Foto: Karla Álvarez

Karla Álvarez / Carolina Chávez

Pedir un deseo es uno de esos gestos que parecen sobrevivir a todas las épocas… Lo hacemos frente a las velas de un pastel, al encontrar una pestaña caída, al lanzar una moneda dentro de una fuente o cuando vemos pasar una estrella fugaz. Cambian las supersticiones y los rituales, pero permanece una intuición profundamente humana, la posibilidad de que formular aquello que queremos pueda acercarnos, aunque sea mínimamente, a ello.

Quizá por eso escribir un deseo tiene una potencia particular. La escritura obliga a precisar lo que hasta entonces podía permanecer disperso en la imaginación. ¿Qué pediríamos si tuviéramos que reducir nuestros anhelos a unas cuantas palabras? ¿Amor, dinero, salud, un viaje, el regreso de alguien, una reconciliación, una oportunidad, una vida distinta? Ponerlo sobre el papel significa reconocerlo y, de alguna manera, admitir frente a nosotros mismos que todavía esperamos algo del futuro.

Foto: Karla Álvarez

En el número 7 de la calle Escalinata, cerca de Ópera, en Madrid, existe un pequeño espacio construido alrededor de ese gesto. La Tienda de los Deseos comienza a llamar la atención desde la calle, pero es al entrar cuando su verdadera dimensión aparece: miles de deseos escritos por desconocidos ocupan distintos rincones y convierten el lugar en una suerte de archivo involuntario de la esperanza.

La dinámica es sencilla. Cualquier persona puede escribir gratuitamente su deseo, colocarlo en algún lugar de la tienda y, al terminar, tocar una campana. No existe garantía alguna, por supuesto, de que aquello escrito vaya a cumplirse. Y precisamente ahí reside buena parte del interés del gesto: durante unos minutos, la posibilidad importa tanto como el resultado.

Foto: Karla Álvarez

Entre tantos papeles también ocurre algo extraño y conmovedor. Aquello que solemos considerar profundamente íntimo comienza a revelar una dimensión colectiva. Deseamos de maneras distintas, pero muchas veces deseamos las mismas cosas: ser queridos, recuperar a alguien, encontrar estabilidad, conocer otro lugar, sanar una relación, comenzar de nuevo. Leer o simplemente observar la acumulación de esas peticiones permite advertir hasta qué punto la esperanza también puede ser una experiencia compartida.

Foto: Karla Álvarez

La tienda lleva esa idea hacia los objetos cotidianos con plumas, libretas y pequeños recuerdos vinculados con el acto de escribir y conservar deseos. Interesan menos como promesas de manifestación que como extensión material de un ritual antiquísimo, sí, registrar aquello que todavía no tenemos para impedir que se pierda entre las urgencias de todos los días.

Tal vez un deseo escrito sea únicamente eso: tinta sobre papel. Pero también puede ser una pequeña declaración de voluntad, una manera de decir esto es lo que quiero antes de saber si será posible. Emocionante encontrar un lugar dedicado a una acción mucho menos racional y bastante más humana: pedir.

Y después, tocar una campana y seguir caminando por Madrid con la secreta posibilidad de que algo, en algún momento, suceda.

UBICACIÓN

La Tienda de los Deseos
Calle de la Escalinata, 7
Ópera, Madrid


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