El dormitorio principal de la histórica casa de Peter Bradley en Saugerties, Nueva York. El artista eliminó el plafón, instaló un tragaluz en el techo y reforzó la chimenea, incrustando hojas y un avión a escala en el cemento.

Kate Guadagnino

Fotografía Blaine Davis

A finales de la década de 1980, el artista Peter Bradley manejaba por el norte del estado de Nueva York. Según recuerda, iba con la música Eleana Tee Cobb, una amiga a quien le había presentado Miles Davis años atrás. En algún momento pasaron frente a una casa de piedra abandonada y Bradley sintió el impulso de entrar.

Entonces habló con el dueño, que vivía en una granja más adelante en el camino y a quien sorprendió su interés: la casa no tenía agua corriente, calefacción ni electricidad y, además, necesitaba muchísimo trabajo. Poco después empezó a rentar la propiedad con la intención de comprarla, algo que él y su esposa, Debra Roskowski-Bradley, hoy de 69 años, hicieron en 1997.

Otro de sus amigos, el baterista de jazz Art Blakey, solía preguntarle: “¿Quién diablos quiere una casa gris?”. Pero Bradley, ahora de 86 años, sigue viviendo ahí con Roskowski-Bradley, diseñadora de moda retirada. De sencillo estilo georgiano, cuenta con dos recámaras, varias ventanas de guillotina alineadas en la fachada y un
techo a dos aguas a los costados.

Dos pinturas recientes todavía en proceso en el estudio de Bradley.

De dos pisos y unos 280 metros cuadrados, la casa fue construida para una familia neerlandesa a mediados del siglo XVIII. Se encuentra en el poblado de Saugerties, al oeste del río Hudson y al este de las montañas Catskill. Sin duda prometía una forma de vida muy distinta a la que Bradley estaba acostumbrado en Manhattan, donde llegó en 1960 procedente de Detroit.

Un trabajo instalando obras de arte en el Museo Guggenheim lo llevó después a Perls Galleries, donde empezó a vender piezas de Pablo Picasso, Fernand Léger y Georges Braque; este último, según Bradley, “era mejor que Picasso”, quien tenía “una bocota”. Así fue como se convirtió en uno de los primeros comerciantes de arte negros de la ciudad.

En 1971, con el apoyo de los coleccionistas John y Dominique de Menil, curó The De Luxe Show en un cine abandonado en el Fifth Ward de Houston. La muestra reunió obras de artistas abstractos negros, entre ellos el propio Bradley, junto con las de artistas blancos, y fue una de las primeras exposiciones en integrar ambas razas en Estados Unidos.

El lavabo pertenecía a la casa de la infancia de Bradley en Connellsville, Pensilvania, mientras que la bañera revestida de mármol se construyó para un loft que tuvo en Manhattan en la década de 1970 y que diseñó en colaboración con el arquitecto Paul Heyer.

Bradley formó parte de la segunda generación de pintores vinculados al Color Field, quienes estaban convencidos de que el color en sí mismo podía reflejar y provocar emociones. Algunas de sus primeras obras se presentaron en una exposición colectiva del MoMA en 1968 y en la Bienal del Whitney de 1973, y también tuvo varias exposiciones individuales en la André Emmerich Gallery.

Bradley se movió por la escena artística neoyorquina en una época en que estaba muy segregada, y vivió tanto el racismo como la inestabilidad económica. En 1989 lo desalojaron de la antigua estación de bomberos de Chinatown que compartía con su entonces esposa, la artista Suzanne McClelland, y la hija pequeña de ambos, Garrett Bradley, quien hoy es una cineasta radicada en Nueva Orleans. Por eso, la casa de Saugerties no era simplemente un lugar donde vivir; como dice Garrett: “Era un nuevo comienzo”.

Bradley excavó un pozo, cambió las ventanas y arrancó buena parte del piso que separaba el segundo nivel del ático. El artista respetó el pasado de la casa —al conocer la historia de la infraestructura de la región y el hecho de que la esclavitud no fue abolida en Nueva York sino hasta 1827, cree que fue construida por personas esclavizadas—, pero tampoco tuvo reparos en modificar su arquitectura. Con ayuda de dos amigos, abrió un hueco de unos 60 centímetros en un muro para comunicar la cocina del sótano con una gruta que funcionaba como cisterna.

El artista trabaja con los lienzos sobre el suelo y vierte sobre ellos acrílico y agua directamente desde cubetas; Bradley observa a través del panel de vidrio que instaló entre la entrada de la casa y el invernadero; un baño abierto en el segundo piso.

Quería convertirla en un salón para fumar puros, pero como no dejaba de llenarse de agua, terminó por dejarla como estanque interior. También construyó un invernadero y plantó tulipanes en el jardín. Para aumentar la entrada de luz natural, Bradley instaló tragaluces en el techo y rejillas metálicas en el piso. De manera consistente, el carácter rústico de la casa se combina con el espíritu crudo, aunque más industrial, de un loft de artista: en la cocina, las vigas corren en paralelo a una chimenea de metro y medio de ancho, mientras que reflectores rectangulares iluminan unas cubiertas de acero inoxidable que obtuvo en un almacén en el Bowery donde se suministran restaurantes.

