Foto: Karla Álvarez

Karla Álvarez

Recorrer una Bienal de Venecia significa aceptar, desde el principio, que resulta imposible verlo todo. La ciudad multiplica las imágenes: los pabellones, el agua, las filas, las conversaciones en distintos idiomas y las obras que continúan apareciendo mucho después de abandonar los Giardini o el Arsenale.

En su edición 61, esa saturación encuentra un contrapunto en In Minor Keys, el proyecto curatorial concebido por Koyo Kouoh. El título es una clave de lectura: bajar el volumen para prestar atención a otras frecuencias, a relatos históricos y afectivos que durante décadas ocuparon posiciones periféricas dentro de las grandes instituciones del arte. ¡Sh!

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Kouoh murió inesperadamente en mayo de 2025, cuando buena parte de la exposición ya había sido definida. La Bienal decidió continuar el proyecto junto con el equipo que trabajó con ella. El resultado reúne a 110 participantes procedentes de geografías diversas y construye conexiones que atraviesan África, América Latina, Asia, Europa y sus diásporas.

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Vista desde Venecia, la escala monumental de la Bienal convive así con algo mucho más íntimo: obras que obligan a acercarse, escuchar, detener el paso. Entre tanta imagen, quizá uno de los gestos más interesantes de esta edición consiste precisamente en preguntarnos a qué hemos aprendido a prestar atención y qué voces permanecían, hasta ahora, en otra frecuencia.

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México participa desde el Arsenale con Actos invisibles para sostener el universo, del colectivo RojoNegro —María Sosa y Noé Martínez—, bajo la curaduría de Jessica Berlanga Taylor. Sal, barro, tabaco, respiración y sonido construyen una instalación vinculada con memorias ancestrales y cosmologías indígenas, afromexicanas y rurales: una presencia que encuentra una resonancia particular dentro de una Bienal dedicada, precisamente, a escuchar desde otros lugares.


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