
Kurt Soller
Fotografía por François Halard
El interiorista francés François Champsaur se ha dado a conocer durante las últimas cuatro décadas por imaginar residencias y hoteles sofisticados y en gran formato —incluyendo los interiores del Edition de Ian Schrager, en Madrid, y los del recién estrenado Public, en Los Ángeles— que consagran un estilo limpio y contemporáneo con materiales como el acero y el vidrio. Sin embargo, hijo de una madre ceramista, Champsaur, de 61 años, creció en Marsella y desde que empezó su carrera se sintió atraído por las corrientes contraculturales y naturalistas de algunos artistas estadounidenses del siglo XX, como JB Blunk, que trabajaba sobre todo con madera y barro, e Isamu Noguchi, cuyos muebles, luminarias y proyectos paisajísticos se caracterizaban por sus líneas fluidas y orgánicas. Hace seis años, cuando invitaron a Champsaur a presentarse en la Design Parade Toulon, organizada cada año por Villa Noailles, una de las primeras casas modernistas, hoy convertida en un centro de arte contemporáneo al sur de Francia, se inspiró en Noguchi —“mi héroe”, confiesa— y el radicalismo italiano para crear Utopie Frugale, una mesa-cocina esculpida completamente en terracota, con cuatro patas gruesas y cónicas y una amplia superficie con espacios para lavarse las manos, cortar verduras, exprimir cítricos y servir comidas. El proyecto reflejaba un cambio en su estilo de vida: había dejado de comprar en supermercados para comprar exclusivamente en tienditas orgánicas, ahora prefería el vino natural y había cambiado el azúcar refinado por miel.

Poco después, redujo el tamaño de su estudio de 15 empleados a cuatro. Luego se mudó a su taller detrás del Museo Picasso de París, en el Marais, donde redefinió su vida aceptando menos encargos de menor escala, todos definidos por la ausencia de plástico y por el uso de materiales que provienen de la tierra, como el yeso y la paja. “En la historia de la humanidad, creo que el metal y el plástico son una fase. Tenemos que parar”, dice Champsaur. “La nueva modernidad es aquella en la que encontramos una solución para trabajar con lo natural”. Lo dice parado frente a su experimento de cocina en terracota, que mandó trasladar a un segundo taller que ahora mantiene en el noroeste de Mallorca, a las afueras del pueblo de Sóller. Está en un terreno apartado de casi media hectárea en una ladera costera con árboles retorcidos, tan empinada que el mar Balear parece casi vertical, como un telón azul resplandeciente. Champsaur, que lleva casi dos décadas visitando la isla, descubrió la propiedad en 2012; después pasó cuatro años convenciendo a sus dueños mallorquines de vendérsela, y otros tantos remodelándola. El año en que la compró, fue a cenar a casa de un amigo en un pueblo cercano llamado Deià, donde conoció a su esposa, Catherine Baudet, de 55 años, una periodista francesa especializada en estilo de vida que ahora trabaja como médium, en parte por la energía que le transmitió la sierra de Tramuntana, a la que la pareja y otros residentes llaman “Drama-tana” por los estados de ánimo que provoca. “La montaña está hecha de cristal, así que o te escoge o te rechaza”, comenta ella. “¿Te sientes bien aquí?”.

Durante una comida de verano al aire libre que incluye atún local crudo marinado en soya y ensalada de tomate con shiso cultivado en el jardín, parece imposible no sentirse bien, sobre todo porque Champsaur ha creado una casa “completamente intuitiva”, según comenta, “escuchando a los pájaros, entendiendo qué quiero”. Distribuidas entre las terrazas de piedra excavadas en la ladera, hay varias construcciones independientes y en el punto más alto de la propiedad se encuentra un pequeño taller acondicionado dentro de un antiguo horno de cal que conserva vigas de madera recuperada en el techo y una ventana redonda con vistas al mar. Debajo, al aire libre, se encuentra un pozo de agua helada del que la pareja puede beber, e incluso darse un chapuzón durante los cuatro o seis meses que pasan cada año en la isla; cerca de ahí, Champsaur planea pronto construir una sauna de piedras calientes junto a una cocina exterior que instaló. Y luego está la casa principal de 90 metros cuadrados distribuidos en dos pisos, construida originalmente en concreto hace aproximadamente un siglo sobre una base de piedra y tierra de la que solo queda la estructura original.

