y el alma —cuando es de verdad— no necesita explicarse: se reconoce.

Originaria de Asturias, Urquiola confiesa que se siente “cien por cien asturiana y cien por cien milanesa”, dependiendo “del tiempo y el momento”.

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