
T Magazine México
Un animal puede tener alas, cuernos y patas que pertenecen a tres especies distintas… Frente a un alebrije, la mirada suele ir primero hacia la criatura. Después aparece una pregunta que cambia la forma de verla: ¿quién supo construirla?
La historia del alebrije comienza en la cartonería de la Ciudad de México. Pedro Linares López, nacido en 1906, aprendió el trabajo del papel en un entorno familiar de artesanos. A él se atribuye la creación de estas figuras fantásticas, surgidas en la década de 1930. La conocida historia de las criaturas que vio durante una enfermedad forma parte del relato de su origen; también lo forman los años de aprendizaje que le permitieron darles cuerpo.


Con el tiempo, el nombre viajó. En Oaxaca se usa también para las figuras talladas en madera de copal, una práctica con materiales, herramientas y trayectorias propias. Una pieza de cartón modelada en la capital y una talla hecha en San Martín Tilcajete pueden compartir una imaginación desbordante, pero cuentan historias diferentes.

Reconocer esa diferencia permite apreciar mejor a quienes trabajan en cada una. Ahí comienza una tarea de conservación más precisa, una fotografía puede guardar la imagen de un alebrije, pero deja fuera las decisiones que sostienen su forma: cómo se arma una estructura, cómo se talla una curva, quién enseñó a pintar una superficie diminuta. El conocimiento artesanal pasa por las manos y por la conversación en los talleres. Registrar el nombre de sus autores, sus técnicas y sus lugares de trabajo ayuda a que las generaciones siguientes reciban algo más que un objeto terminado.

También hace falta tiempo para contar esas historias sin reducirlas a una sola versión. La familia Linares ha continuado el trabajo de la cartonería; los talleres oaxaqueños han desarrollado sus propios lenguajes en madera… Cada pieza pertenece a una cadena de aprendizaje y creación que sigue cambiando.
El alebrije conserva su capacidad de sorprender, tocarlo permite descubrir que bajo sus colores hay una historia de materiales, familias y decisiones artísticas. Recordarla es una forma concreta de cuidar la artesanía mexicana y de reconocer a las personas que la mantienen viva.