Oliver Messel y la princesa Margarita observan un escaparate con los célebres monos de Messel y una maqueta de una escenografía en octubre de 1966.

Javier Quesada

Resulta revelador que uno de los recuerdos más fabulosos de Anthony Armstrong-Jones, más conocido como Lord Snowdown tras su matrimonio con la princesa Margarita de Inglaterra, no esté relacionado con la familia real británica, sino con su tío Oliver Messel, diseñador, figurinista, escenógrafo y ocasional retratista de la clase alta global entre los años veinte y setenta del pasado siglo. Tanto Messel como su hermana Anne, condesa de Rosse por matrimonio, eran miembros por derecho propio de los Bright Young Things, aquella frívola generación de entreguerras que reunió entre sus filas a socialites como las hermanas Mitford o Stephen Tennant, autodenominado “el hombre más bello del mundo” (quien se metió en la cama en 1970 para no salir de ella hasta su muerte en 1987); a genios como el escritor Evelyn Waugh o el pintor Rex Whistler; y a artistas fundacionales en disciplinas como la fotografía, el diseño de vestuario, la decoración y la maledicencia, como el ubicuo Cecil Beaton.

Mucho antes de que Beaton se convirtiese en lo que siempre quiso ser, una celebridad más, Messel ya lo era. Con solo 21 años, saltó a la fama como diseñador de las máscaras de Céfiro y Flora para los ballets rusos de Serguéi Diáguilev, cuya esecenografía había sido a su vez diseñada por el pintor cubista George Braque. Aquel legendario prestidigitador social, “capaz de seducir a la esfinge con una sonrisa”, según sus contemporáneos, es el responsable del primer recuerdo del que Lord Snowdown guarda memoria. “Yo tenía 5 años y cada Semana Santa mi madre me enviaba al jardín londinense de mi tío en busca del tesoro. Allí, en un seto, encontré un nido de pájaro hecho con alambre de piano retorcido y dentro estaban aquellos huevos tan delicados”, recordaba el aristócrata, fallecido en 2017. No se trataba de los típicos huevos de Pascua burdamente teñidos, sino que eran de porcelana pintada a mano, imitando la textura y color de ese azul casi incandescente característico de los huevos de petirrojo o el jaspeado de los huevos de chorlito. “Era un objeto bellísimo con el que todavía sueño algunas noches”, rememoraba años más tarde en una entrevista concedida en plena madurez, tras haber retratado —y amado, olvidado y vuelto a amar— a algunas de las figuras más icónicas del siglo pasado.

Tres máscaras diseñadas por Messel.

No es el único recuerdo infantil de carácter fáustico ligado a Messel, quien, según su antiguo asistente Tom Carls, era “capaz de crear casi cualquier cosa a partir de cualquier otra”. Aquí entra en escena otro de esos personajes que parecen escapados de una novela de Evelyn Waugh: Georgia Fanshawe, según el Debrett’s británico “hija de Henry Paul Guinness Channon, barón de Keveldon, y su esposa, Ingrid Olivia Georgia Wyndham”. De hecho, la editorial británica revela entre sus páginas otro hecho trascendental que cambió la historia de Inglaterra (y de Europa): su madre estuvo casada en primeras nupcias con otro Guinness, Jonathan Bryan Guinness, tercer barón de Moyne, hijo del célebre heredero de la dinastía cervecera irlandesa Bryan Walter Guinness, y su primera esposa, la mítica Diana Mitford, quien lo abandonó para lanzarse a los brazos de sir Oswald Mosley, fundador del grupo paramilitar británico llamado Camisas Negras. “Íbamos a Mustique [donde Oliver Messel había diseñado una villa de recreo para su abuela, Honor Guinness, junto a la princesa Margarita una de las primeras que apostó por aquella isla privada en el Caribe] y pasamos la noche en Maddox House, su casa en Barbados. Cenamos a la luz de las velas en medio de aquel hermoso jardín, donde había monos salvajes que trepaban entre las ramas de los árboles dando alaridos”, recordaba recientemente Fanshawe. “Después de cenar, Oliver emergió entre la maleza, llevando una de aquellas impresionantes máscaras art déco por las que se había hecho famoso, y volvió a desaparecer para emerger con otro de sus tocados teatrales. Y así una y otra vez, bailando entre las palmeras al ritmo de la música y los aullidos infernales de aquellos monos que sonaban como bebés agonizando. Fue muy emocionante, pero también algo siniestro”, continuaba.

Imagen del escenario diseñado por Messel para Helen! (1932), obra de Jacques Offenbach dirigida por C. B. Cochran.

Pero mejor que sea el propio Messel quien nos revele el origen de su pasión por la escena como espejo no tanto de la realidad sino de lo que, a su juicio, debía ser la vida: un hechizo mágico tan bello y deslumbrante como un sueño. “De niño pasaba largas temporadas en el campo, en Nymans, la finca que mi familia poseía en Sussex [donde el pasado verano se presentó la exposición The Art of Illusion: The Theatrical World of Oliver Messel, dedicada a su trabajo tanto en los escenarios como en la gran pantalla]. Como a muchos niños en aquella época, me regalaron un teatro de juguete donde podía representar mis propias obras. Pero la ficción fue usurpando poco a poco el papel de la realidad y se convirtió en mi vida. Desde entonces, he utilizado todo lo que está en mi mano para crear la magia”, explicó el artista en una entrevista. Crear y reimaginar la magia era su particular forma de poder recrear la divina creación, pero no a una escala reducida, sino todo lo contrario.

La actriz Katharine Hepburn y el actor Montgomery Clift en un fotograma de la película De repente, el último verano (1959), en la que Messel ejerció como director de producción y vestuario.

