
Carolina Chávez
Llegué a Los Cabos de vacaciones. Mi mejor amiga se había mudado hacía poco y me invitó a pasar un tiempo ahí. Como sucede con muchas historias que alteran silenciosamente el curso de una vida, mi breve estancia vacacional se convirtió en una mudanza completa.
La nueva residencia implicó aprender a vivir en un entorno agreste, dominado por la dureza y el contraste de la naturaleza. El mar y el desierto conviven sin suavizarse: uno comienza exactamente donde termina el otro. Los atardeceres son, quizá, los más hermosos que he visto en mi vida; los cielos nocturnos, lejos de las concentraciones urbanas, recuperan una profundidad casi olvidada. Basta alejarse de las luces artificiales para comprender cuánto hemos dejado de mirar hacia arriba, dice mi papá.


Sin embargo, vivir en Baja California Sur también exige desmontar la imagen construida alrededor de Los Cabos. Más allá de los hoteles, los campos de golf y las playas convertidas en escenarios internacionales, existe un estado atravesado por grandes distancias, poblaciones dispersas y una relación exigente con sus recursos. En una de las entidades menos densamente pobladas del país, la distancia no es una abstracción geográfica: determina los precios, el acceso a ciertos servicios, el abastecimiento y buena parte de la vida cotidiana.

Muchos productos deben recorrer cientos o miles de kilómetros antes de llegar a una mesa sudcaliforniana. Esa condición insular —aunque la península esté unida por tierra al resto del país— ayuda a explicar por qué comer, construir o simplemente sostener una casa puede resultar considerablemente más caro que en otras regiones de México. A ello se suman la especulación inmobiliaria, la expansión turística y una gentrificación que ha transformado con rapidez distintas comunidades costeras.
Para comprender Baja California Sur hay que salir de Los Cabos y tomar la carretera.
La Carretera Transpeninsular, oficialmente Carretera Federal 1, recorre la península de norte a sur. En territorio sudcaliforniano, el trayecto comienza en las inmediaciones de Guerrero Negro y continúa por San Ignacio, Santa Rosalía, Mulegé, Loreto, Ciudad Constitución y La Paz antes de abrirse hacia las poblaciones del sur. Uno de sus recorridos conduce por San Antonio, Santiago, Los Barriles y San José del Cabo hasta alcanzar Cabo San Lucas. Seguir esa línea sobre el mapa significa atravesar uno de los paisajes más singulares de México.

La carretera obliga a entender la escala. Hay tramos en los que durante kilómetros solo aparecen cardones, montañas pedregosas y grandes extensiones de tierra. El mar desaparece y vuelve a surgir, algunas veces sereno; otras, contenido entre acantilados. Las estaciones de gasolina pueden quedar muy lejos unas de otras y la señal telefónica se pierde con frecuencia. Aquí, conducir requiere atención, provisiones y respeto por una geografía que no se adapta al viajero.

Recorrerla de norte a sur también permite advertir que Baja California Sur no constituye un paisaje uniforme. Guerrero Negro está asociado a las salinas y a la llegada estacional de la ballena gris. San Ignacio aparece como un oasis de palmeras datileras en medio del desierto. Santa Rosalía conserva las huellas de su pasado minero y una arquitectura que introduce inesperados ecos franceses. Mulegé y Bahía Concepción ofrecen algunas de las imágenes costeras más contundentes de la península, mientras Loreto reúne mar, sierra, misiones y una historia fundamental para comprender la colonización de las Californias.

Después vienen los extensos valles agrícolas, La Paz y su horizonte abierto sobre el golfo; más adelante, los antiguos pueblos mineros y las comunidades del sur. En Todos Santos, el crecimiento cultural y turístico convive con una presión inmobiliaria cada vez más evidente. En Los Barriles, La Ribera, Santiago y otras localidades del Cabo del Este, el paisaje todavía conserva zonas de relativa quietud, aunque los nuevos desarrollos anuncian una transformación acelerada.

La cocina acompaña cada parte del trayecto. En Baja California Sur, la proximidad del océano se vuelve materia cotidiana: pescados, almejas, camarones, callos, pulpo y distintas preparaciones que dependen de la temporada y de la pesca disponible. La abundancia marina, sin embargo, no elimina las contradicciones económicas. Se puede vivir cerca de una fuente extraordinaria de alimentos y, al mismo tiempo, pagar precios elevados por numerosos productos básicos. La riqueza natural no siempre se traduce en accesibilidad para quienes habitan el estado.
También está la presencia extranjera, especialmente visible en las comunidades costeras del sur. Su llegada ha creado intercambios culturales, fuentes de empleo y nuevos negocios, pero sería ingenuo ignorar sus implicaciones. El poder adquisitivo desigual modifica el valor de la tierra, encarece las rentas y produce zonas donde el inglés domina las relaciones comerciales. En algunos lugares, quienes nacieron ahí comienzan a encontrar dificultades para permanecer cerca del mar que ha formado parte de su vida durante generaciones.

Frente a esa transformación, la identidad choyera persiste con una fuerza particular. La hospitalidad de las comunidades sudcalifornianas es generosa, aunque no necesariamente inmediata. Existe una reserva inicial que, desde fuera, puede confundirse con hostilidad. Con el tiempo comprendí que esa cautela tiene razones profundas. Quien vive en una región sometida durante décadas a llegadas, apropiaciones y promesas de desarrollo aprende a observar antes de abrir la puerta.

Ser recibido supone también asumir una responsabilidad: no comportarse como si el paisaje estuviera vacío o disponible. El desierto no es un fondo fotográfico, las playas no son extensiones sin historia y las comunidades no existen únicamente para atender a quienes llegan. Habitar Baja California Sur exige reconocer sus límites, cuidar el agua, escuchar a quienes llevan ahí varias generaciones y comprender que la belleza de un sitio no concede derechos sobre él.
La Transpeninsular permite acercarse a esa complejidad. Viajarla no consiste únicamente en enlazar destinos, sino en observar cómo cambia la luz, cómo se modifica la vegetación y cómo la vida encuentra formas de sostenerse en condiciones extremas. Cada parada desarma un poco la postal de Los Cabos y revela una península mucho más extensa, contradictoria y sorprendente.
Después de vivir ahí, entendí que Baja California Sur no se entrega de inmediato. Hay que recorrerla lentamente, aceptar sus silencios y mirar más allá de los lugares que aparecen en las campañas turísticas. Su verdadera dimensión comienza en la carretera: entre el mar que reaparece a lo lejos, los cardones inmensos, las curvas abiertas y esa sensación de avanzar por una tierra que todavía conserva zonas capaces de recordarnos nuestra propia pequeñez.