En lugar de demoler la cabaña de líneas contundentes, Champsaur la reconstruyó de adentro hacia afuera, convenciendo a los artesanos de la isla de colaborar con él. Primero la revistió por completo de piedra caliza, yeso y cera de abeja para mantener fresco el interior y hacerlo repelente al agua y a los insectos. No fue sino hasta que tiró las paredes de concreto, propensas a la humedad, cuando el diseñador logró reclutar a un especialista local que lo ayudó a instalar pisos naturales. Champsaur también mejoró la distribución, desde la cocina, ubicada en uno de los extremos, que da paso a un espacio integrado con sala y comedor; detrás se encuentra la recámara principal, junto a una escalera de caracol escultórica que sube a un ático donde uno o dos invitados pueden pasar la noche. Pero no todas las remodelaciones salieron como esperaba: tuvo que mandar a rehacer una chimenea en forma de herradura por un yesero francés después de que los trabajadores no lograran reproducir las proporciones perfectamente simétricas de la maqueta de terracota de Champsaur. Pero el verdadero salvador fue Jaime Bauza, su contratista y cantero —“su amante”, bromea Catherine—, con quien Champsaur levantó paredes, acondicionó varios patios exteriores para comer y descansar que le dan cohesión a los distintos elementos, y con quien sigue imaginando nuevos planes. “Me dice que estoy loco, pero eso me gusta”, comenta el diseñador. “Seguimos construyendo año con año. Hay que mantenerse flexible, que es lo contrario de lo que aprendes en la escuela de diseño”.

El efecto general es el de una villa en ruinas que parece surgir del terreno polvoriento, aunque gran parte de su construcción —si no el oficio y las técnicas que la hicieron posible— es reciente. Champsaur ha amueblado el lugar con sobriedad, sobre todo con diseños propios, entre ellos las sillas del comedor de madera de castaño y un amplio diván con un colchón relleno con lana de ovejas esquiladas en los alrededores. En repisas de yeso blanco que se integran en la mayoría de los muros se exhiben antigüedades y piezas de barro de artesanos locales que le dan un aire al estilo de Joan Miró. Recientemente, la pareja también organiza talleres artísticos en la propiedad, donde invita a sus amigos a trabajar con carpinteros y tintoreros naturales que usan kakishibu (un pigmento japonés hecho con taninos de caqui) para confeccionar ropa y cojines. “Los seres humanos hemos llegado al punto en el que tenemos que trabajar con la naturaleza”, dice Champsaur, mientras se resguarda del sol de la tarde bajo una pérgola de paja, sentado en una banca de piedra con un cojín cubierto de tela color tierra tostada. “Si no, estamos fritos. Pero no quiero ser político. No quiero pelear. Solo quiero hacer algo bueno. Porque necesitamos tener una visión del futuro que sea simple, atractiva e inspiradora”. En otras palabras, un mundo que todavía nos permita soñar.

SOBRE LA CHIMENEA: THOMAS GLEB, PEQUEÑAS ESCULTURAS DE GUIJARROS Y BARRO, CIRCA 1970 © THOMAS GLEB, CORTESÍA DE GALERIE DESPREZ BREHERET; SOBRE EL MURO: THOMAS GLEB, DIBUJO SIN TÍTULO, TINTA SOBRE PAPEL, CIRCA 1960 © THOMAS GLEB, CORTESÍA DE GALERIE DESPREZ BREHERET.