Su aportación al mundo de la escena saltó al resto del orbe como responsable del diseño y decoración de suites legendarias como la del hotel Dorchester de Londres, una fantasía rococó que se convirtió en el refugio favorito de Elizabeth Taylor siempre que pasaba por la capital británica —ahí disfrutó de su primera luna de miel con el actor galés Richard Burton, a quien conoció durante el rodaje de Cleopatra (1965)—; villas de recreo en el Caribe a medio camino entre el clasicismo de Andrea Palladio y la excentricidad del Sombrero Loco destinadas tanto para la aristocracia del gotha como del rock británico (de la princesa Margarita a los Heinz, pasando por Mick Jagger y Bryan Ferry); y suntuosas boutiques transformadas en reinos de ensueño y fantasía (por ejemplo, la zapatería Delman, en Old Bond Street, Londres, inspirada en la biblioteca de una mansión inglesa, aunque con zapatos en lugar de libros).

Pero antes de convertirse en el interiorista favorito de la incipiente jet set internacional, Messel triunfó en los escenarios británicos gracias a la sofisticación y ligereza de sus escenografías para obras de teatro como El sueño de una noche de verano, de William Shakespeare, o César y Cleopatra, de George Bernard Shaw; para las revistas de Charles B. Cochran, escritas por Noël Coward y Cole Porter (dos colegas epénticos con los que compartió mil batallas en las trincheras de la vida homosexual de la clase ociosa durante la primera mitad del siglo XX); y musicales como Gigi, de la escritora francesa Sidonie-Gabrielle Colette, último testigo de una legendaria Belle Époque de la que era uno de los epítomes.

Messel se encargó del diseño de vestuario de la película César y Cleopatra (1945), dirigida por Gabriel Pascal y protagonizada por la actriz Vivien Leigh (en la imagen).

Su triunfo en los escenarios londinenses le valió un pasaporte a los grandes estudios de Hollywood, donde fue reclamado por Irving Thalberg, vicepresidente de Metro Goldwyn Mayer y en cuya figura se inpiró Francis Scott Fitzgerald para crear al protagonista de The Last Tycoon, su novela inacabada. Thalberg le hizo llamar para que diseñara los interiores, así como el vestuario de su esposa, la estrella Norma Shearer, en la adaptación al cine de Romeo y Julieta (1936). Shearer, actriz judía con acento y sin formación en teatro clásico estaba tan nerviosa que contrató a una leyenda de la escena británica, la actriz Constance Collier, para que le enseñara a declamar el verso isabelino. La película, aunque no fue un éxito de taquilla, cimentó el prestigio de Messel también en el cine, donde trabajó al servicio de productores como Alexander Korda y directores de prestigio como Joseph L. Mankiewicz en clásicos como De repente, el último verano (1959), basada en la obra homónima de Tennessee Williams. En ella, Messel es el responsable del diseño de producción de un exuberante jardín creado con papel de estraza y flores artificiales que recreaban los helechos gigantes en los que retozaban los dinosaurios antes de sucumbir ante los primeros depredadores carnívoros. Así le sucede al hijo de la protagonista en Cabeza de Lobo, un improbable pueblo de nombre imposible ubicado, según la enfermiza imaginación de Williams, en la Costa Brava del año 1937, es decir, en plena Guerra Civil española.  

Puede que el talento de un artista como Messel sea eterno, pero no los gustos del público. Después de tres décadas en lo más alto, diseñando escenografías con un estilo cada vez más elusivo y onírico que se basaba en el pastiche historicista que había absorbido durante su infancia en Nymans, esa pintoresca mansión neomedieval diseñada por sir Walter Tapper y Norman Evill en estilo Tudor para su familia, Messel tuvo que reinventarse a los 60 años en una segunda carrera en la que, de nuevo, triunfó casi sin esfuerzo y gracias a una victoriana voluntad de hierro como decorador, arquitecto y paisajista de las villas más suntuosas del Caribe. Del estilizado gótico tardío al rococó más ornamentado, pasando por guiños barrocos y renacentistas fusionados con toques caribeños y exóticas aportaciones de las colonias, Messel era capaz de abrazar los estilos más opuestos para fundirlos en un exquisito, parafraseando a Noël Coward, “diseño para vivir”, mil veces más sofisticado que el más refinado de los sueños.

Messel en el backstage del Festival de la Ópera de Glyndebourne, 1953.

La exposición The Art of Illusion: The Theatrical World of Oliver Messel exploró la trayectoria del diseñador y escenógrafo británico ligada a su infancia en Nymans. Entre los objetos que se exhibieron al público por primera vez se incluyó un retrato de su hermana Anne, además de utilería empleada en diversos proyectos escénicos, aunque no ha sido el único homenaje que el diseñador ha recibido en este 2025. El Festival de la Ópera de Glyndebourne, uno de los más importantes del mundo, organizó otra muestra en homenaje a Messel para celebrar el 75 aniversario de su primera participación en el evento. Durante cinco semanas, Glyndebourne acogió la muestra Oliver Messel: Designer. Maker. Influencer, en la que 14 estudiantes del máster en diseño de vestuario del Wimbledon College of Arts reinterpretaron la estética y los métodos de trabajo de Messel desde un punto de vista contemporáneo. Las obras de los estudiantes incluyeron atrezzo, vestuario, marionetas, máscaras e imágenes en un homenaje a una de las figuras británicas más influyentes del pasado siglo, cuyo legado sigue más vivo que nunca tanto en disciplinas como el cine, la ópera, el ballet, la fotografía o el diseño editorial.


TE RECOMENDAMOS