Arduinna

Redacción T México

Antes de convertirse en una piedra sobre el cuerpo, el ámbar fue resina. En Chiapas, su historia comenzó hace millones de años, cuando antiguos árboles liberaron una sustancia que quedó enterrada entre sedimentos hasta fosilizarse. El resultado conserva fascinantes tonalidades que van del amarillo y el miel al rojo, el verde y algunos ejemplares de apariencia azulada.

Los principales yacimientos se encuentran en la región de Simojovel, en las montañas del norte de Chiapas, donde su extracción continúa ligada a minas y talleres familiares. La relación con el territorio es tan estrecha que, desde el año 2000, el Ámbar de Chiapas ¡cuenta con Denominación de Origen en México!, una protección que reconoce tanto su procedencia como las características particulares de esta materia fósil.

Su importancia, sin embargo, antecede a cualquier certificación contemporánea. Durante siglos, distintas comunidades mesoamericanas utilizaron el ámbar como ornamento, objeto ceremonial y material de intercambio. Esa continuidad permite observarlo como parte de una historia cultural mucho más amplia: la de los materiales mexicanos cuyo valor surge de la convergencia entre biodiversidad, geología y conocimiento humano.

En el mundo, el ámbar suele asociarse con los grandes depósitos del Báltico. El ejemplar chiapaneco introduce otra geografía en esa conversación. Sus colores, transparencia y ocasionales inclusiones de pequeños organismos y restos vegetales lo convierten también en una diminuta cápsula del pasado, materia capaz de conservar rastros de ecosistemas desaparecidos.

Apreciar el ámbar de Chiapas implica entonces mirar mucho más allá de su brillo. Cada pieza lleva consigo una escala de tiempo difícil de dimensionar y una cadena de saberes que llega hasta las manos de mineros, talladores y artesanos contemporáneos. En esa relación entre profundidad geológica y cultura viva reside buena parte de su singularidad mexicana.


TE RECOMENDAMOS