
Redacción T México
Existe una manera bastante cómoda de imaginar la Antigüedad: Grecia conduce a Roma, Roma a Europa y Europa termina convertida en una suerte de centro natural desde el cual contar la historia del mundo. Durante siglos, esta genealogía organizó museos, libros, colecciones y buena parte de nuestra educación visual. El problema aparece cuando los objetos comienzan a hablar y la historia resulta bastante menos ordenada.
Una pequeña estatuilla india de marfil encontrada en Pompeya durante el siglo I d.C. basta para alterar esa cartografía. Su presencia en una ciudad romana obliga a imaginar las rutas, intercambios y desplazamientos que tuvieron que ocurrir para que un objeto producido dentro de otro universo cultural terminara a miles de kilómetros de distancia. La pieza forma parte de Global Antiquity, proyecto de Fondazione Prada que reúne objetos capaces de revelar algo que nuestra época suele atribuirse a sí misma: el mundo llevaba muchos siglos conectado antes de que inventáramos la palabra globalización.
Las piezas incluidas en el proyecto dibujan una geografía sorprendentemente extensa. Aparecen un Buda sentado en meditación procedente del actual Pakistán, fechado entre los siglos II y III d.C.; un fragmento de relieve encontrado en el valle de Swat; y una estatua de bronce de un hombre con coraza y manto proveniente de Arabia meridional. Cada objeto contiene una historia material, pero al observarlos en conjunto aparece otra mucho mayor: la Antigüedad estuvo atravesada por rutas comerciales, migraciones, conquistas, religiones e imágenes que circulaban entre territorios que durante demasiado tiempo aprendimos a estudiar por separado.


Quizá uno de los ejemplos más reveladores sea un semicapitel procedente de Butkara I, en la antigua región de Gandhāra, realizado durante la dinastía Kushan en el siglo I d.C. Su propia descripción lo define como “gandhárico-corintio”: dos geografías culturales reunidas en una sola forma. Allí la historia del arte deja de funcionar como una sucesión limpia de civilizaciones y empieza a parecerse mucho más a lo que probablemente siempre fue, una conversación accidentada entre pueblos.
Esa posibilidad vuelve particularmente pertinente revisar hoy la Antigüedad. Vivimos un momento obsesionado con discutir fronteras, migraciones, pertenencias y purezas identitarias, mientras los objetos conservados durante siglos cuentan una historia considerablemente menos rígida. Las culturas se han construido mediante desplazamientos y contactos; las imágenes han cambiado de significado al cruzar territorios; las formas consideradas propias muchas veces contienen rastros de lugares remotos.

Desde América Latina, esta discusión adquiere una resonancia distinta. Nuestra propia manera de comprender el pasado ha estado marcada por categorías construidas fuera del continente y por relatos donde unas civilizaciones fueron convertidas en medida universal mientras otras aparecieron como periferia, exotismo o descubrimiento. Pensar una Antigüedad global permite cuestionar esa estructura: si el mundo antiguo ya estaba constituido por intercambios entre Asia, África, Europa y Medio Oriente, resulta cada vez más difícil sostener una historia de la cultura organizada únicamente alrededor de centros y márgenes.

Y quizá ahí se encuentra la verdadera actualidad de estos objetos. Una custodia de gorytos realizada en oro en el siglo IV a.C. y procedente de la actual región ucraniana de Zaporizhzhia comparte relato con un Buda pakistaní, una estatuilla india encontrada en Italia y un camafeo persa conservado en París. Su convivencia permite mirar el pasado desde otra escala y reconocer que las identidades culturales que solemos imaginar como sólidas han sido, desde hace milenios, porosas. Y es que, vale la pena plantearnos la pregunta: ¿cuánto de aquello que consideramos propio nació alguna vez del encuentro con otro?