Foto: Campbell Plowden

Carlota Chan

Dentro de los frutos espinosos de la Bixa orellana, un arbusto nativo de los neotrópicos, aparecen pequeñas semillas cubiertas por un pigmento rojo intenso: de ellas se obtienen la bixina y la norbixina, colorantes naturales cuyo uso en América antecede por siglos a la industria alimentaria contemporánea.

Su historia mexicana comienza mucho antes de la cochinita pibil. En el mundo prehispánico fue utilizado como pigmento, elemento ceremonial y parte de preparaciones con cacao; distintas fuentes registran además su empleo para teñir el cuerpo y diversos objetos. El propio nombre conserva esa antigüedad: achiote deriva del náhuatl achíyotl, mientras que en territorio maya también es conocido como k’uxub.

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Esa capacidad para producir color resulta fundamental para comprender su singularidad. El rojo del achiote nunca fue únicamente una cuestión estética, estuvo asociado simbólicamente con la sangre y formó parte de una extensa cultura americana de pigmentos naturales. México conserva una tradición extraordinariamente diversa de tintes obtenidos de plantas, insectos, moluscos y minerales; el achiote ocupa un lugar particular dentro de ese universo porque su color consiguió atravesar los siglos y permanecer en la vida cotidiana.

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En la Península de Yucatán, las semillas molidas se convirtieron en parte esencial del recado rojo y de preparaciones como la cochinita pibil. Su presencia también se extendió hacia tamales, panuchos, adobos, mixiotes y otras cocinas regionales. Así, un antiguo pigmento terminó construyendo también una memoria gustativa: reconocemos ciertos platos por ese tono terroso y rojizo incluso antes de probarlos.

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Su importancia alcanza además al paisaje agrícola. El achiote suele cultivarse en huertos familiares junto a frutales, maíz y frijol, y puede contribuir al control de la erosión. La conservación de sus materiales criollos resulta relevante porque preservar una planta cultivada implica también conservar los conocimientos, prácticas y relaciones comunitarias desarrolladas alrededor de ella.

Quizá ahí reside la verdadera dimensión del achiote: en una semilla diminuta sobreviven simultáneamente biodiversidad, cocina, lenguaje, agricultura y memoria. Su rojo sigue apareciendo sobre nuestras mesas como una evidencia discreta de que comer también puede ser una manera de transmitir conocimiento ancestral.


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