En la sala, además de un sillón Bastiano restaurado y tapizado en terciopelo de lana color verde azulado y una pintura de Bradley en rosa y verde, hay una fotografía en blanco y negro de reflejos de luz sobre el agua, obra de su viejo amigo Adger Cowans, quien trabajó en la revista Life junto a Gordon Parks. Al otro lado del cuarto cuelga una litografía de Alexander Calder que representa un sol con rostro; Bradley vendía la obra de Calder en Perls.

En la parte inferior de la pieza, puede leerse, escrito con lápiz ya desvanecido: “Para Peter Bradley”. También hay un cráneo de elefante que Bradley consiguió en Sudáfrica, adonde viajó a mediados de la década de 1980 para ayudar a fundar el Thupelo Workshop, un proyecto que buscaba ofrecer un espacio a los artistas durante el apartheid. Además, hay una máscara de África Occidental que Bradley le compró a Merton Simpson, artista y comerciante del norte de Manhattan especializado en arte tribal.

 Inspirados en la obra de Luis Barragán, Bradley y su esposa, la diseñadora de moda retirada Debra Roskowski-Bradley, escogieron un rojo oxidado para la chimenea de la sala. A un lado se encuentran una litografía de Alexander Calder de 1965 y un cráneo de elefante que Bradley consiguió en Johannesburgo a mediados de la década de 1980.

En el segundo piso hay varios objetos que remiten a etapas anteriores de la vida de Bradley. Mientras reforzaba la chimenea del dormitorio principal, incrustó en el cemento húmedo un modelo de avión de ébano que tiene desde que era niño. Desde hace mucho le fascinan los aviones y las naves espaciales, y no pasa por alto que sus pinturas, que crea sobre el suelo, parecen mundos misteriosos vistos desde las alturas.

Nacido en 1940 y adoptado por una mujer llamada Edith Ramsey Strange, Bradley creció en Connellsville, Pensilvania. Su mamá se ganaba la vida lavando ropa, recibiendo niños de acogida en su casa y alquilando habitaciones a músicos itinerantes. Así fue como Bradley conoció a Davis (el tío de Bradley llegó a insinuar que tal vez era su papá biológico), además de a otras leyendas del jazz como Clifford Brown, Erroll Garner, Dizzy Gillespie y Blakey, con quien Bradley saldría de gira como mánager en la década de 1980.

Después de terminar la preparatoria, Bradley se mudó a Detroit y empezó a frecuentar círculos de músicos. Según cuenta, cuando se casó con su primera esposa, Grace Burney, Aretha Franklin cantó en la boda. Estudió durante algunos años en la institución que entonces se conocía como Detroit Society of Arts and Crafts, antes de subirse a un camión rumbo a Nueva York, donde su primer trabajo fue en un taller de enmarcado.

Una sala con paredes de piedra, vigas a la vista y un piso de pino. Bradley añadió las rejas de hierro forjado, las sillas Barcelona diseñadas por Ludwig Mies van der Rohe y Lilly Reich y una estufa de leña Fisher que cuida con dedicación.

En 1966 entró a la Yale School of Art, pero dos años después dejó los estudios. Había chocado con algunos maestros, pues sentía que lo reducían a su identidad, y quería que su obra pudiera existir al margen de ella.

En Nueva York tuvo un círculo social que incluía a los artistas William T. Williams (con quien compartía estudio en un edificio de Broadway), Joel Shapiro (quien vivía en el piso de arriba), Kenneth Noland (un piso más abajo) y Larry Poons (a quien Bradley llama Looney Tuney de cariño). “Su entorno y su vida social eran una parte fundamental de su manera de ser y, de cierta forma, también de su práctica”, dice Garrett.

Recuerda que siempre había mucha gente en la estación de bomberos, y también en la casa de piedra: “Se sentaban a tomar cerveza y pintaban. Ese era el proceso”. En 2021, después de décadas de trabajar lejos de los reflectores, Bradley comenzó a colaborar con la galería neoyorquina Karma, que el pasado julio presentó sus pinturas.

Este otoño también participará en una exposición colectiva en MoMA PS1 titulada Hard Art, término que él mismo acuñó con el que se refería a un arte que exigía una atención profunda y estaba “libre de obstáculos”.

Hoy son menos los artistas y músicos que pasan por la casa, pero Bradley sigue cuidando las plantas y pintando. “He vivido entregado al arte todos los días de mi vida”, dice. Una fría tarde de marzo, el artista estaba sentado junto a la estufa de leña de la sala, alimentando el fuego. Después caminó hasta su estudio, una construcción nueva con aspecto de granero situada a unos 35 metros de la casa, al otro lado de un pequeño bosque de bambú.

En el exterior había algunas de sus esculturas, ensamblajes de piezas de acero de distintas formas; dentro, algunos lienzos pintados apilados y otros acomodados en estantes. “Muy hip”, dijo sobre uno con una superficie rosa texturizada, y comentó cuáles le parecían las zonas más logradas de una obra nueva —pintura negra salpicada sobre amarillo— que quería recortar. Buscando inspiración, eligió una grabación de Derek and the Dominos improvisando con Duane Allman y la puso en unas bocinas vintage en el piso.

A Bradley le gusta escuchar música mientras trabaja y dejar que el sonido guíe tanto sus elecciones de color como sus movimientos. “Se va a quedar para siempre en esta casa”, dice Garrett, “incluso cuando deje esta dimensión”.


TE RECOMENDAMOS